18/09/26. La memoria colectiva suele ser tan efímera como el algoritmo que la alimenta. Cuando la tierra se abrió y se sacudió con furia en el litoral central venezolano, el mundo entero volcó su mirada, sus oraciones y sus manos hacia el estado La Guaira. El doblete sísmico que devastó la región dejó cicatrices profundas e imborrables en su geografía y en su gente. Sin embargo, el tiempo avanza con una prisa indolente. A casi tres meses de aquella catástrofe que alteró el destino de miles de familias, el eco de la emergencia ha comenzado a apagarse en las redes sociales y en las agendas informativas. Las cámaras se han marchado, los titulares cambiaron, pero la emergencia humanitaria continúa de pie en comunidades vulnerables como Macuto, Mare Abajo, el Sector Mamo y otras zonas vecinas a Catia La Mar, donde el proceso de recuperación avanza a un ritmo desgarradoramente lento según la opinión de sus habitantes.
A casi tres meses del destructivo doblete sísmico, la crisis humanitaria se desplaza desde la emergencia estructural hacia el apoyo menguante…
El olvido mediático frente al trauma cotidiano
En las primeras semanas posteriores al desastre, las carreteras que conducían a La Guaira se llenaron de camiones, voluntarios y cargamentos de esperanza. Hoy, la realidad muestra un rostro drásticamente diferente. Las donaciones de alimentos, medicamentos de primera necesidad y suministros básicos han disminuido de manera alarmante. En los centros de acopio improvisados, el panorama es de una tensa y triste quietud; el flujo constante de víveres que antes sostenía a los sobrevivientes se ha transformado en un goteo escaso e impredecible. La ayuda humanitaria parece haberse diluido al ritmo en que bajó la tendencia en Internet, dejando a cientos de familias atrapadas en el limbo de una reconstrucción que apenas gatea.
Para comprender la magnitud de lo que se vive en el terreno, es indispensable escuchar las voces de quienes habitan el epicentro del trauma cotidiano. El señor Diego, un respetado representante y líder comunitario de Mare Abajo que prefirió mantener su apellido en el anonimato para resguardar la intimidad de su labor, alza la voz con una mezcla de cansancio y firmeza. Con el rostro marcado por la preocupación, el señor Diego exhorta de manera urgente a las comunidades y a las organizaciones a no darles la espalda: "Le pido a Venezuela y al mundo que no se olviden de nosotros. El salir adelante de una situación tan devastadora como un doble terremoto y sus consecuencias no es cuestión de meses ni se soluciona cuando el tema deja de ser viral en los teléfonos. No permitan que la ayuda se mitigue sólo porque ya no somos la noticia del día. Nuestra necesidad sigue siendo real cada mañana". Sus palabras reflejan el temor generalizado de una comunidad que se siente invisible ante los ojos del resto del país.
El dolor no solo se mide en la falta de alimentos, sino en el impacto psicológico que el desastre grabó en el alma de los sobrevivientes. Sabrina, una mujer joven y nativa de La Guaira, describe con crudeza las condiciones inhumanas en las que todavía resisten muchos de sus vecinos. Según relata, los guaireños aún se encuentran sumergidos en una profunda etapa de shock postraumático, un estado de alerta constante donde cualquier ruido fuerte revive el horror del doble sismo. "El proceso de recuperación ha sido increíblemente lento", manifiesta Sabrina con indignación. "Aún hay familias enteras viviendo en campamentos improvisados, soportando hasta 38 grados de un calor sofocante bajo el plástico de las carpas porque sus hogares colapsaron o quedaron completamente inhabitables".
A esta asfixiante situación climática se suma la crisis de los servicios públicos esenciales, pues el suministro de agua potable escasea en los sectores más golpeados. Para empeorar el panorama, Sabrina denuncia una dolorosa realidad social que fractura la solidaridad comunitaria: la vulnerabilidad ante la viveza criolla de otros habitantes de la zona que se aprovechan de las escasas donaciones y suministros que logran llegar, acaparándolos o desviándolos para sacar provecho propio y beneficiarse a costa de las tragedias de los demás.
