12/02/26.
Superioridad, agresividad y desprecio,
tres componentes de un sistema humano
que comporta muchos otros
pero sobre todo uno: pesimismo.
Julio Cortázar
Contaminación ambiental ¡Gran güevoná! Contaminación esa masa de malvivientes que pululan por las calles exhibiendo su inútil existencia, su miseria y suciedad. ¡Ay, qué asco! ¡Qué asco! Encima, esa porquería casi me toca con sus manos infectas y mugrientas. "Vaya doctorcito, regálame algo pa' comé", y me enseña una boca negra en la que solo quedan dos despojos de dientes, sin contar con ese olor nauseabundo que repugna hasta el vómito.
¡Me provocó enterrarle la moneda en la frente! Ya no solo es en las calles y en los semáforos; saliendo del trabajo, en el súper, frente a un buen restaurante, en los centros comerciales y hasta rodean las urbanizaciones de la gente decente. Están en todos lados y siguen reproduciéndose como plaga, no hay manera de evitarlos. A mí que no me vengan con "derechos humanos". Qué derechos puede tener una gente en tal estado de descomposición, ya nada bueno pueden aportar. A nadie le harán falta, con sus miradas asnales, sus barrigotas, sus bocas abiertas, su ignorancia, su hedor, su flojera, su vocación para el desorden, el escándalo y la suciedad. Sin contar con ese color tierra, color mugre, ¡color mierda! –¡Perdóname, Señor! Mira lo que me hacen proferir tus ovejas condenadas. ¡Solo espero no verle la cara a la criaturita rastrera esa!– El peor del par de mugrositos que tiene por hijos la conserje. ¡Es que hasta en un buen vecindario hay que convivir con esa gentuza! ¡Qué va, por eso es que este país atrasado no va a mejorar nunca! ¡Tiene que haber algún lugar en este mundo en el que no haya que verle la cara, insulsa y desdentada, a esa gente! Y ahora... ¿dónde están las llaves? ¡Ay, Señor, lo que me faltaba! ¡Dios mío! ¡Será posible que no pueda entrar a mi casa, el único lugar seguro y limpio donde puedo estar en sana paz!
Apenas abrí y prendí la luz, lo primero que vi fue a mi inquilina nocturna, algo desorientada, huyendo rauda y veloz de la luz o de algún posible chancletazo. Yo, que hacía mucho no veía una en mi casa y, por lo tanto, jamás cultivé el impulso de verla aplastada entre mis suelas y el piso, ese día, no corrí como es natural a buscar el Shelltox, y me envalentoné a asestarle un zapatazo acabando así con una relación que francamente no podía ser. Pues por mucho asco que me produzca su imagen aplastada, aunque parezca imposible, hay un espectáculo aún más repugnante; y es sentir esa presencia rastrera e invasiva, reproduciéndose en las sombras. El impulso le ganó a la repugnancia, o finalmente fue esta quien se impuso, no sé. En pocas palabras, maté a la intrusa.
Yo, que antes de matar a un engendro de esos podría morir del asco con solo verla unos segundos, me quedé observando fijamente los trozos de cáscara con cremita, apachurrados, adheridos al piso. Entonces, supe que algo estaba cambiando dentro de mí. Una suerte de fijación morbosa y fría me anegaba. Es que, cuando la vida empieza a espetarle a uno en la cara la cachetada de la fatalidad-horror-muerte, ya sea individual o en masa –y no subestimen el asesinato de una cucaracha– estas son experiencias que trazan y definen el destino de uno, sobre todo si se es una persona a la que solo le falta un empujoncito para perder el juicio.
Es cierto que el acto de matar una cucaracha, como tal, no fue para mí la visión del Apocalipsis, la revelación, la locura. Pero sí fue el comienzo de lo que sería mi obsesión y mi perdición; la caza de cucarachas. Esa noche estuve despierto hasta tarde, a ver si salía alguna, y nada. Me quedé dormido mientras esperaba.
