Yo tengo un hermano pueblo
en cada rostro que miro
tengo sus manos
sus sueños también son míos
10/06/26. El doblete sísmico de la víspera nos recordó que la solidaridad brota entre las piedras como un río subterráneo. Todo comenzó esa misma tarde, cuando cientos de rescatistas de Protección Civil, Bomberos de Caracas y el pueblo como voluntario tomó las calles de la capital y del estado La Guaira para salvar vidas.
En medio del polvo y el miedo, los héroes y las heroínas de mi tierra ofrecen un vaso de agua, una cobija, un abrazo, una palabra, una taza de café, una pelota, un canto, un cuento o poesía...
Pocas horas después de los terremotos, sin haber descansado, porque nadie pudo dormir esa noche, hice un recorrido por La Pastora, parroquia en la que vivo. Comencé en la escuela donde estudia mi hija: el Grupo Escolar República de Bolivia. Ahora los salones de clase son parte del campamento transitorio que alberga a unas trescientas personas. El patio del recreo es el espacio donde niños y niñas juegan, mientras sus familias se reúnen para acompañarse, distribuir las ayudas que llevan organizaciones públicas y privadas y sobre todo, que son producto del esfuerzo de la comunidad.
Allí están vecinos y vecinas de Puerta de Caracas, de El Polvorín, de El Hueco, la residencia Santa Isabel, el Albergue Guadalupano y otros sectores. También llegaron familias de La Guaira.
El voluntariado de todas las edades llega en sus motos y vehículos, llevando agua y alimentos, ropa. Algunos trasladaron productos de higiene personal o de limpieza; médicos que dejaron sus casas para atender a las personas refugiadas; docentes de la misma escuela que se quedaron para apoyar.
Los funcionarios de la Milicia Bolivariana y de la brigada comunitaria de apoyo a los Bomberos de Caracas brindaban contención y seguridad a quienes llegaban. Se organizaron para solicitar donaciones y ofrecer a las víctimas mayor comodidad, llevando colchonetas, cobijas, almohadas, edredones, etcétera.
En dolor mayor
El día siguiente visité el hospital del Lídice, en cuyo estacionamiento de emergencia, las personas esperaban noticias por parte de los médicos. Querían saber si sus familiares habían sobrevivido a las heridas causadas por la catástrofe sísmica; o si ya habían sido atendidos. Había quienes tenían la esperanza de encontrar en ese centro de salud a algún familiar entre las listas interminables de nombres. Una familia lloraba por su pariente: “llegó sin vida”, me dijeron. Ese tipo de noticias se repetían entre esas paredes.
Pero, estaban personas como la señora Álida que llegó de Ruperto Lugo junto a sus vecinas con un bidón de sopa que servían en vasos desechables y que también compartieron conmigo. Encontré a los héroes y heroínas anónimos: personal médico, de seguridad, administrativos, vecinos y vecinas, que llevaba más de 24 horas sin dormir. De nuevo, la imagen de los jóvenes llegando con donaciones. “Es voluntario. Una amiga me envió dinero de Estados Unidos para comprar medicina pediátrica e insumos”, me contó Elimar Gonzalo, que acababa de llegar en una moto con su amigo.
La solidaridad en uniformes
El domingo, visité el campamento transitorio del parque Alí Primera o parque del oeste. Allí presencié a funcionarios de la Guardia Nacional Bolivariana, de la Policía Nacional Bolivariana, de Protección Civil, Instituto Autónomo Consejo Nacional de Derechos de Niños, Niñas y Adolescentes, Fundasalud, Inparques, las grandes misiones, también instituciones privadas de salud y servicios trabajar pese a que el cansancio y la tristeza estaba en sus rostros.
Porque así como nosotros y nosotras, esas personas perdieron a algún familiar o dejaron a sus seres queridos atrás para atender a las víctimas del doblete sísmico. Todos trabajaban codo a codo con un voluntariado que llegó a ofrecer su tiempo, su comida, su abrigo.
