30/07/26.
En un viejo recinto religioso que en aquel entonces se usaba para retiros, cursos, talleres y demás actividades académico-espirituales, vivía un gato canelo crema, fornido, de amplio cráneo y pelaje esponjoso. Nadie sabía decir cómo o cuándo aquel hermoso animal había adoptado el lugar como su hogar. Tampoco se sabía qué le había causado esa herida que le imprimía un andar ligeramente chiclán. Lo cierto es que aquel gato veía ir y venir grupos humanos que ocasionalmente ocupaban su hogar. El gato escogió un rincón encuevado y se esforzaba por no ser visto ni tocado.
Un día, en su espiar contemplativo de una de las clases, vio, desde la ventana superior de aquel salón, al hombre que hablaba y se movía por el espacio con una pequeña cojera en su pierna izquierda. Casi lo descubren pues se quedó embelesado viendo cómo aquel hombre parecía tocar una música insólita con su caminar cojeante. El gato miró su propia pata y volvió a ver hacia el salón y ahora se percató de que el hombre reía, y que todo el salón reía con él, mientras el hombre seguía haciendo algo más parecido a un tipo de danza que a caminar.
Al día siguiente, volvió al salón de clases muy sigilosamente, pero el hombre chiclán no estaba hablando, sino sentado a un lado, ahora eran las personas del grupo que pasaban y hablaban. Cuando el gato casi pierde interés, vio que una chica joven, cuando caminó hacia el centro para hablar, lo hizo cojeando. El gato volvió a mirar su pata: “Hay más de uno como yo”, pensó.
Era noche de luna llena y todo el pasillo se teñía de plata por la luz que entraba del ventanal. Esas noches, al gato le gustaba pasear y jugar con las luciérnagas, solo que esta vez, al salir de su cueva, se dio cuenta de que en la mecedora que estaba frente al ventanal estaba sentado el hombre chiclán.
Al ver su rostro bañado en luz, su pelaje se esponjó, sintió su dolor. Más como un león que como un gato, emprendió su caminar directo hacia la mecedora y le hizo saber al hombre que estaba a sus pies, acariciándose con su pierna y ronroneando con un eco que creó una onda expansiva envolviéndolos a ambos. El hombre acarició al gato que seguía ronroneando. Al cabo de un rato, entre caricias y ronroneos, aquel hombre le dijo: “Gracias Quirón, me has ayudado con mi dolor”. Ambos se levantaron y juntos iniciaron su andar cojeantemente rítmico. Desde entonces, el gato Quirón se pasea por aquel recinto a sus anchas, sanando con su ronroneo el dolor humano.
Anomal (1975)
No, no es un therian, pero sí se está interpelando acerca de qué se entiende por humano y no humano. Escritora, no solo de cuentos; habladora, no solo de paja; investigadora social y facilitadora de procesos formativos con más de una década de experiencia. Pregrado en Sociología por la Universidad Central de Venezuela (UCV), maestría en Estudios de la Mujer, también por la UCV, y especialización en Políticas Públicas y Justicia de Género, por Flacso-Clacso. Obrera de las Ciencias Sociales, ha coordinado, editado y corregido publicaciones académicas, publicado diferentes artículos en revistas indexadas y medios varios, militado dentro de los feminismos venezolanos y nuestroamericanos, organizaciones de la disidencia sexual y, actualmente, se pregunta por la opresión capacitista.
ILUSTRACIÓN: CLEMENTINA CORTÉS