31/10/26. Parece que una fracción de gente joven e incluso, de aquella que no nació en la era de la digitalización, ya no tolera ver una película que dura dos horas y media o leer un libro, cuya lectura, corta o larga, exija una análisis profundo.
...se nos está entrenando para no deliberar, pensar o reflexionar para emitir una pinión... La atención profunda, en tiempos de algoritmos, es un acto de resistencia.
Después de horas de scroll, de reels de treinta segundos, de una frutinovela que resuelve un conflicto cada minuto y medio, la capacidad de sostener la atención se convierte en un esfuerzo para el cerebro. Es decir, ya no está dispuesto a ir más allá de lo rápido, lo fácil, de las soluciones que no ameritan “echar cabeza”.
Pero, no es que la gente ya no lea o no disfrute de un proyecto audiovisual, tampoco es que exista una supuesta decadencia generacional, es que estamos siendo entrenados neurolingüísticamente (literalmente condicionados) para no tolerar el esfuerzo cognitivo prolongado. Y el entrenamiento tiene dueños.
“Secuestro digital”: la dopamina es el anzuelo
Paula María Luna, profesora de Psicología de la Universidad Internacional de Valencia, explica en un medio español que “los algoritmos priorizan contenidos que generan microdescargas de dopamina y que refuerzan conductas de consulta compulsiva”. La especialista refiere que esa estimulación, sumada a la recompensa (likes, vistas y seguidores), y la repetición, reducen la intolerancia al esfuerzo cognitivo y favorece una atención fragmentada.
Lo peor es cuando estamos haciendo una tarea específica, ya sea académica, de nuestro empleo, leyendo o viendo una película y pasamos a revisar por unos minutos nuestras redes sociales o a ver quién nos escribió. Resulta que retomar la actividad anterior nos costará un esfuerzo de 20 minutos. Luna detalla que este gesto responde “a un condicionamiento reforzado por notificaciones, scroll infinito y recompensas intermitentes” que terminan desequilibrando al cerebro.
La neurocientífica Natalia Ojeda publicó en el diario El País un informe donde llama a este fenómeno “secuestro digital”. La dopamina liberada ante cada like o cada scroll “debilita nuestra atención sostenida, transformándola en una atención fragmentada”. La experta asegura que están siendo entrenadas “mentes capaces de procesar mil estímulos por segundo, pero incapaces de profundizar en un solo pensamiento o terminar la lectura de un libro”.
“Telenovelas con cocaína” y “literatura fast food”
El condicionamiento se traslada a todo lo que consumimos. Uno de esos productos son los “dramas verticales” o populares “frutinovelas”, esos que vemos ahora hechos por inteligencia artifical en apps como ReelShort, DramaBox o directamente en TikTok, Facebook e Instagram. Duran entre 30 segundos y 3 minutos y están optimizados para consumo rápido, emocional y en pantalla vertical.
La estructura de estas microficciones está conformada por un conflicto simple, un clímax y un gancho cada 60 o 90 segundos. El productor Vincent Wang lo definió como “telenovelas con cocaína”.
La industria editorial está aplicando el mismo esquema. Margarida Rebelo Pinto describe la “literatura fast food” como “novelas con una estructura narrativa lineal, personajes estereotipados, dibujados a una dimensión, que crean una empatía casi inmediata con el lector”.
La escritora brasileña señala que esa empatía impide pensar mal acerca de una actitud del personaje o razonar sobre una idea importante; asimismo, generar “un pensamiento que nos haga mirar a los otros o a nosotros de forma diferente”. Además, aclara que este tipo de literartura, por su ligereza y capacidad de evasión, “no deja espacio para la reflexión o el pensamiento crítico”.
¿Qué hay detrás del condicionamiento?
Dinero. La atención se convirtió en el recurso más codiciado del siglo XXI. Cada notificación, cada video que se reproduce automáticamente, cada scroll infinito forman todos parte de una batalla que libramos contra plataformas diseñadas para retenernos y monetizar nuestro tiempo.
Un ensayo reciente sobre diseño persuasivo digital del Instituto de Estudios Humanos de la Universidad de Kyungnam en Corea del Sur describe que las recompensas intermitentes “desencadenan una sensibilización dopaminérgica y suprimen el control prefrontal”, reconfigurando la toma de decisiones “de la deliberación reflexiva al estímulo-respuesta condicionado”. Es decir, no solo nos cuesta concentrarnos, se nos está entrenando para no deliberar, pensar o reflexionar para emitir una pinión.
Asimismo, se explica que las redes sociales condicionan las emociones, la resistencia atencional, la regulación de impulsos y la capacidad cognitiva moral mediante ciclos de dopamina y refuerzos intermitentes. El resultado es una “gobernanza cognitiva informal”, lo que se traduce en la regulación de la percepción, el afecto y el juicio a través de arquitecturas de incentivos. Es decir, algo que no se vota, no se discute y no se ve.
En ese sentido, un pueblo que no soporta la pausa para analizar, entender algo que lee o que ve, y que requiere de desenlaces resueltos, es un pueblo más fácil de gobernar desde el punto de vista cognitivo. La fragmentación de la atención es un modelo de negocio y un mecanismo de control.
No es que vamos a impedirnos disfrutar de algunos shorts, reels o frutinovelas. Se trata de que recuperemos nuestro derecho a aburrirnos; al ocio, que es tan importante para pensar, para crear, reflexionar sobre un tema, una experiencia vivida o terminar un libro que no nos da una respuesta.
La atención profunda, en tiempos de algoritmos, es un acto de resistencia.

POR SARAH ESPINOZA MÁRQUEZ • @sarah.spnz
ILUSTRACIÓN ASTRID ARNAUDE • @loloentinta
