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Keme

El poemario-ofrenda de Amanda Durán

19/06/26. Despierto, la mañana invade la hoja, un rumor de pasos demorados me llama. Abro el libro como quien abre su propia vida. El testimonio de una mujer realza sus formas, la de esta vida que no sabe conformarse, que se sabe otra más allá de las puertas del incendio y es una casa inmolada, de allí viene la palabra amor, me dice.

 

 

...la poesía es una mujer parida, desgarrada, violentada, gritando desde el más puro silencio su voluntad, la que atisba moviendo el garabato con el que espanta la maleza para que esta tierra que somos pueda ser labrada con el canto de su keme...

 

 

Es la segunda lectura, la que sigue al salmo habitual que reinicia la devoción de todas las mártires, es la palabra-ofrenda que penetra el alma entera de la deuda de quienes aún nos cuesta reconocer la belleza en la más terrible de las confesiones, la de quien va reconociendo lo inminente.

 

 

Keme, una ofrenda para acercarnos críticamente al mundo contemporáneo.

 

 

 

Y esto es, aunque parezca obvio para algunas y algunos, la imposibilidad del decir ante la muerte.

 

 

La muerte que tantas referencias ha suscrito a lo largo de la historia, la muerte-signo del propio existir.

 

 

Realzo la mirada, encuentro unas cejas, unos ojos sobre el rouge remarcado entre cenizas, con esto escribo, parece decirme bajo un coro donde detecto otras voces australes: Pizarnik, Alfonsina…

 

 

La sostengo, sostengo con ambas manos la entrega. Un canto a la madre, a la mujer, a la mujer ida que regresa a nosotros, los mortales, un aliento que creíamos extraviado, pero aquí está, latiendo como una voz que no admite distancias.

 

 

Allí está la madre “que no sabe que no sabe”, que se arroja a la entrega como un don salvable y salvador. La madre.

 

 

Eternizada lluvia, cántaro, fulgor. Madre luz devoción, canta desde el espíritu de Amanda, canta su amor al universo que es ella misma, canta para recordarnos que:

 

“las mamás no mueren,

se transforman en leche de aire”

“en medio del silencio más insoportable."

“y nosotros

-casi vacíos-

enganchados al último vagón,

mendigando

una calle que contenga nuestras piernas

o un puñado de tumbas

para derramarnos

 

no entendemos

que aún en este inmundo desamparo,

siguen palpitando

las que un día nos cantaron

hasta que no pudimos más

y también

se nos cerraron los ojos.”

 

 

 

Stephany, Ximena, Ana María y Belén, leen en coro a la poeta Amanda Durán.

 

 

El poema-Amanda se abre al desconcierto, al abismo que es la mujer-tierra, más allá del vacío que supone, acaso, la posible certidumbre que ofrece el poema ¿expiación? de este mundo que de-forma a la mujer-voz de todo principio. De allí lo siguiente:

 

 

“advertencia:

 

No quedaba nada

ni la sangre,

ni los golpes

las patadas,

ninguna señal del matadero.

 

Antes de escribir abrí los ojos, rompiendo la escarcha

duros, como témpanos.”

 

Es allí donde consideramos que realmente empieza el keme, que la autora toma del idioma nahual, para nombrar “la muerte, el renacimiento”. Y así, a manera de tránsito, la poeta despierta a la voz y se escribe, ella misma, en la muerte como posibilidad de recorrerla para alcanzar lo eterno. Bien lo ha dicho en el pórtico de luz que ha colocado antes de iniciar su libro: keme: descanso y retorno, y agregamos nosotros, a la fuente primordial de todo lo posible.

 

 

Amanda avanza para decirnos que la muerte la ha negado, justificando sus versos:

 

 

“yo tampoco la quiero,

por eso cada una de estas líneas.”

 

 

A pesar de que avanza reafirmando su condición carno-terrenal de mujer:

 

 

“habito un cuerpo

que me persigue desde siempre

y que he sabido despreciar como nadie

para que me perdone.

Froto sus heridas con palabras que no significan nada,

pero le aseguro, pueden nombrar a dios

ya que tienen su nombre.

 

A veces

no puedo inventar ninguna palabra

apenas llega el silencio algo tiembla,

son los golpes furiosos

de ese corazón que forzado a latir

se sueña apagando.”