En la mañana, cuando desperté para ir a trabajar, mientras me cepillaba los dientes... ¡Ahí estaba ella! ¡Craso error amiguita! Cerré cuidadosamente, sin perderla de vista, la puerta del baño... Ahora solo somos tú y yo, y empezó una cacería sin tregua. Después de tres intentos con los que perfeccioné la técnica, siguió un solo y certero golpe que acabó instantáneamente con la intrusa. Fue así como toda mi vida se detuvo, excepto la única prioridad que me impulsaba. ¡Listo! Decidí no ir a trabajar y quedarme en casa haciendo una limpieza intensiva.
Ahí empezó lo que llamé El Exterminio. El plan táctico-estratégico constaba tan solo de dos fases; la primera consistía en hacer que el enemigo abandonara en masa cada uno de sus escondrijos y salieran al campo de batalla. Para ello, me valí de las clásicas tácticas para inducir el pánico colectivo; el fuego, el humo, los gases tóxicos, el agua hirviendo, entre otras. Por supuesto, no podía faltar lo más importante; la ubicación, exposición y desmantelamiento de todas las posibles guaridas del enemigo. El veneno no me interesaba puesto que ya me había seducido el placer de hacerlo con las propias manos. En este punto se activaba la segunda fase: la lucha cuerpo a cuerpo. Como ya no tenía que preocuparme por el miedo, el asco, y todo escrúpulo que pudiera descontrolar la firmeza y precisión de mis movimientos, lo demás ya estaba previsto. Puesto que la única ventaja del enemigo era la superioridad numérica, yo llevaba todas las de ganar con el tamaño, la fuerza, la inteligencia, los objetos contundentes, pero sobre todo la técnica asesina y la intención de exterminarlas a todas. Quién iba a pensar que habría tantas criaturas despreciables habitando ilícitamente cada cavidad, cada oscuro recoveco de mi hogar. Después de la dura faena, me dediqué a organizar los cadáveres; ahora Mis Trofeos. Contaba en total con (solo son cifras parciales, puesto que corresponden únicamente a la jornada diaria) veintiocho ejemplares aplastaditos; entre negras, marroncitas, conchúas, aladas, las gordas, las chatas, las que son como de carey, la albinas, un par de asquerosas madres en pleno desove, una indescriptible mutación y algunas chiripitas comunes.
En ese sano entretenimiento se pasaron las horas, los días y la semana. Ya era viernes. Estaba concentrado rompiendo los huevos pegados en hileras en una esquina del rodapié, en la cocina. De pronto suena el timbre de forma insistente y escandalosa. Abrí la puerta, y era el negrito de abajo, que al verme, salió corriendo el muchacho gafo, nervioso y rastrero. Después de recordar a la venerable madre del “insectito”, tranqué la puerta con seguro.
Todo el día y parte de la noche los pasé esperando en vano, pues al parecer ya había acabado con la última. Fue entonces cuando reaccioné, eso creía yo, y me di cuenta de que llevaba una semana encerrado en la casa. Decidí salir a dar un paseo y tomar un poco de aire. Si no hubiera sido por este malentendido. De repente, sentí que algo me paralizó, pero mi diestra, ajena a mí, asestó el zarpazo; brutal, implacable y preciso, como movida por un mandato superior. Estaba oscuro, oí ruidos mientras bajaba las escaleras, reconocí ese sonido característico e inconfundible. –¡Deben comprender! ¡Fue una confusión! Cómo iba a imaginar que la “criaturita esa” subiría corriendo, con tanta imprudencia las escaleras, a esas horas de la noche. ¡Oficiales, entiendan! El pánico, la oscuridad de la noche, los nervios ¡por favor! Mírenlo. ¿Quién no se confundiría?
Andrea Victoria Serna Espinal (Caracas, 1981)
Licenciada en Letras por la Universidad Central de Venezuela, docente e investigadora en la línea de imaginarios urbanos, actualmente continúa su investigación inédita La ciudad conversa: Reconstrucción del imaginario caraqueño a través de su literatura. Bailaora de flamenco y danza oriental, creadora del concepto Danza Terapéutica del Vientre como herramienta de autoconocimiento y autocuidados de la mujer. Se desempeña como analista editorial en la Fundación Centro Internacional Miranda, a la par que coordina la presente sección Cuentos para leer en casa de la revista Épale CCS.
ILUSTRACIÓN: CLEMENTINA CORTÉS