25/09/26. Hay hombres que mueren y hay hombres que se siembran. Víctor Lidio Jara Martínez nació el 28 de septiembre de 1932 en San Ignacio, Chile, hijo de campesinos. Creció entre el aroma de la tierra y el sonido de la guitarra de su madre, Amanda Martínez, a quien dedicaría años después su canción más universal. Nadie imaginaba entonces que aquel niño de provincia se convertiría en la voz más luminosa y, a la vez, más perseguida de la Nueva Canción Chilena.
Víctor Jara amó con intensidad, militó con convicción y cantó con verdad. La dictadura le arrancó la vida, pero no pudo arrancarle la voz. Porque hay hombres que mueren y hay hombres que se siembran.
Un artista que se entregó al pueblo, eso fue Víctor Jara. Antes de consagrarse como cantautor, Jara fue director de teatro. Entre 1956 y 1960 su carrera teatral fue tan exitosa como rápida: ganó premios y elogios de la crítica nacional y extranjera. Pero la música lo llamaba. En 1965 inició su carrera como solista en La Peña de Los Parra, y en 1969 ganó el Primer Festival de la Nueva Canción Chilena con Plegaria a un labrador. Ese mismo año compuso El derecho de vivir en paz, una de sus obras más emblemáticas.
Su compromiso político no fue un añadido tardío. Desde sus primeras composiciones, canciones como Así como hoy matan negros, El arado o El aparecido tenían un fuerte contenido reivindicativo. Preguntas por Puerto Montt (1969) fue una crítica directa a la represión de carabineros contra los pobladores del sur. Su música siempre fue una herramienta para cambiar el mundo.
Si hablamos de su militancia, con la llegada de Salvador Allende al poder, Jara se entregó por entero a la causa de la Unidad Popular. Militante del Partido Comunista, participó en las campañas electorales, denunció la realidad de las poblaciones marginales en su disco La población y se convirtió en uno de los rostros artísticos más representativos del gobierno popular. En 1971 fue nombrado embajador cultural y recorrió universidades, sindicatos y fábricas de Latinoamérica llevando su canto.
Su amor por el pueblo no era retórica. Te recuerdo Amanda habla de un obrero que va a la fábrica y no vuelve; El arado es una épica del trabajador; Luchín es una reflexión sobre la pobreza. Cada canción era un acto de amor, una declaración de principios, una apuesta por la dignidad.
La barbarie llegaría el 11 de septiembre de 1973, cuando el golpe de Estado encabezado por Augusto Pinochet derrocó a Allende. Jara fue detenido ese mismo día en la Universidad Técnica del Estado y llevado al Estadio Chile, convertido en centro de detención. Allí, junto a miles de prisioneros, fue torturado durante cuatro días. Le destrozaron las manos y la lengua.
El 16 de septiembre de 1973, el cantautor fue acribillado. Su cuerpo presentaba más de cuarenta impactos de bala. Tenía cuarenta años, a días de cumplir cuarenta y uno. Antes de morir, "un carajo joven" –diría uno–, con sueños y la fuerza de seguir trabajando por un mundo mejor, escribió unos versos que un compañero de cautiverio entregó a su viuda, Joan Turner, en un papel arrugado: “Canto que mal me sales / cuando tengo que cantar espanto”.
Pero su voz jamás se va a apagar, los golpistas creyeron que matando al hombre matarían el mensaje. Se equivocaron. Víctor Jara se convirtió en el símbolo más poderoso de la resistencia contra la dictadura. Su canto siguió sonando en cada plaza, en cada peña, en cada guitarra que se levantó contra el silencio impuesto.
En 2018, ocho exmilitares fueron condenados a dieciocho años de cárcel por su asesinato. La justicia llegó tarde, como suele llegar. Pero su ejemplo sigue vigente. El derecho de vivir en paz no es solo una canción, es un manifiesto, un compromiso, una forma de estar en el mundo.
Víctor Jara amó con intensidad, militó con convicción y cantó con verdad. La dictadura le arrancó la vida, pero no pudo arrancarle la voz. Porque hay hombres que mueren y hay hombres que se siembran. Y Víctor Jara, desde aquel 16 de septiembre de 1973, sigue sembrado en la conciencia de los pueblos que no se rinden.

POR JOSÉ MANUEL PÉREZ • @manudanph
ILUSTRACIÓN JUSTO BLANCO • @justoblancoru