 

 

Es allí donde reconocemos la inminencia de una palabra que, aunque imposibilitada, ya es, de alguna manera, naciente.

 

 

Y es la casa-madre que, mencionada en el segundo poema después de “advertencia”, la que marca el sendero de su propia trascendencia:

 

 

“aún no habito esta casa

veo en sus hebras el silencio más brutal

y ella ve en mí la muerte de todas las cosas.”

 

 

Insistamos, es la muerte hacia la vida, la vida que escudriña, la vida que examina, que juzga, y es por eso que la poeta se cierra en sí misma para poder desnudarse ante el sentir y hacer posible su propio vivir, tal y como lo confiesa en otros versos:

 

 

“cierro ventanas imaginarias

para soportar la luz,

y espantar pájaros que puedan acomodase en el marco

solo para mirarme.”

 

 

Cuando avanzamos en la lectura del libro, vemos que esos pájaros no son sino el hombre, “el macho”, el que asesta sus golpes para devorar a su presa, así como también, la sociedad entera que le da soporte. Es de esa violencia de la cual huye amanda diciéndose:

 

 

“todo va a pasar”

repito antes de salir,

como si fuera un mantra,

y vuelvo a la casa

-que aún no habito-

para quedarme a observar como todo,

los días –y las noches-

los sueños, los amores

y los miedos

los niños, incluso mi niño, con todas sus mariposas

o todas sus pisadas.

 

La calma, la vida, la muerte,

todo, absolutamente todo pasa

y nada ni nadie

cruza esta puerta.”

 

 

 

Un público atento demostró su devoción por la lírica trascendental de una poeta universal.

 

 

 

Es decir, si la muerte es una casa, ella se siente ya, de alguna manera, dentro de ella, esa que ha sostenido antes que la niega y es negada, la envuelve, reconociendo que todo se desvanece ante sus ojos. Pero también la casa, más que ser muerte, puede ser la casa anhelada, la que no posee, la de su propia vida para sí.

 

 

Es la soledad de lo habitado, necesaria transparencia que este mundo nos oculta y que hace posible que la poeta cargue el decir con toda la soberanía de su propio sentir, indicándonos los rastros de su vital recorrido:

 

“están quemándose también

al sol

y son míos,

los huesos que has visto al venir por el camino.

 

Todo

te ha parecido la puesta en escena

de una poeta suicida,

pero no:

yo soy la poeta que no va a zanjar muriendo

su predilección

por la palabra.”

 

 

Como una premonición de quien se inmolará tal vez por la defensa misma de la palabra, sobre todo como palabra-mujer, amanda reconoce en su acto escritural toda la potencialidad que reside en el invocar el mundo desde su propio dolor.

 

 

Y nos señala una ruta, no hacia ella sino a un mundo que, más allá de ser una trama, un nudo asfixiante, es sobre todo, una poética del nosotros reificado desde el cual exclama:

 

 

“reconozco el dolor

como hacen todos los padres

que no desearon hijos

como nosotros

extendiendo el pellejo a hilachas

por toda la cordillera,

denunciando que no hubo territorio

ni quedó registro,

que el alma no supo luchar

ni respirarse y soy,

la que apestará a amor

cuando la poesía

apeste.”

 

 

Subrayemos: el amor como una peste, la compasión como herida, la virtud como holocausto en un mundo donde la entrega no parece salvar nada salvo el silencio-espejo encontrado en la palabra-síntesis ¿redención? que es, después de todo, el keme:

 

 

“no habrá modo

en que mi lengua

pueda llenar con versos

el lugar de las hojas secas

de este bosque.”

 

 

Y más adelante la poesía-confesión que ha sido a lo largo de todo este keme que es el libro de Amanda, realza lo que consideramos la más clara de sus transparencias:

 

 

“y debo confesar

que anoche

decapité a la que fue mi más amada

pero oscura

poesía.

 

Fue ella la que se abalanzó primero,

y fui yo

la que no la quiso sostener.

 

Luego

por horas

me consagré en matarla.

 

En consecuencia,

ella ya no me necesita,

y es sabido

que hace años

no me salva.”

