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Los años 40 y el Filin

La década del 40 fue un fenómeno para la humanidad. Aparte de la segunda guerra mundial, en la trastienda de la historia ocurrían historias, el jazz alborotaba los estados unidos, y en Cuba, algo de música gringa se colaba en los ritmos cubanos.

Loquibambia Swing, fue un grupo de vanguardia creado por José Antonio Méndez, en 1946. Según Alberto Menéndez, guitarrista del trío fundador comenzaron en 1944 José Antonio Méndez, Leonel Bravet y él, cuenta que llegaron a presentarse en el teatro Campoamor, alternando con Olga Guillot y con Benny Moré, y también en el teatro América en una actividad del Partido Socialista Popular. Ahí en ese acto, conocen a Frank Emilio Flynn, de quien se hacen amigos, y les recomienda para mejorar la parte vocal convertir el trío en cuarteto, y es cuando José Antonio recuerda que conoce a Omara, le hablan y ella se incorpora. En la evolución de Loquibambia Swing, Alberto Menéndez señala la salida de José Antonio Méndez cuando marcha por primera vez a México y la de Frank Emilio, por quien entra como pianista Roberto Lauzán “Robertico El Clásico”, pero ya para entonces Loquibambia había dejado de ser cuarteto y era todo un grupo”. Dirigido por Él, Loquibambia contó en sus inicios con Alberto Menéndez en la segunda guitarra, Frank Emilio Flynn en el piano, Oscar Kiko González al contrabajo, Leonel Bravet voz solista, Eligio Valera otra voz, pero lo que poca gente sabe es que también participó una carajita  de 15 años tal vez, Omara Brown, era el germen de Omara Portuondo, cantando como Sarah Vaughan, Maxine Sullivan o Ella Fitzgerald.

De la vanguardia de la época, destaca aquel binomio formidable de Piloto y Vera. Giraldo Piloto escribía las letras y Alberto Vera componía la música, aunque por ser muy compenetrados, fácilmente intercambiaban los roles. Siempre fueron muy unidos, ambos nacieron en La Habana en 1929, en el seno de 2 familias muy amigas, creo que hasta vecinas. Ellos inician su trabajo musical en 1948, precisamente por los años de la formación del Filin, y por entonces estrenaron el clásico Blues in cha, del célebre dueto en las primeras sesiones del Quinteto de Música Moderna en los estudios de grabación. Para no hablar del cantado “Mambo infierno”, o el instrumental “Sherezada”, igualmente interpretados por el Quinteto de Frank Emilio; de los boleros “Hay que recordar”, primer tema de ellos que diera a conocer la Orquesta de Machito, o parafraseado en jazz, en versión de la esposa de Giraldo Josefina Barreto, “Añorado encuentro” y “Fidelidad”que popularizara Vicentico Valdez.

Martha Valdez lo resumiría con su talento característico: “Un par de compañeros de estudio, de fiestas, de ilusiones, que tuvieron un buen día la idea de canalizar, el uno su vocación infinita por la música, el otro su ingenio y locuacidad, en favor de una ejemplar fusión aplicada a cuanta variante musical cubana pudiera alzarse en letra y música. Giraldo Piloto era delgado, sobrio en sus expresiones sin dejar de ser afable, organizado y diligente. Había cursado las asignaturas teóricas que le permitieron tomar clases de violín, pero tuvo que desviar sus estudios hacia una profesión que le hiciera posible, en breve tiempo, aportar alguna ayuda a la economía familiar. Alberto Vera era corpulento, expresivo y jaranero a la par que estudioso y cumplidor  como su amigo.  Dotados para el dibujo, al cabo del tiempo los veríamos convertirse en expertos cartógrafos. Ambos sentían especial inclinación hacia la buena música del momento. Sabían valorar lo mejor de la canción que nos llegaba desde el exterior por medio de la radio y el disco. Se identificaban, por igual, con la guaracha vieja, el mambo y el bolero recién nacido en el cuarto de un solar, que luego se cantaba en la sala de una casa, en el banco de un parque y en el muro del malecón. Casi siempre juntos, frecuentaban los ambientes íntimos donde era posible conocer, de primera mano, un feeling que ya comenzaba a vestir pantalones largos”.

Asi se fueron juntando, los muchachos del Filin, en aquel famoso callejon. Los años 40 y el Filin del barrio habanero de Cayo Hueso, cuyo origen no vaticinaba aquella vida bohemia, que se convertiría en todo un movimiento musical. Fernando Belleau Hamel se llamaba el norteamericano de origen franco-alemán que compró unos terrenos en la barriada de Cayo Hueso a inicios del siglo pasado, donde organizó un negocio de fundición y manejo de materia prima. Para esta labor contrató a negros y chinos y les construyó modestas casas en el propio lugar. Este acto le ganó el agradecimiento de los rudos hombres de trabajo, de ahí el hecho de ponerle su nombre al hoy célebre callejón.