Este pánico postraumático ha calado hondo en los espacios que se suponen más seguros: las escuelas. En las pequeñas instituciones educativas locales, la asistencia de los niños ha disminuido de forma notoria en las últimas semanas. Las aulas lucen semivacías debido al temor recurrente y paralizante, tanto de los padres como de los alumnos, ante la posibilidad latente de una réplica o de un nuevo movimiento sísmico. El miedo a quedar atrapados bajo el techo escolar ha retenido a la población infantil en las carpas, interrumpiendo su derecho al desarrollo y al aprendizaje. A pesar de este panorama desolador, los maestros y educadores del litoral siguen manteniendo sus puertas abiertas y haciendo llamados constantes a la población estudiantil para que asistan a clases, intentando devolverles un destello de normalidad y rutina en medio del caos.
Zonas como el sector Mamo y otras zonas vecinas de Catia La Mar, aunque no sufrieron el epicentro de los derrumbes, sufren un "cerco invisible" provocado por el aislamiento forzado, la parálisis comercial de los centros urbanos cercanos, y la pérdida prolongada de líneas telefónicas y servicios de comunicación.
La realidad económica y logística en La Guaira es cada vez más crítica. Entregar donaciones, ropa, medicamentos o incluso un simple cotillón para los niños se ha transformado en una tarea verdaderamente maratónica y de alto riesgo para los voluntarios que aún se acercan. Debido al desespero colectivo y al hambre acumulada, los pobladores se abalanzan desesperadamente sobre los vehículos para tratar de tomar cualquier suministro disponible, impulsados por la angustia de saber que el alimento escasea y que casi nadie está donando comida en la actualidad. Las dinámicas de entrega ordenada se han quebrado ante el instinto más básico de supervivencia. Esto evidencia que la reconstrucción del estado no es cuestión de semanas; es un proceso titánico que tomará meses y, muy probablemente, largos años de esfuerzo continuo.
Los parágrafos finales de esta dolorosa crónica nos obligan a hacer un llamado profundo a la introspección social y humana. La solidaridad y la colaboración con los sobrevivientes de La Guaira no pueden seguir siendo tratadas como una cuestión de moda, una tendencia pasajera o un contenido que se consume y se desecha con un simple deslizamiento de pantalla, ni tampoco es sólo una cuestión del Estado del cual vale la pena destacar que ha tomado soluciones socio comunitarias de las más acertadas en tiempo récord. La desesperación de la gente que habita en las carpas no es un espectáculo; es una emergencia latente que se agrava cada tarde ante el azote del sol caribeño, el calor inclemente y las fuertes lluvias que anegan sus precarios refugios. Su necesidad de protección, techo y sustento es completamente legítima y desgarradora.
No es posible reconstruir La Guaira si nos quedamos solos en el intento; el esfuerzo de unos pocos voluntarios o de las propias víctimas no es suficiente para levantar un estado que fue golpeado en sus cimientos más profundos. Todos, como sociedad, debemos mantener el compromiso activo de seguir apoyando, donando y visibilizando sus realidades. Detrás del muro de escombros existen demasiadas verdades ocultas, y al adentrarse en los callejones del litoral se descubre que cada zona enfrenta una crisis particular, donde cada realidad parece ser peor que la anterior. La verdadera reconstrucción comenzará el día en que entendamos que la empatía no tiene fecha de vencimiento y que el dolor de La Guaira sigue siendo una herida abierta en el corazón de todo el país.
POR OSMELY BOSCÁN • @osmelyboscan
FOTOGRAFÍAS JUSTO BLANCO RUIZ • @justoblancoruiz / OSMELY BOSCÁN • @osmelyboscan
