06/08/26. El terremoto del 24 de junio no solo partió el hormigón en La Guaira y Caracas. También sacudió los anaqueles de uno de los templos literarios más grandes de Latinoamérica: la Gran Pulpería del Libro Venezolano, ubicada en el corazón de Sabana Grande, entre el bullicio del bulevar y la avenida Solano. Cuarenta estantes se vinieron abajo. Unos cien mil libros, según el cálculo de sus guardianes, terminaron en el suelo, mezclados, doblados, silenciados. Pero lo que parecía una pérdida, se ha convertido en una oportunidad para reencontrar la memoria.
La Pulpería del Libro Venezolano sigue en pie... Sigue siendo ese lugar donde el pasado y el presente de Venezuela se encuentran... Y ahora, con la ayuda de más de cien voluntarios, está reescribiendo su propia historia...
Los estantes que cayeron
Rómulo Daniel Castellanos Peña, hijo del fundador Rafael Ramón Castellanos, lo cuenta con la mezcla exacta de preocupación y asombro: "El movimiento hizo que se me cayeran los estantes pegados al norte. Hicieron efecto dominó. Se calleron los de derecho, psicología, esoterismo, y al final Bolívar, que es el que sostiene todo. Y es cierto, Bolívar aguantó la caída". La frase, que ya circula en redes, es también una metáfora: en medio del caos, la figura del Libertador —y todo lo que representa— sigue en pie.
Pero la Pulpería no es solo un negocio. Es, en palabras de Rómulo, "una memoria del país". "Mi papá era un curador de cultura venezolana. Aquí hay muchos libros que no están en digital, que no se conocen, que no están en ninguna biblioteca nacional. Tenemos una bibliografía venezolana amplísima. Esto no es un negocio comercial, es un servicio. El que vende libros vende cultura, sostiene la cultura". Y esa memoria, ahora, está siendo reordenada.
La respuesta solidaria
La respuesta solidaria no se hizo esperar. Eriana Rodríguez, trabajadora del local, relata: "Se nos cayeron muchos estantes. La parte de derecho, que es la más afectada, códigos, leyes, casación... también la de psicología, sexología y toda nuestra área esotérica. Las estructuras no sufrieron daños, los ingenieros ya las revisaron, pero los estantes están muy doblados y nos ha costado enderezarlos".
Ante el derrumbe, el equipo de la Pulpería lanzó una convocatoria de voluntarios a través de sus redes. "Hicimos una convocatoria por Google Form y se nos asomaron muchísimas personas. Ya tenemos 107 inscritos", dice Eriana. "Los estamos organizando por turnos, de martes a sábado. Muchos son jóvenes universitarios: estudiantes de ciencias políticas, música, y eso nos ayuda porque saben leer, saben clasificar, saben reconocer temáticas".
Carlos Medina, "un pichón de librero" como él mismo se define, describe el proceso: "Ahorita lo que estamos delimitando es la cantidad de gente que ingresamos. No estamos abriendo al público completamente. El que viene a ver la librería no lo estamos dejando pasar; el que viene a buscar un libro puntual, sí, pero si la sección está comprometida, no". La prioridad es el orden y la seguridad. "Estamos en una labor de reestructuración total", explica.
Diego Ávila, uno de los voluntarios, llegó movido por el amor a los libros. "Cuando vi la convocatoria, consideré que era un espacio donde podíamos aportar. Cualquiera de nosotros, conforme a nuestras competencias, tiene que encontrar los espacios para dar la mejor ayuda. Y aquí he aprendido mucho. También muestra esa pizca de solidaridad que está en todos nosotros en esta situación".
Sorpresas entre el desorden
Las sorpresas han sido muchas. Entre el polvo y el desorden, han aparecido joyas bibliográficas que se creían perdidas. Rómulo cuenta con emoción: "Apareció 'La joya de la corona': las obras completas de Teresa de la Parra, del año 65. Aparecieron seis ejemplares, de los cuales ya sólo me quedan dos. También unos libros de masonería que tenía desaparecidos, y otros que presumía agotados en mi catálogo". Y añade: "Esto me obliga a hacer un inventario de los libros que tengo atrás. Mi papá era de fichas, pero el fichero no estaba completo, se extravió. Ahora estamos reconstruyendo ese catálogo".
Miguel, un cliente habitual de años, describe la experiencia de recorrer la Pulpería como un viaje al pasado y al presente del país. "Aquí hay muchos libros de historia de Venezuela que sólo se consiguen aquí. La debilidad es que no estén digitalizados, porque a través de la digitalización hay masificación. Pero yo necesito el papel. Si se va la luz, puedo seguir leyendo con una vela. Y además, cuando estudias, necesitas tener varios libros abiertos para cruzar fuentes. El digital no te permite eso".
Y reflexiona: "Estos locales son patrimonio, pero se tienen que volver parte de la vida de uno. Es patrimonio por la relación que tenemos con él. Muchas personas que hoy son voluntarios nunca habían venido a la librería, y su primera vez es ayudando. Aquí se descubre un país: se descubren autores, investigaciones, enfoques. Es un ejercicio de búsqueda, de paciencia. Uno nunca termina de conocer un país, y una librería es una suma de países".
Reconstruir la memoria
Rómulo mira el futuro con la misma mezcla de realismo y pasión que heredó de su padre. "La era digital ha matado el tema psicopédico, nadie las busca, trato de regalarlas. Pero el fuerte mío es que tengo muchos libros que nunca van a estar en digital porque no los conocen. Ahí falta mucho por recorrer. Y ese recorrido de la inteligencia lo tengo aquí, en los anaqueles de la Pulpería".
Sobre la reestructuración, adelanta: "Estamos viendo un espacio mucho más cómodo. Tengo que sacar estantes que no están cómodos y se torcieron. Pero el problema es que no sé dónde voy a meter la cantidad de libros que me queden fuera. Voy a hacer una campaña de regalo de libros de la sección de derecho, porque el libro jurídico se mueve muy poco. Ya se lo ofrecí a los amigos de mi hijo que van a estudiar derecho: 'Tengan libros gratis'".
Y, con una sonrisa que mezcla el cansancio y la esperanza, confiesa: "Yo tengo que pagar cuentas. Esto es alquilado, aunque el arrendatario se ha portado muy bien. Pero hay que pagar electricidad, sueldos... Y el relleno sanitario me salió muy caro. Pero más allá de eso, esto es una memoria. Una memoria que no es mía, es del país. Y si se cierran las librerías, se cierra parte de esa memoria. Yo trato de vender lo más económico que puedo para mantenerla abierta, pero no me da para vivir de esto. Esto es un servicio".
La Pulpería del Libro Venezolano sigue en pie, aunque a media puerta. Sigue resistiendo, con sus estantes doblados y sus libros esperando ser reubicados. Sigue siendo ese lugar donde el pasado y el presente de Venezuela se encuentran, donde el papel tiene un olor y un peso que ninguna pantalla puede replicar. Y ahora, con la ayuda de más de cien voluntarios, está reescribiendo su propia historia, una página a la vez.
Porque, como dice Rómulo, "el librero sin memoria no existe". Y aquí, la memoria sigue viva.
POR JOSÉ MANUEL PÉREZ • @manudanph
FOTOGRAFÍAS YARITZA CANTO • @yariyama