Entramos, la casa huele a mundo antiguo, a óleo, a barniz. Nos reciben un vigilante, una joven afable y otra más, se ve que conocen, que aman lo que hacen. Entramos y es recorrer el borde que evidentemente no separa el final del siglo xix y el inicio del xx, no hay márgenes posibles cuando se trata del arte.
Entramos, recorremos el museo que parecía pequeño desde afuera, a una cuadra de la plaza La Pastora, atrás, solo un poco, han quedado la iglesia, los retablos de la virgen, el cordero en el frontispicio, la persignación ante lo sacro, ahora entramos, es otra la devoción, aquí hay otros lugares, en cada obra un jalón de vida, el éxtasis misericordioso invade nuestros pasos…
Este es El Granizo de Reims, un gran lienzo justo detrás de una mesa, el efecto matrix de la época, me dice ella, y empiezo a senir el movimiento, el granizo golpeando los cristales, el gato negro bajo la mesa espantando el temor con los pequeños faros amarillos que lleva como ojos, arriba, la mujer, el anciano, bola de hilo rojo, porque el pintor siempre dejaba un detalle rojo, regresa la voz y nos saca del frío.
Vengan, nos conduce, nos asciende, la breve pero igualmente intensa escalera delata otras formas, otras vocaciones, esos cuadros eran prohibidos para la época, no se podía mostrar mucho, veo las vírgenes, Virgen bizantina, Virgen de los desposados, un poco más arriba, medio giro, Estudio de la cabeza de Jesús para La última cena, el pintor no pudo concluir ese cuadro, hizo varios intentos, murió antes de poder terminarlo, de tuberculosis, en esa época existía la cura, pero solo para quienes podían pagarla, murió de treinta y cinco años, no tuvo hijos, nació en Valencia, el 16 de junio de 1863 y falleció aquí en Caracas, el 29 de julio de 1898, no en esta casa, esto no era una casa así como la ves, no, esto era un taller, un galpón, aquí venía el pintor y hacía sus obras, también daba algunas clases…
De pronto lo veo, aquí, estamos abajo, sobre un piso rudimentario, un caballete, otro más, el óleo de todos los paisajes se funden con los rostros, afuera, un piso de tierra, unas matas, unas gallinas, el gallo, la tarde comienza a desdibujarse, realzan los tonos, regresa el rojo, lo veo hacia allá, al fondo, caballete en mano, el sombrero roído sobre el alfeizar rudimentario, parece hablar, hace gestos, trazos agudos, suaves, alternan…
La viuda, la señora Lastenia Tello de Michelena, luego que él murió, compró el terreno y mandó a construir esta casa y aquí vivió hasta sus últimos días, la voz interrumpe la visión que he tenido, y nos lleva a la habituación, una variedad de pequeñas Lastenias invaden las sillas, la cama, un juego de espejos realza presencias, las de ella y las del pintor, arriba de la cama, en la pared, el intento de La última cena señala otra ventana, un pasado vivo realzando nuestro tránsito.
Un poco más allá, otros cuadros, serigrafías, no pertenecen al pintor, están allí para recordarnos la gran genealogía de artistas a la que pertenece, mostrando, lo que en efecto es, una fuente inagotable de inspiración.
Regresamos, una vez más los espejos, el tocador con nuestra imagen giratoria, el caballete, la mirada, la otra mirada, la calle, descendemos.
El artista tenía un caballo de competencia, corrió en el hipódromo que había en Sabana Grande… y ganó. Le gustaban los caballos, los niños…
El perchero, a un lado de la escalera evoca la solemnidad de quien sabía muy bien su oficio, la conexión entre el mundo y el insoslayable triunfo de la posteridad.
Lo vemos fijarse, él también, en una corrida de toros, lo común en la época, la normalización de un duelo ficcional, adrede donde el hombre se cree amo y señor, pero el poeta que es Michelena se sabe humilde, realza el dolor para incrustarse en las pupilas que lo observan, instante captado en La vara rota, cuadro realizado en París en 1892, un gran lienzo situado a la izquierda a pocos pasos de la entrada del museo.
Avanzamos saliendo pero quedándonos, un poco antes de regresar al ruido de la ciudad, otras imágenes nos dejan sin aliento, el funeral de la esposa, la conmoción de un pueblo que reconoce el lugar de la mujer como sentido de toda creación, otro giro, imposible no detenernos a contemplar La joven madre, sostiene a un niño, posiblemente sea Arturo Michelena, renaciendo, una vez más, para nosotros.
Y es que el pintor de Miranda en La Carraca, exaltó lo universal en los pequeños detalles cotidianos para hacernos ver lo grande que somos sin desligarnos, debemos decirlo, de la espiritualidad que nos realiza a nosotros, los mundanos, como artistas de un mundo por construir.
Por eso hoy y siempre, recordamos su legado y el de su esposa Lastenia y en ella a todas las mujeres que hacen posible que la inspiración no se apague.
Y lo hacemos, inevitable mencionarlo, agradeciendo lo que hoy nos han enseñado Hermila Pinto, Alejandra Sánchez y el vigilante Francisco Rodríguez, quienes amablemente nos han recibido y guiado por este importante museo que ningún caraqueño debe dejar de visitar.
IG del museo: @museoarturomichelena_ve
Benjamín Eduardo Martínez Hernández
@pasajero_2