16/10/26. Hay una escena que se repite más de lo que se admite cuando las parejas están explorando sus cuerpos, bajando por la espalda, por la cintura, y en un momento dado la mano de ella se desvía hacia una zona que él no tenía en el mapa. Y entonces viene el freno: "Allí no, mi amor". No con violencia. Con risa nerviosa, con incomodidad, con esa sensación de que algo se está saliendo de lugar.
El prejuicio que no deja vivir, y el verdadero problema no es la zona. Es la idea de que un hombre que disfruta de su cuerpo de cierta manera deja de ser hombre. Esa idea no tiene base científica, pero tiene un peso social enorme.
Y no es que no quiera. Es que le enseñaron que esa zona es "otra cosa". Que si una mujer le toca ahí, algo se le mueve en su identidad. Que eso "no es de hombres" . Y así, entre el chiste y el miedo, se pierde una parte entera del propio cuerpo.
La cosa es más simple de lo que parece. El ano no tiene orientación sexual. Tiene terminaciones nerviosas. Un montón. Las mismas que hacen que la piel alrededor sea sensible al tacto, a la lengua, a la yema de los dedos. La zona externa, el perineo —ese espacio entre los testículos y el ano— está lleno de terminaciones que responden igual que cualquier otra parte erógena del cuerpo. No hay ahí una puerta secreta que convierta a nadie en nada.
Hay una creencia que pesa en casi el 95% de los hombres cisgénero heterosexuales, asocian el placer anal con la homosexualidad. Casi todos. Y eso explica por qué tantos hombres ni siquiera se plantean que su pareja los acaricie ahí, aunque les dé curiosidad. El miedo no es al dolor. Es al juicio.
La cultura machista cargó al ano de un simbolismo que no le corresponde. Lo trató como una parte prohibida del cuerpo masculino, una zona que pertenece a lo femenino o a lo homosexual, y por lo tanto, a lo que un hombre "de verdad" no debería acercarse. Los investigadores le pusieron nombre a esto: homohisteria, el miedo cultural a ser percibido como homosexual. Y ese miedo ha funcionado como una cerca invisible durante generaciones.
Hay que ser claros, porque la confusión es justamente lo que alimenta el tabú. No estamos hablando de que un hombre sea penetrado por otro hombre u otro objeto fálico, ni de que tenga sexo anal. Estamos hablando de que su pareja —una mujer— lo acaricie, lo masajee, lo lama, lo estimule con los dedos en esa zona externa. Nada más. Y nada menos.
Planned Parenthood, el mayor proveedor de salud de Estados Unidos, lo dice sin rodeos: una cosa es sentir placer cuando se estimula una zona del cuerpo, y otra muy distinta es que eso defina tu orientación sexual. Si a una mujer heterosexual le gusta que su pareja le acaricie el clítoris, nadie piensa que eso la hace lesbiana. ¿Por qué habría de ser distinto con el ano?
La piel no entiende de etiquetas. Las terminaciones nerviosas no votan. Sólo responden al tacto. Y el tacto, cuando viene de alguien en quien confías, puede ser una de las experiencias más placenteras que existen. No porque sea "diferente", sino porque es una zona del cuerpo que ha sido vedada sin razón.
Si el disfrute como derecho, ¿por qué sigue siendo tabú? Porque el tabú no protege nada. Sólo limita. Un hombre que no deja que su pareja lo acaricie ahí por miedo al qué dirán está dejando de disfrutar una parte de sí mismo que le pertenece. Y una pareja que no se atreve a preguntar, a proponer, a jugar, está perdiendo una posibilidad de conexión.
Los estudios muestran que cada vez más hombres heterosexuales se están abriendo a estas prácticas, sobre todo los más jóvenes. No porque sean "más gays", sino porque la homohisteria está bajando. La conversación se está dando. Y eso es bueno.
Si no te da miedo, si te da curiosidad, o si tu pareja quiere explorar y tú no sabes cómo reaccionar, aquí van algunas ideas:
- Habla antes. Esto requiere confianza. Nada de sorpresas. Pregunta, haz propuestas, ríete si sale torcido. La risa también es parte del disfrute.
- Empieza suave. No hace falta nada más que una caricia. El perineo, el contorno externo, la piel alrededor. Ahí ya hay mucho que explorar.
- Usa lubricante. Mucho. Esa zona no lubrica sola. Sin lubricante, la experiencia se convierte en incomodidad.
- Higiene sí, obsesión no. Una ducha antes es suficiente. El cuerpo no es sucio.
- No hay prisa. Esto no es una carrera. Es un descubrimiento.
El prejuicio que no deja vivir, y el verdadero problema no es la zona. Es la idea de que un hombre que disfruta de su cuerpo de cierta manera deja de ser hombre. Esa idea no tiene base científica, pero tiene un peso social enorme. Y ese peso es el que hay que empezar a soltar.
La sexualidad no es una lista de casillas que hay que marcar. Es un territorio que se explora, que cambia, que se disfruta. Y el placer no tiene dueño. No es gay, no es hetero, no es de nadie. Es tuyo.
Vale la pena preguntarse: ¿es que no quiero, o es que me da miedo que me guste?

POR JOSÉ MANUEL PÉREZ • @manudanph
ILUSTRACIÓN ASTRID ARNAUDE • @loloentinta
