29/01/26. El cine no es sólo un espectáculo de sombras y luces; es, en su esencia más pura, el espejo donde un pueblo se reconoce, se cuestiona y se preserva. Al cumplirse 129 años de aquellas primeras proyecciones en el teatro Baralt de Maracaibo, la cinematografía venezolana se encuentra en una encrucijada histórica: celebrando un pasado envuelto en mitos necesarios y proyectando un futuro que busca blindar nuestra soberanía cultural.
...defender nuestro cine es defender el derecho a existir en la pantalla global con voz propia. Sostener la memoria de un país que, a pesar de las cicatrices, sigue encontrando en la luz del proyector un motivo para el orgullo de la venezolanidad.
La narrativa tradicional nos sitúa en aquel 28 de enero de 1897, cuando los cortometrajes Un célebre especialista sacando muelas en el gran Hotel Europa y Muchachas bañándose en la laguna de Maracaibo asombraron a la sociedad zuliana. Atribuidas históricamente a Manuel Trujillo Durán, estas obras representan el acta de nacimiento de nuestra imagen en movimiento.
Sin embargo, el ejercicio periodístico y la investigación histórica exigen sobriedad. Voces autorizadas como la de Vladimir Sosa Sarabia han puesto sobre la mesa una duda razonable: las investigaciones sugieren que Trujillo Durán, aunque fotógrafo de oficio, no se encontraba en el país para esa fecha, ni existen registros de equipos cinematográficos en sus talleres de la época. A esto se suma el hecho de que de aquellas películas no quedan copias físicas; son fantasmas que habitan nuestra memoria colectiva.
No obstante, como bien señala Sosa Sarabia, la fecha es ya un pilar inamovible de nuestra identidad. Reivindicar a Trujillo Durán no es un acto de ceguera histórica, sino un reconocimiento a su papel como el primer gran divulgador del cine en Venezuela. Al mismo tiempo, es imperativo hacer justicia a Luis Manuel Méndez, el empresario que, con visión de futuro, adquirió el primer Vitascope en Nueva York directamente de las manos del equipo de Thomas Alva Edison, trayendo consigo el germen de una industria que hoy sigue luchando por su lugar en el mundo.
El cine venezolano ha sabido navegar tempestades. Desde la consolidación del cine sonoro en los años treinta —con hitos como La Venus de Nácar (1932)— hasta la "Época de Oro" de los años setenta, donde directores como Román Chalbaud y Clemente de la Cerda capturaron la crudeza social con una honestidad desgarradora, nuestra pantalla ha sido una herramienta de denuncia.
Hoy, en 2026, el contexto no es menos desafiante. En medio de un asfixiante bloqueo y agresiones constantes, resulta casi milagroso —pero sobre todo, un testimonio de tenacidad— que el cine nacional haya alcanzado cuarenta premios internacionales durante el año pasado. Obras como la película sobre el Cantor del Pueblo, Alí Primera, no sólo han recorrido cientos de festivales, sino que han servido de bálsamo para una nación que se niega a que le cuenten su historia desde afuera.
La celebración de este aniversario ha servido de plataforma para que el ministro de Cultura, Ernesto Villegas, anuncie el Plan de Cinematografía Nacional 2026-2031. La propuesta es clara: fomentar una industria robusta, generadora de empleo, pero que, por encima de todo, no se arrodille ante modelos foráneos.
Uno de los puntos más luminosos de este plan es la creación de una línea de producción infantil que honra el legado de dos gigantes: Donald Myerston y Viveca Baiz Myerston, fallecido el 23 de enero pasado y condecorado con la Orden Francisco de Miranda post-mortem, dedicó su vida a entender que la identidad de un país comienza en la mirada de sus niños. Apostar por el cine infantil es apostar por la memoria del futuro.
En días en que la violencia real se abre paso después de tanto insistir en su avanzada simbólica, donde Venezuela ha sido colocada en el protagonismo de series y películas como La villana del relato orquestado desde la maquinaria cognitiva, defender nuestro cine es defender el derecho a existir en la pantalla global con voz propia. Sostener la memoria de un país que, a pesar de las cicatrices, sigue encontrando en la luz del proyector un motivo para el orgullo de la venezolanidad.

POR MARLON ZAMBRANO • @zar_lon
ILUSTRACIÓN ASTRID ARNAUDE • @loloentinta