06/08/26. El centimetraje de los primeros días ya ha bajado de intensidad, pero en muchas casas donde el suelo tembló hace más de un mes y dejó grietas visibles y no visibles, la verdadera dimensión del desastre apenas comienza a desplegarse en silencio.
No podemos naturalizar que la vejez se cargue al hombro una tragedia colectiva en absoluta soledad. Hagamos el ejercicio de mirar alrededor en nuestras comunidades, parroquias o edificios...
Cuando una tragedia de la magnitud de los terremotos del pasado 24 de junio fractura a una familia y arrebata de tajo a la generación de hombres y mujeres en edades productivas, el vacío es un abismo que alguien tiene que cruzar con las manos desnudas. En Venezuela, ese puente invisible lo están levantando, una vez más, las abuelas y los abuelos. La nueva realidad es que, además de los padres y madres fallecidos, muchos sobrevivientes perdieron extremidades y no pueden reincorporarse al trabajo.
De manera repentina, ahora hay adultos mayores ejerciendo roles de padres por segunda vez. Lo que estamos viendo no es el perfil clásico del abuelo consentidor de los fines de semana. Estamos frente a una dimensión brutal de vulnerabilidades. Por un lado, cuerpos envejecidos que en muchos casos conviven con hipertensión, artrosis y el desgaste propio de una vida entera en un país cuesta arriba; por el otro, infancias atravesadas por un duelo catastrófico. Y en el medio, un contexto migratorio previo que ya había dejado a muchas familias regadas por el mundo, convirtiendo a estos adultos mayores en la última —y a veces única— línea de defensa dentro del territorio.
Lo más desgarrador de este rol de abuelos anclaje es la urgencia de silenciar el propio dolor. ¿Cómo se llora la pérdida de un hijo cuando hay que levantarse a preparar el desayuno, secar lágrimas y buscar una entereza blindada para que el mundo del nieto no termine de venirse abajo? Es el peso de una doble orfandad sostenida con pura resiliencia afectiva.
Una pausa para mirar a quienes nos sostienen
A estas alturas, la reconstrucción va mucho más allá de levantar paredes, demoler estructuras o recoger toneladas de escombros. Tiene que ver con cómo nos miramos al lado. Si los abuelos son hoy los cimientos que sostienen el futuro de estos niños, la pregunta ya no es solo cómo lo hacen, sino quién sostiene a los abuelos.
No podemos naturalizar que la vejez se cargue al hombro una tragedia colectiva en absoluta soledad. Hagamos el ejercicio de mirar alrededor en nuestras comunidades, parroquias o edificios: detectemos dónde hay un abuelo o una abuela que haya perdido a un hijo, acerquemos un plato de comida, escuchemos, demos algún donativo de acuerdo a las necesidades de ese núcleo familiar y nuestras posibilidades, en fin, brindemos contención.
Y si estás atravesando por esta situación, por favor permítete no poder con todo a la vez. Buscar orientación psicológica y legal profesional no es un signo de debilidad, sino un acto urgente de supervivencia y amor propio. Navegar este laberinto requiere redes de apoyo; nadie tiene que cargar con el mundo entero sobre los hombros. Accionar en colectivo es la única manera de evitar que la vejez y la infancia colapsen al mismo tiempo.

POR KEYLA RAMÍREZ • @envejecer_siendo
ILUSTRACIÓN ASTRID ARNAUDE • @loloentinta