 

 

La poeta, además, en reiteradas ocasiones no deja de mencionar a su hijo, a sus hijos, esos, para nosotros, además de sus hijos biológicos, también son sus poemas:

 

 

“cuando despierto

busco mi lengua

para comprobar que siguen conmigo.

 

Veo

que algunas se van descomponiendo,

pero

siguen aquí,

ninguna me abandona.

 

Sé

que apenas ellos o yo las exija,

en mi boca, igual que yo,

resisten todas,

absolutamente

todas mis palabras.

 

Ocultas,

prometiendo un torrente,

están también

las inservibles.

 

Y las que a pesar de mí

persisten,

las que no quiero contener,

ni que germinen,

afirmando con violencia

que son mías,

que, aunque las sienta sombrías,

como yo,

son baldías,

crudas,

irreparables.”

 

 

 

 

"...nos señala una ruta, no hacia ella sino a un mundo que, más allá de ser una trama, un nudo asfixiante..."

 

 

 

 

Poemas-palabras que están allí, acechando, desafiando la voluntad de Amanda, Amanda que se pronuncia desde su fragilidad, Amanda que nos dice:

 

 

“hay una puerta en mí

que cuando él toca

se rompe.

 

Que me arroja vacío,

adentro.

 

Golpes

que ametralla contra el agua.

 

El mismo océano de fluidos

donde habitaba un dios.

 

Busco flores y pienso

en el asco,

en el momento

en el que me arrepentía,

ese

en el que dejé caer de mis manos

a todos los niños

que pudieron nacer de mi cuerpo:

un ejército de palomas

sin alas,

animales

perfectamente geométricos,

peces,

que se funden entre ellos

hasta desaparecer,

mientras parece que hablaran

del amor

-como si supieran.”

 

 

Poeta que rechaza esa dolorosa corporalidad vistiendo,

 

 

“ese enorme traje de mujer

que se me asignó por descuido.

 

Lo esconden en esta clínica

para que lo conserve conmigo.

 

Y todos los días

una enfermera lo amarra,

para que a fuerza

me vea hermosa

como todas,

aquí,

donde no es feliz

ninguna.

 

Por eso cada noche,

si no cae,

lo arranco de mí

como una costra

que desprende también

la agonía

de ver

a través de estos ojos

en los que está

rotundamente

prohibida

mi mirada.”

 

 

Es el poema-denuncia que rechaza el cuerpo horadado de un presente hostil, uno que le niega su propia visión-condición de ser. Por eso los versos emblemáticos del siguiente poema:

 

 

“hoy pintaré mis labios,

resuelta.

Esa será al fin

mi autonomía.”

 

 

Y más adelante, en ese mismo poema:

 

 

“yo

no escogí la renuncia.

No

Perseguí su auxilio.

Nunca

quise escribir la palabra “dolor”,

ni dominarla así,

aún si fuera necesaria.

 

Pero esa palabra

me estrangula,

y a fuerza de dolor,

la arraso.”

 

 

Para enfatizar en el poema que le sigue, su designio:

 

 

“llamarás aberración

que conquiste así

el silencio,

pero cuando lo hagas

amor,

ya estaré muda.

Y no podrá conmigo

ninguna palabra

tuya,

ni la más lapidaria

romperá,

ni ocupará mis labios.

 

Mi voz

estará mutilada.

Será imposible

este poema sombrío.

No hablará

nunca más de tu desprecio

ni afirmará tu violencia.”

 

“amor,

yo sé

cuánto te hunde y sofoca

mi sonrisa,

fueron años de castigo

si la usaba,

por eso

en tu nombre la libero

con determinación la pinto,

protegiéndola de ti,

la apago.

 

no exagero cariño,

pudiste matarme a tiempo,

pero

te empeñaste en que muriera

sin ningún hijo

posible.”

 

 

 

Leonardo Gustavo Ruiz presenta Keme, un libro indispensable.

 

 

¿A qué hijo se refiere aquí, quien ya es madre, quien además, ofrenda un legado? ¿al amor? Creemos que sí, sobre todo porque la poeta se reconoce en una casa que ha sido destruida “por ella misma”, revelando también su impotencia ante lo sufrido:

 

 

“todo en esta casa,

como en mí,

lo he destruido.

