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¿Dónde estaba Dios?

24/07/26. Venezuela vive hoy una de las tragedias más estremecedoras de su historia. Las grietas que dejó el terremoto del pasado 24 de junio tejieron además una estela de imágenes instantáneas que cada día nos estrujan el corazón.

 

 

La naturaleza nos legó el sacudón, pero somos los hombres, con nuestras leyes, nuestras omisiones y nuestras prioridades, quienes decidimos si un fenómeno natural se queda en un susto o se transforma en una tragedia humana.

 

 

Como ciudadanos empáticos de un país golpeado por leyes humanas y naturales, el dolor nos aplasta, pero también nos reanima la solidaridad de quienes sobrevivieron o ejercieron actos heroicos en medio del caos. Es la reserva moral del venezolano haciéndole frente a la adversidad.

 

 

Pero más allá de la devastación visible y del ruido político mezquino que la historia sabrá juzgar, hay un estremecimiento místico que ronda en la cabeza de mucha gente: ¿dónde estaba Dios?

 

 

No es un reclamo vano; es una turbación existencial. Lo vivimos en el terremoto de Caracas en 1812, cuando el médico y periodista promonárquico José Domingo Díaz testificó (según él) esa célebre frase atribuida a Simón Bolívar que quizás sea nuestra primera fake news: “Si la naturaleza se opone, lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca”. Pero también ocurrió mucho antes, en 1755, cuando un descomunal sismo borró a Lisboa del mapa y obligó a las mentes más brillantes de Europa a elegir entre el dogma del castigo divino o la razón humana.

 

 

Aquel desastre, ocurrido en pleno Día de Todos los Santos mientras miles de personas rezaban en las iglesias adornadas con lamparillas encendidas, desató un choque gigantesco entre Voltaire y Jean-Jacques Rousseau. Voltaire, desconsolado, escribió en un extenso poema que era imposible conciliar tanto sufrimiento inmerecido con un Dios bueno. Para él, el mal estaba instalado en el mundo y la naturaleza actuaba con una crueldad indefendible.

 

 

A aquel sismo se le atribuye una magnitud de entre 8.7 a 9.0 grados en la escala de entonces, y la muerte de por lo menos cien mil personas, no solo como consecuencia del quiebre de la tierra sino del tsunami que produjo por tener epicentro en el océano Atlántico y el incendio catastrófico que generó en la ciudad. Sus efectos se sintieron en casi toda Europa y parte de América y de África, y derivó en el comienzo de los estudios sismológicos de la era moderna.

 

 

Fue Rousseau quien planteó una idea revolucionaria que hoy, frente a nuestras propias ruinas, nos golpea en la cara: la culpa no era de Dios, ni de la naturaleza, sino de la propia sociedad.

 

 

Rousseau le contestó a Voltaire con una sentencia aplastante: la naturaleza no construyó allí veinte mil casas de seis o siete pisos. Si los habitantes de Lisboa se hubiesen distribuido de otra forma y edificado de manera menos hacinada, explica en una pormenorizada carta escrita en 1756, el golpe habría sido insignificante. Incluso señaló cómo muchos murieron aplastados por negarse a huir sin antes rescatar su ropa, sus papeles o su dinero; es decir, por aferrarse a los símbolos de su estatus social.

 

 

Lo que Rousseau inauguró en aquel debate del siglo XVIII fue la mirada moderna del riesgo y dejó por sentado que los terremotos son fenómenos físicos neutros. Lo que los convierte en una catástrofe es nuestra propia vulnerabilidad.

 

 

Nos gusta pensar que los desastres son "exógenos", zarpazos destructivos que vienen de afuera y contra los que nada se puede hacer. Es una excusa cómoda. La verdad es que las consecuencias de un impacto ambiental dependen casi enteramente de nuestras variables internas: de cómo habitamos el territorio, de la desigualdad con la que distribuimos los recursos, de la calidad de nuestras obras públicas y de la fragilidad de las instituciones.

 

 

El terremoto de Lisboa cambió la historia porque obligó al Estado moderno a asumir por primera vez la responsabilidad de gestionar las emergencias y reconstruir con criterios de resistencia sísmica, dejando de culpar al cielo por las omisiones de la tierra.

 

 

Por eso, cuando nos preguntamos hoy en Venezuela dónde estaba Dios ante tanta devastación, la respuesta exige mirarnos al espejo. La naturaleza nos legó el sacudón, pero somos los hombres, con nuestras leyes, nuestras omisiones y nuestras prioridades, quienes decidimos si un fenómeno natural se queda en un susto o se transforma en una tragedia humana.

 

 

 


POR MARLON ZAMBRANO • @zar_lon

 

ILUSTRACIÓN ASTRID ARNAUDE • @loloentinta

 

#FalsasMemorias #Sismos #Tragedias #Sociedad

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