Dio por casualidad, o tal vez fue causalidad que el antiguo trovador Tirso Diaz, padre a su vez de Angelito Diaz, quien hizo su casa en el Callejon, y con la visita continua de sus amigos, se fue fundando una peña, de la que hay constancia en la entrada con una placa con el dibujo de una guitarra y un texto: “En esta casa de Ángel Díaz, hijo del trovador Tirso Díaz, surge en la década del 40 el movimiento del filin, hoy un hito real del patrimonio cultural de Cuba, y sus iniciadores fueron José Antonio Méndez, César Portillo de la Luz, Rosendo Ruiz Quevedo, Ñico Rojas, Niño Rivera, Frank Emilio, Elena Burke, Omara Portuondo...”.

El resto lo cuenta Carlos Galilea en su artículo  “El filin canción con sentimiento de bolero”, en El País de Madrid: Eran jóvenes, enamoradiscos y tenían unos trabajos miserables y una emisora de radio -la Mil Diez del Partido Socialista Popular- que les cedió el micrófono desde el principio', se lee en el disco-libro El sentimiento del filin. En la radio de la calle de la Reina, César Portillo de la Luz, que era pintor de brocha gorda, llegó a tener un programa de media hora, y los domingos a las dos se presentaba Loquibambia, el grupo del pianista Frank Emilio. Ángel Díaz lo cuenta en El sentimiento del filin (Cuba Soul/Karonte). En casa de los Díaz se escuchaba trova tradicional, que cantaba el padre de Angelito. Y, en el puerto, Ángel y sus amigos oían a Billie Holiday, Charlie Parker, Benny Goodman... 'Había una cantidad casi infinita de cantinas. Todas poseían victrolas o rokolas, como las llamaban entonces. Los marinos de la Flota Blanca de Estados Unidos anclaban en la bahía todas las semanas y bajaban a tierra con muchos de esos discos'.

A los del filin (del inglés feeling, sentimiento), lo mismo les gustaba Debussy que Duke Ellington. Lo decía Portillo en el libro Porque tienen filin: 'Somos la generación que saluda el advenimiento de la radiodifusión, de la industria discográfica, del cine parlante, todos esos medios que nos traían información de todo el mundo y enriquecían nuestro pensamiento musical'.

 

'Un buen día conocí a César Portillo de la Luz', explica Ángel Díaz. 'Hicimos buenas migas enseguida y montamos un número. César tocaba y lo cantábamos a dúo. Por ahí surgió la idea de reunirnos en mi casa. Nadie pensó que aquello iba a tener la trascendencia que alcanzó'. Por allí se dejó caer Ñico Rojas y se trajo a José Antonio Méndez, amigo de Frank Emilio desde el instituto. Los muchachos del filin rescataban una guitarra que había perdido presencia en favor del piano. Y, por influencia del jazz, se trabajaban los acordes de séptima, novena...

 

Según José Antonio Méndez, 'el término feeling o filin, porque lo españolizamos, pasó a denominar todo lo moderno. Y la gente decía: 'Ahí van los bohemios esos del filin'. Lo analiza Portillo en otra entrevista: 'Es la culminación de una tendencia dentro de la cancionística cubana. Aquel mundo armónico del jazz, de los impresionistas, de las bandas sonoras, nos indujo a un manejo más libre y atrevido de las estructuras melódicas y armónicas, lo cual, unido a una forma más coloquial en las letras, aportó sin duda una canción de corte nuevo'.

 

Aunque el Callejón era el cuartel general, había otros lugares de encuentro. La casa de Pilo Rodríguez en Virtudes y Soledad, la de Jorge Mazón en Marqués González, el domicilio de la familia Martiatu... 'Estelita invitaba a los amigos y preparaba chocolate caliente con churros, cuando no limonada u otros refrescos. ¡Nunca se bebió alcohol!', asegura su hermana, Eva Martiatu, en una biografía de Omara Portuondo. Las reuniones del Callejón comenzaban con Rosa mustia, de Ángel Díaz, el himno del filin, y terminaban con Hasta mañana vida mía, de Rosendo Ruiz Quevedo. Les sorprendía el amanecer. De allí a estudiar, inventar algo para poder comer.

 

El filin, que inspiró a la Nueva Trova, ha dejado canciones como Delirio (Portillo de la Luz), La gloria eres tú y Novia mía (José Antonio Méndez), En nosotros (Tania Castellanos), Ayer (Ñico Rojas), Tú no sospechas (Marta Valdés) o Tú me acostumbraste (Frank Domínguez). Clásicos como Contigo en la distancia que han grabado Caetano Veloso, Tom Jones, Toña la Negra, Lucho Gatica, Cab Calloway, Rubén Blades, Nat King Cole, Johnny Mathis, Martirio... Como dice Silvio Rodríguez: no hay mejores canciones para enamorar que ésas.

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