29/01/26. Existe un momento del día en que nuestras ciudades y pueblos parecen sintonizar una frecuencia común. Entre las once y media de la mañana y la una de la tarde, la energía se transforma. Ocurre un fenómeno invisible que atraviesa paredes de bloque y ventanales de vidrio: el aroma del condumio comienza a conquistar el aire y el país entero empieza a bailar bajo la misma melodía. Es un rito identitario que nos une, un compás que todos reconocemos sin necesidad de palabras.
...un plato de comida caliente ha sido siempre el puente más corto entre dos seres humanos, un gesto de entrega que no pide nada a cambio... volver al calor de estos aromas es recuperar la raíz.
Para muchos, este no es sólo un lapso de tiempo; es un viaje de vuelta. Es el instante en que el aroma del sofrito —esa mezcla de cebolla, ají dulce y ajo— nos devuelve al centro de nosotros mismos, recordándonos quiénes somos a través del olfato.
El refugio en las manos de la abuela
Aunque los nombres cambien, la imagen de la abuela capitaneando los fogones permanece como un faro de quietud. Ella es quien mide el agua del arroz por puro instinto y quien, con la paciencia de los años, vigila que los granos alcancen el punto exacto de ternura. En sus manos, la cocina es el lugar donde se gesta la continuidad de la familia; un espacio de paz absoluta frente al ruido del mundo.
Incluso cuando no se ve, la imaginación reconstruye esa escena con la precisión de un recuerdo vivo. A veces me detengo en seco frente a un portal o bajo una ventana desconocida y cierro los ojos. En ese silencio, me siento una comensal más de esa anciana que no conozco, pero que me alimenta a través del aire. Es un punto de conexión tan profundo que el tiempo se detiene y la experiencia se hace palpable en el vapor que escapa de una olla.
El ritual de la mesa abierta
En el interior del país este baile de mediodía siempre ha tenido un compás de generosidad. Aunque ya es menos frecuente, las horas de la mesa abierta, traían consigo una ritualidad de la comida alcanzaba para el vecino, para el visitante inesperado o para el forastero. Es que un plato de comida caliente ha sido siempre el puente más corto entre dos seres humanos, un gesto de entrega que no pide nada a cambio. Es la conexión con ese legado donde la cocina muestra su lenguaje predilecto para decir "estás a salvo" y "aquí hay un lugar para ti".
Hoy, volver al calor de estos aromas es recuperar la raíz. Es recibir el plato humeante y saber que, mientras persistan, siempre tendremos un refugio al cual pertenecer.

POR KEYLA RAMÍREZ • @envejecer_siendo
ILUSTRACIÓN ASTRID ARNAUDE • @loloentinta