09/07/26. Siempre se podrá empezar de nuevo. Esa certeza, casi una sentencia grabada en el ADN del venezolano, no es un discurso optimista vacío, sino el suelo firme sobre el cual se levanta la historia de un pueblo y, particularmente la de las personas mayores.
Envejecer entre nosotros es un ejercicio diario de reafirmación. Mientras las madres, los padres, las abuelas y los abuelos sigan aquí... sabremos que, efectivamente, siempre se podrá empezar de nuevo.
Conocer el testimonio de Luisa Villarroel es recorrer la geografía del desastre, pero desde el lente de la persistencia. Sobrevivir al terremoto de 1967, ver cómo el lodo de 1999 arrasaba con todo y, ahora, enfrentar los sismos del 24 de junio de 2026 desde el cuarto piso del edificio donde habitaba, no la convierte en una víctima crónica. La convierte en un archivo vivo de la voluntad humana. Su historia, junto a la de tantas otras, nos obliga a mirar el envejecimiento no como un declive, sino como una acumulación de templanza.
En medio de los escombros y la incertidumbre de estos últimos días, han surgido imágenes que golpean la conciencia, pero, sobre todo, honran la condición humana. Aquel señor que, ante el estruendo de las paredes moviéndose, se convirtió en escudo humano para salvaguardar a su esposa, estaba reafirmando el amor y la lealtad forjados en décadas. O la imagen de la mujer sentada en la acera, desolada, al lado del kennel donde sus dos gatos buscaban refugio: en su soledad, el vínculo con lo vivo, esos pequeños latidos en la caja de plástico, fueron su cable a tierra.
La resistencia de las personas mayores no es pasiva. Una señora, a pocas horas de ser rescatada, supo que el hambre no esperaba. Por eso no pidió reposo, sino harina de maíz para amasar arepas, alimentar a los presentes y ser la contención de los rescatistas y voluntarios. Y es imposible no conmoverse ante aquel hombre canoso que, tras recibir el golpe devastador de perder a su familia, decidió que su manera de honrarlos sería entregarse en cuerpo y alma a salvar vidas ajenas.
Un contraste necesario
Hace apenas unos años, durante la pandemia global, vimos cómo en países más «desarrollados» se discutía la pertinencia de descartar a los mayores bajo el frío cálculo de que ya habían estado en este mundo lo suficiente. Fue una postura utilitaria que deshumanizó el final de la vida. En Venezuela, aunque la precariedad sea el escenario cotidiano, ocurre algo profundamente distinto: el adulto mayor sigue siendo la columna vertebral.
Aquí no es un número estadístico ni un peso muerto en una balanza económica. Es el sabio que conoce el camino de la reconstrucción porque ya ha tenido que reconstruirse varias veces.
Esta tragedia, nos está enseñando que la supervivencia no es solo respirar después del desastre, sino mantener la capacidad de proteger, de ser solidarios, de amar y de reconocer en el otro la misma necesidad de seguir adelante, aunque su historia sea distinta. Cuando alguien pregunta cómo se levanta un país, la respuesta no está solo en construir edificios, sino en la mirada de quien, habiéndolo perdido todo varias veces, todavía tiene la mano extendida para sostener al que viene detrás.
Envejecer entre nosotros es un ejercicio diario de reafirmación. Mientras las madres, los padres, las abuelas y los abuelos sigan aquí, mientras sigan sosteniendo la memoria y el cariño, sabremos que, efectivamente, siempre se podrá empezar de nuevo.

POR KEYLA RAMÍREZ • @envejecer_siendo
ILUSTRACIÓN ASTRID ARNAUDE • @loloentinta