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El cuento de la criada: la distopía que nos acecha

Aquí es donde la ciencia ficción se difumina y nos mira fijamente

...bastará una crisis política,

económica o religiosa

para que los derechos de las mujeres

vuelvan a ser cuestionados...

 

 Simone de Beauvoir

 

 

30/06/26. En El cuento de la criada publicada por Margareth Atwood en 1985, June Osborne narra la historia de Gilead, un régimen fundamentalista liderado por hombres que manipulan los preceptos bíblicos para imponerlos a su favor, principalmente, sobre las niñas y las mujeres.

 

 

Atwood insistió en que su distopía no era un ejercicio de imaginación, sino la reunión de horrores históricos. “No puse nada que no hubiera ocurrido ya en algún lugar del mundo”

 

 

En la novela, la protagonista y narradora, describe cómo fue separada de su pequeña hija Hannah a quien no vuelve a ver jamás; también relata los horrores que vive tras su secuestro y transformación bajo violencia en “criada”, uno de los roles impuestos por dicha dictadura a las mujeres, que las reduce a úteros ambulantes, sometidas a “La Ceremonia”, un ritual de violación sexual justificado por la religión.

 

 

June, ya convertida en Defred, detalla el terror que siente al escribir para sus lectores y lectoras, ya que tanto la escritura como la lectura les fueron prohibidas a su género y el castigo por dichas acciones es la muerte y la exposición de sus cuerpos en “El muro”.

 

 

Hay una escena en la que June entra a un supermercado y descubre que las etiquetas de los productos fueron reemplazadas por dibujos. Aunque es un detalle mínimo dentro del relato, es una de las primeras y más peligrosas herramientas de represión usada por el régimen de Gilead. En ella reside el genio profético de Atwood, ya que la violencia que sostiene a la dictadura, no se ejerce solo a través de los abusos sexuales a las que son sometidas, sino también, a través de la aniquilación silenciosa de la palabra y la autonomía.

 

 

Las mujeres en esa novela son deshumanizadas, sin importar el lugar que ocupan dentro de la historia y la jerarquía de sus esposos: Esposas, Econoesposas, Marthas, Tías y Criadas. Aunque unas con más privilegios que las otras, todas fueron separadas de sus derechos. Todas son obligadas a vestir igual, a inhibir sus expresiones, a someterse a violencias y a la voluntad del género opuesto.

 

 

Treinta y cuatro años después Atwood publicó Los testamentos. En esta secuela, la autora amplió el universo de Gilead para mostrarnos sus grietas internas. En esta ocasión son tres voces las que exponen las atrocidades a las que son sometidas las mujeres por el extremismo religioso de Gilead.

 

 

Agnes (hija de June) y Daisy, cuentan cómo las niñas son educadas para cumplir con sus deberes como Esposas o Econoesposas, y algunas menos “afortunadas” por falta de jerarquía social enviadas a las colonias, espacios geográficos donde son esclavizadas bajo una atmósfera de toxicidad ambiental. La tercera voz es la de Tía Lydia, una de las arquitectas del sistema educativo represor. Revela que el poder totalitario no solo se sostiene desde el púlpito, sino desde la burocracia femenina que disciplina a las demás; sin embargo, bajo amenaza de los comandantes.

 

 

Una distopía que nos acecha

 

 

Aquí es donde la ciencia ficción se difumina y nos mira fijamente. Desde la publicación de El cuento de la criada, Atwood insistió en que su distopía no era un ejercicio de imaginación, sino la reunión de horrores históricos. “No puse nada que no hubiera ocurrido ya en algún lugar del mundo”, declaró.

 

 

Según algunos críticos, Phyllis Schlafly, abogada, conservadora y antifeminista estadounidense, fue la mujer que inspiró a Atwood para crear al personaje de Serena Waterford, esposa del comandante que violaba a June. Schlafly se opuso en la década de los setenta a la aprobación de la Enmienda de Igualdad de Derechos en Estados Unidos, alegando que “les quitaría a las mujeres los maravillosos derechos legales de ser esposas y madres a tiempo completo en el hogar mantenido por su marido”.

 

 

Sin embargo, pese a sus esfuerzos por posicionarse como senadora, el congreso liderado por hombres, jamás le permitió ocupar un curul en dicha instancia, tal como ocurrió con Serena en la serie inspirada en la novela de Atwood.

 

 

La escritora estadounidense hace referencia al extremismo que afecta a millones de mujeres y niñas en todo el mundo. Partiendo de los versículos de textos "sagrados", fundamentalistas de todas las religiones, las someten a su dominio, apartándolas de derechos tan básicos como hablar en público; asimismo, al castigo en nombre de sus dioses machos.

 

 

Otros fenómenos que están ganando espacio entre las juventudes son la “machosfera”, liderada por figuras como el influencer Andrew Tate o el movimiento de las “Tradwives” (esposas tradicionales) que surgió en Estados Unidos.

 

 

Lo inquietante de ambas novelas no está en las páginas ni en las adaptaciones televisivas de Hulu. Está en la calle, en los discursos virales de las redes sociales y en una nostalgia reaccionaria que vende la sumisión como empoderamiento.

 

 

 

 

 


 

POR SARAH ESPINOZA MÁRQUEZ • @sarah.spnz

 

ILUSTRACIÓN ASTRID ARNAUDE • @loloentinta

#ElCuentodelaCriada #Machismo #Patriarcado #Literatura #Distopía

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