“Una segunda oportunidad”
En ese espacio conocí a Génesis Romero, una muchacha que perdió su vivienda en La Guaira. Con sus tres chamos, su mamá y un tío, permanece resguardada bajo un árbol. Le donaron dos colchones, ropa y juguetes para los niños. La señora María Castellanos de 71 años, nos abordó más adelante. Tenía hambre, pero su falta de movilidad le hacía difícil llegar al espacio donde se improvisó una cocina.
La acompañamos siguiendo su paso lento. En el trayecto nos contó que estaba sola. Los terremotos la agarraron cuando volvía a su casa en San Bernardino. “Menos mal que no entré, porque no habría logrado salvarme”, dijo. Y es que el edificio se desplomó frente a ella, con su hermano y sobrino dentro. Una funcionaria de la Policía Nacional Bolivariana la ayudó a sentarse, le buscó la comida y un uniformado le acercó un juguito. La mirada de María era de agradecimiento.
Al salir del parque, caminé por la avenida Sucre donde las grietas aparecían entre edificios, obligándome al asombro.
La ternura es un abrazo
En la plaza La Moneda, cerca del Banco Central de Venezuela, me encontré con Yari, fotógrafa de nuestra revista afectada por los terremotos en La Guaira. Nos dimos un abrazo hondo de aliento. “Estoy bien, al ver que tú estás bien”, le dije.
En esa plaza el aire se llenó de testimonios. Entre ellos, el de Génesis, una chica que nos contó que su perrita Canela se había perdido durante el terremoto. La cachorra estuvo cuatro días desaparecida. Días de angustia, de carteles pegados en postes, de llamadas y post en redes sociales. Hasta que el milagro llegó: Canela apareció, y cuando Génesis la vio, la perrita saltó de alegría. Mientras nos contaba su historia, un señor alimentaba a la traviesa cachorra que salió a dar una vuelta por el espacio. “Otra vez se perdió Canela”, comentaron, y luego llegó Bandida que también inspiró ternura y abrazos.
Conversasmos con Dailin Romero, que estaba sentada en un colchón que le donaron. Ella es de la parroquia Altagracia y a su comunidad le recomendaron desalojar el edificio donde viven porque tiene “grietas horribles”. En ese rincón caraqueño, se organizó un campamento transitorio. El personal médico del Instituto Venezolano de los Seguros Sociales armó un toldo para atender a sus pacientes. Más adelante, se despliega el tarantín del Colegio de Veterinarios de Caracas donde un perrito estaba siendo vacunado por los especialistas.
Mientras, los niños y las niñas corrían por toda la plaza bajo la vigilancia de sus representantes. Los ula ula, las pelotas y los globos tienen su espacio; al igual que los cuentos y los colores que no se deben apagar en ninguna circunstancia.
Una misma bandera
Estos días he podido ver que los héroes y heroínas de esta tierra no son personajes de ficción, con capas, con sonrisas que se dibujan sobre una mandíbula perfecta y una imagen estética estereotipada. En medio del polvo y el miedo, los héroes y las heroínas de mi tierra ofrecen un vaso de agua, una cobija, un abrazo, una palabra, una taza de café, una pelota, un canto, un cuento o poesía, un juguito, una conversa, un chiste, la sonrisa verdadera.
Son esas personas que olvidan sus horarios de trabajo y no duermen. Es la juventud que da su tiempo a quien vive con vulnerabilidades, los que comparten su techo, los que donan lo que tienen aunque les sobre poco. Son esas personas que vi en estos días: el guardia nacional, la enfermera, la señora de los cuentos, el joven que cargaba cajas, la trabajadora social, Génesis y su Canela, el señor que le ayudaba a una señora a acomodar el colchón y el otro que aseguraba la carpa de su vecina para que no se mojaran sus pertenencias durante la lluvia.
Los héroes y heroínas de mi tierra tienen un superpoder que se llama solidaridad. Son todos esos rostros que lloran y levantan la misma bandera.
POR SARAH ESPINOZA MÁRQUEZ • @sarah.spnz
FOTOGRAFÍAS YARITZA CANTO • @yariyama / NATHAN RAMÍREZ • @nathanfoto_art / SARAH ESPINOZA MÁRQUEZ • @sarah.spnz