Los labios que maquillo,

son lo único digno

que conserva”

 

 

“solo queda ahora

enlazar muy bien la cuerda.

Y esperar que la muerte llegue

ahogada.

Acechar fría

hasta que por mí

se estremezca:

que tome mi lugar,

que ella

sea la que agonice,

y al sufrir mi desamparo,

me ofrezca asilo.

 

arrastro un monstruoso amor,

intentará soportarlo.

Limpiará en mi boca

la sangre

donde ese amor me destruye”

 

“y ofrecerá mi exterminio

para apagar mi deshonra.”

 

 

Y son sus labios de hija huérfana los que ve en su madre asesinada, a los que no les pudo impregnar el rojo de su propia sangre, hilo que conector con sus ancestras y al mismo tiempo evidencia del keme de su propia inmolación:

 

 

“mi mamá no murió,

la mataron.

Maquillé su boquita de rosa

en el médico legal,

-era el único color que tenía en el bolso-.

Se veía linda,

aunque su cráneo estaba hundido

y eso parecía una flor”

 

“ella

nunca me hubiera permitido

pintarle así los labios.

 

Me habría dicho que no,

que prefería el rojo.

Y yo le habría dicho igual

que se veía hermosa

“más que cualquier mujer asesinada”

 

Nunca voy a perdonarme:

pude romper mi boca

con los dientes

o las uñas.

 

Si pudiera volver,

tú sabes la maquillaría rojo.

 

Siempre puede haber sangre

para pintar

por última vez

los labios

más importantes del mundo.”

 

 

 

"El poema-Amanda se abre al desconcierto, al abismo que es la mujer-tierra..."

 

 

La  poeta se entrega, no maquillando, desnudando-se, reconociendo que

 

 

“es silencio mi boca

roja de rabia o fuego

sangriento en este grito

que no quiso ser poema.”

 

Porque

 

“Hay un para siempre cuando se pierde el miedo,

ese pequeño triunfo con que cada segundo

se elige la vida.

Aferrarse a la poesía

como misión absoluta de quien debe dejar registro

escribir todo

lo que no se ve

lo que se calla,

fue tan peligroso,

porque no se puede nunca más vivir sin ella,

y hay que soportar cada tanto su abandono.”

 

Porque

 

“Cada susurro,

cada caricia,

cada intento

es caminar, y caminar es amar amor,

y amando, partir así, de cero.”

 

 

Y eso es lo que ha hecho Amanda al decirnos con su testimonio que la poesía es una mujer parida, desgarrada, violentada, gritando desde el más puro silencio su voluntad, la que atisba moviendo el garabato con el que espanta la maleza para que esta tierra que somos pueda ser labrada con el canto de su keme, en la medida en que sea leído como develamiento de las estructuras de poder machista patriarcales que sostienen la hipocresía de un mundo que jamás puede pertenecer a quien se entrega al amor, es decir, a la palaba como acto de bondad. ¡Que tu palabra viva en nosotros querida Amanda!

 

 

El libro Keme de Amanda Durán (Santiago de Chile, 1982), obtuvo el premio único de la VI Bienal Internacional de Poesía Juan Beroes, publicado como edición homenaje por la editorial La Castalia, en Mérida, Venezuela, en noviembre de 2025. Acompañado de unas breves palabras del poeta Leonardo Gustavo Ruíz, fue presentado bajo un conmovedor coro de voces conformado por las poetas Ana María Oviedo Palomares, Belén Ojeda, Stefhany Rojas Wagner, en la Librería del Sur Elsa Morales de la Galería de Arte Nacional, Caracas, el jueves  de 7 mayo, a pocas semanas de cumplirse un año de su fallecimiento, acaecido en su ciudad natal, el 27 de junio de ese mismo año 2025.

 

 

 

 

El libro Keme de Amanda Durán obtuvo el premio único de la VI Bienal Internacional de Poesía Juan Beroes

 

 

 


POR BENJAMÍN EDUARDO MARTÍNEZ HERNÁNDEZ • @pasajero_2

 

FOTOGRAFÍAS BENJAMÍN EDUARDO MARTÍNEZ HERNÁNDEZ • @pasajero_2

 

#Keme #AmandaDurán #Poesía

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