16/10/26. Hace unos 35.000 años, en la penumbra helada de una cueva, un homínido talló agujeros en el fémur de un buitre leonado para arrancarle sonidos al silencio ensordecedor de la barbarie. Aquel soplo ancestral inauguró el largo calvario de la belleza humana. La misma necesidad llevó a un Beethoven sordo a dictarle al pentagrama los golpes del destino en su Quinta Sinfonía; a cuatro muchachos excitados a rehacer la historia entre el humo de la marihuana y el sudor de los arrabales de Liverpool; o a Gualberto Ibarreto a desgarrarse la voz aguardentosa para cantar sus penas de mar y tierra. Charly García zanjó el debate sin rodeos académicos al recordarnos que la música sirve si consigue moverte un pie. Daba igual si la catarsis venía envuelta en la distorsión furiosa de un pedal metalero o en el barniz robótico del Auto-Tune: al final de los cables siempre había un cuerpo que temblaba, una autobiografía en ciernes deseosa de salvarse del olvido.
Cuando la elaboración musical renuncia al testimonio de nuestras heridas para transformarse en un bien predecible, ubicuo y descartable, se apaga el fuego inicial que nos juntó alrededor de las primeras hogueras.
Uno camina por estas calles esquivando el pregón de los buhoneros y el rumor amenazante del tráfico, empeñado en encontrar armonía a la intemperie. La música nunca fue un lujo accesorio ni una fórmula matemática; fue ante todo un asunto de corazón, saliva y roce humano. Durante milenios, componer exigió poner el pellejo sobre la creatividad, pagar el peaje del ensayo y el error y pasar madrugadas enteras domesticando los acordes del cuatro, la guitarra o el piano. Cada arreglo guardaba memoria de pérdidas íntimas, amores contrariados y triunfantes o rabia compartida. Era el testigo sonoro de nuestra fragilidad, la prueba física de que no estábamos solos mientras cruzábamos la vida.
Sin embargo, ese pacto milenario acaba de quebrarse frente a la intuición fría de los sistemas binarios. Hoy, esas emociones primitivas se despachan en segundos mediante un prompt eficaz y una conexión a Internet estable. El contraste que reseñaba el diario The New York Times parece una ironía desalmada. A través de una prueba de laboratorio, mientras un grupo de músicos dedicó un fin de semana entero entre colillas y discusiones a concretar una pieza musical, una joven sin noción alguna de armonías generó treinta canciones en cuarenta minutos a través de la plataforma digital Suno. Motores generativos que bombean millones de temas diarios para una audiencia masiva que ya no necesita ser convencida, aparentemente, de la utilidad de los sentimientos. Más allá de las cifras, lo más inquietante es la anestesia colectiva que delatan los estudios. El demoledor resultado de encuestas como las de Deezer e Ipsos, revela que el 97 % de las personas es incapaz de distinguir la armonía nacida del dolor humano de aquella condensada por un procesador.
La colonización de las listas de éxitos dejó de ser una advertencia distópica para convertirse en la actualidad del mercado. Lo que arrancó como una curiosidad viral cuando @ghostwriter clonó las voces de Drake y The Weeknd en el pegajoso tema Heart On My Sleeve (empujando a gigantes discográficos como Universal Music Group a blindar sus catálogos), devino en una conquista comercial incontestable. Proyectos algorítmicos como Breaking Rust treparon al podio del Country Digital de Billboard con Walk My Walk. “YAJU&U” inundó las listas asiáticas e iniciativas generativas similares alcanzaron hitos impensables al liderar ventas globales en plataformas de streaming, exhibiendo con naturalidad su código artificial. El síntoma más elocuente de este cambio de era se reveló cuando fenómenos surgidos en el éter digital terminaron siendo versionados en vivo por instrumentistas de carne y hueso, lo que constituye una inversión paradójica en la que el ser humano, despojado de su rol de origen, corre a imitar el artificio de la máquina.
Más allá del laberinto judicial por el uso no consentido de datos de entrenamiento vía derechos de autor, los reclamos morales y las etiquetas de advertencia en las aplicaciones de reproducción como Spotify, el dilema de fondo es de orden estrictamente ontológico. Cuesta asimilar que el puente empático de una melodía prescinda de una vida vivida y que los desgarros tramitados mediante un estribillo pegadizo no le hayan dolido a nadie; que la memoria acústica de la especie migre de las cavernas al almacenamiento silencioso de un centro de datos. A semejanza de lo que está ocurriendo en el cine o la literatura, el verdadero desánimo no tiene nada que ver con la pulcritud técnica del resultado (que suele ser impecable), sino en la pérdida del milagro de la chispa humana de la creación.
Cuando la elaboración musical renuncia al testimonio de nuestras heridas para transformarse en un bien predecible, ubicuo y descartable, se apaga el fuego inicial que nos juntó alrededor de las primeras hogueras. Es nuestra propia condición humana la que contempla con melancolía cómo se diluye su misterio más sagrado: ese instante irrepetible en que dos extraños, separados por siglos o distancias, se reconocen en el escalofrío orgásmico que produce una misma canción.

POR MARLON ZAMBRANO • @zar_lon
ILUSTRACIÓN ASTRID ARNAUDE • @loloentinta
