30/06/26. Ingmar Bergman escribió y llevó a escena en 1954 una pieza teatral que se llama El cuadro en madera. Esta obra se inspiró en un fresco del siglo XV, nominada Muerte jugando ajedrez. El texto de Bergman trata sobre un caballero y su escudero –a la manera de Don Quijote en tono trágico– quien se topa con tribulaciones humanas como la peste, la pobreza, el abuso; todo bajo el casi invisible poder omnímodo, despiadado de los jerarcas. El Caballero reta a la muerte a jugar ajedrez, sabiendo que es imposible ganarle. Lo hace como una estrategia para ganar tiempo. Logra de este modo sentir que hizo algo frente a la calamidad. Finalmente, la muerte le da un manotazo al tablero y se declara a sí misma vencedora.
Los venezolanos, con solidaridad y gallardía, hacen su movimiento frente a esta calamidad... Enfrentan la catástrofe mirándola a los ojos. Echamos mano de una identidad que nos vuelve indestructibles.
Jugar ajedrez con la muerte es un tópico de la narración universal, bien en leyendas, cuentos, novelas, obras de teatro o películas. Desde la misma invención del juego ha habido una partida con el terrible adversario. En su génesis, el juego le salvó la vida a un Rey, quien venció a la parca que se le venía encima dada una tristeza indecible.
Este año 2026 la muerte abrió el juego contra Venezuela. Un bombardeo feroz y cobarde, el secuestro del presidente Nicolás Maduro y la diputada Cilia Flores. Entonces se instrumenta un saqueo institucionalizado de nuestras riquezas por parte del país agresor. Estos acontecimientos equivalen a un Gambito de Dama, ejecutado por un jugador mediocre, pero con mucho poder que mueve las piezas al servicio de la parca.
Seis meses después la muerte, asume la partida directamente. Hace otro terrible movimiento, dos terremotos casi simultáneos. Mientras se escribe esto, el dolor y la incertidumbre están intactos. Los escombros son ahora un enemigo pertinaz. La gente arrima el hombro, enfrentar la desolación, su inevitabilidad con un gesto digno y valiente, saca lo mejor de su talante para dar la cara en un tablero tan difícil.
"También el jugador es prisionero (la sentencia es de Omar) de otro tablero de negras noches y blancos días. Dios mueve al jugador, y éste, la pieza. ¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza de polvo y tiempo y sueño y agonías?".
En la pregunta final de estos versos de Borges, pareciera proponer una jugada, si no de defensa propiamente dicha, al menos de aliento. A nuestro juicio ese Dios detrás de Dios, es el espíritu humano en toda su magnitud. Los venezolanos, con solidaridad y gallardía, hacen su movimiento frente a esta calamidad. Alzan escombros, hurgan con esperanzas y acusan la fatalidad con resignación. Enfrentan la catástrofe mirándola a los ojos. Echamos mano de una identidad que nos vuelve indestructibles.

POR RODOLFO PORRAS • porras.rodolfo@gmail.com
ILUSTRACIÓN JUSTO BLANCO • @justoblancoru