Lo que resulta oscuro, si no desconocido,
es la relación entre quienes defienden la
justicia y su implicación en el mal al que se oponen.
Arthur Miller
05/06/26. Eugenio Ionesco termina su pieza cuando Berenger logra cerrar la puerta tras el asedio. Justo en ese momento un cacho de rinoceronte atraviesa la puerta. El protagonista jura gritando que no va a rendirse. Queda solo en el mundo. Una vez que baja el telón la sala explota en unos extraños aplausos, algo así como cascos de tres dedos que se estrellan unos contra otros de manera rítmica, acompañados de berridos, trompeteos, bufidos y uno que otro ¡bravo! no del todo inteligible.
Se sentía un tipo inteligente, con pensamiento de punta… como la de esos cachos. Luego las cosas cambiaron, las consignas que se gritaban contra los rinocerontes ahora las gritaban los rinocerontes...
El público va abandonando la sala y al actor, que continúa encerrado en la escena. En su partida, chocan levemente sus cuerpos, el golpeteo contra el piso alcanza una sonoridad que podría definirse como un ritmo inquietante. Aunque la verdad es que no inquieta a nadie ya que quienes lo escuchan son los mismos que lo producen. Todo da cuenta de una normalidad espeluznante. Muchos se van directo a sus habitáculos, otros prefieren ir a beber algo o retozar.
El actor camina de un lado a otro, se pregunta qué pasará mañana. Ya son cientos si no miles de funciones. A veces, el cuerno de mierda casi lo atraviesa, si no fuese por su agilidad y que ya le tiene el tiempo a ese rinoceronte, estaría listo. No sabe con certeza si muerto o convertido en otro más. Lo terrible es no poder salir de su celda. Se siente como un animal de circo que sacan a la arena para exhibirlo.
Sabe que él es un enemigo del pueblo, de alguna manera es como Pio Miranda, antes de convertirse en ese paria tan aplaudido. Cómo le hubiera gustado ser Brusca, pero para eso hay que estar loco o ser muy lúcido. Él siempre respondió: gritó las consignas antisistema. Nunca dejó de repetirlas. Se sentía un tipo inteligente, con pensamiento de punta… como la de esos cachos. Luego las cosas cambiaron, las consignas que se gritaban contra los rinocerontes ahora las gritaban los rinocerontes, ya que no sabían qué gritar. Como él tampoco se sabía otra cosa, las siguió gritando. Tarde se dio cuenta de que nunca le importó el significado ni contra quién se gritaba. Solo dudó un poco cuando las trovas las entonaban en las mansiones, y las consignas estaban bordadas en oro. Aunque hay que decir que siempre sonaron profundas… libertarias.

POR RODOLFO PORRAS • porras.rodolfo@gmail.com
ILUSTRACIÓN JUSTO BLANCO • @justoblancoru