10/02/26.
Al principio, la yuca
El café (un negro corto, diría el cronista), en la mano izquierda y el volante de la bici, en la derecha. Si cruzo a la izquierda, voy a Gradillas. Al contrario, a San Jacinto. Sin traicionar a nadie, dudo. Mientras se duda, se escucha. El señor, como de setenta años, detiene su andar frente a la vidriera. Hay, entre Gradillas y San Jacinto, siete zapaterías y media docena de cafeterías, o al revés; se consigue desde un helado de merey hecho con leche de oveja hasta un churro relleno con arequipe y chocolate. Cuando hay alguna promoción de zapatos, se hace una cola tan larga como cuando se repartía el diario Ciudad CCS.
Trabajo ahora con yuca. Busco la yuca con mi socio, un tipo que canta la canción Only you... En medio del tema de la yuca, organiza recitales de poesía. Toca un ukelele, escribe discursos, anda en bicicleta.
El señor está acompañado por un joven con sombrero de esos anchos, tipo campesino. “¿Te imaginas los pies de ella, metidos allí?”, le pregunta al joven; este asiente en silencio. Siguen caminando. Miro rápido la vidriera y diez mil sandalias aparecen. Imagino los pies de ella. No pude evitarlo: los seguí hasta Gradillas, frontera sur. Ahí está, nada más y nada menos, que un palacio. Tan palacio es, que tiene una tremenda mata de mango en su interior.
El joven le dice al viejo: “¿Y si compramos tres mil pollos?”.
Vuelvo a dudar.
Al fin, le pregunto: “Maestro, ¿de dónde son ustedes?”.
Me mira fijo.
“De Guatire”.
Y me monté en la bicicleta. Eso es ahí mismito; me acordé de Marlon Zambrano y su arroz con mambo. Tres mil pollos. Hay que ver eso. Una vez “beneficié” a varios, casi a seis; uno de ellos, sin cabeza, se salió del matadero artesanal y se cayó al monte. Con la cabeza del pollo en la mano izquierda, el cuchillo lleno de rojo en la derecha, perseguí a ese pollo sin cabeza hasta que lo agarré con la derecha. Ya va. Lo perseguí sin cuchillo, porque si no, etcétera. Al fin se quedó muerto y lo metí en el agua hirviendo y lo desplumé, lo cual es un trabajón. Fin de la cita.
Luego, la leche
Hay unos poetas que tienen un pequeño aprisco, que aparte de pastorear a sus cabras, las ordeñan. Por lo tanto, tal leche es de él o de aquel. La leche que viene del otro aprisco, aunque la ordeñe otro, es mía. Ordeñar es una tarea seria. Entonces, entre la leche de él o de aquel, todas de chiva, porque los chivos, como es sabido, no dan leche: mean, entonces, repito, entre esas leches, la yuca, la ralladera, la peladera, mi leche para hacer queso y todos los demás vocablos, pasemos rápido, por favor, el tema de los chinazos. Al final, es un solo chinazo.
Una pequeñísima digresión: Pablo García Sanoja, papá de Sol, le puso el nombre a la librería que se viene: El chivo que más lea.
Trabajo ahora con yuca. Busco la yuca con mi socio, un tipo que canta la canción Only you, de The Platters, que significa “los discos”, esos de acetato que ahora compran los coleccionistas. Esa canción sonó mucho en las radios, a finales de los cincuenta del siglo pasado. Tres mil pollos.
“Only yuk”, se escucha clarito, “can make all this change in me”, y el socio sigue cantando mientras ralla la yuca.
Yo también rallé, pero él ralló más que yo, es la verdad. Tiene más experiencia y menos edad. Es un tipo que cuando estudiaba en la universidad, le decían “pan”. Imaginen eso.
En medio del tema de la yuca, organiza recitales de poesía. Toca un ukelele, escribe discursos, anda en bicicleta.
En la casa del socio, un personaje que, dicho sea de paso, voy a usar para transcribir, entrecomillar, sustentar y narrar todo este asunto de trabajar con yuca para hacer unas tortillas, hay un tocadiscos, una perra, dos hijas, una esposa; una ventanita azul en el baño, muchos libros, una barra de hacer ejercicios, un balcón desde donde se ve la bandera de Palestina allá lejos en la montaña, porque esa casa queda en otra colina caraqueña que, por supuesto, no es Plan de Manzano. Vaya nombre. O El Llanito. Pero ahí no se puede sembrar yuca. Estamos buscando dónde. Por ahora, la compramos en bicicleta en Quinta Crespo.
Después de buscar la yuca, lavarla, pelarla, cocinarla (en el agua que quedó hice caraotas: coherencia), rallarla, hacer las bolitas, luego aplastarlas, tostarlas ligeramente, empaquetarlas y congelarlas (ocho tortillas de aproximadamente 60 gramos cada una, casi medio kilo de yuca), la idea es venderlas.
Ya el socio vendió las tres que hicimos y tiene lista de espera.
La otra leche
Yendo a buscar la yuca, en Quinta Crespo, semáforo en rojo, avenida Baralt, en bicicleta, entre dos motos, pie en el pedal izquierdo, listo para arrancar, cuatro segundos para que cambie a verde, los motorizados aceleran, la parada está cerca, un colector grita, todo el mundo toca corneta, tres, dos.
No importa: llegan los que llegan a detener el tránsito porque tal o cual tiene que pasar primero. Como todo el mundo sabe, se llaman escoltas.
Uno de los motorizados les grita, pero no en su cara: “Se lo pasaron por la cara y andan en esa güevoná”.
Esa sensación, o esa imagen, esa metáfora, esa expresión. ¿Qué nos pasaron por la cara?
Sentipensando, como dicen ahora.
Llego a las afueras del mercado municipal de Quinta Crespo.
Un carretillero me tira la carretilla, porque andar en bici en Caracas, a veces, es hostil. Bueno, todos los días, pero hay zonas de paz.
El empaque tiene, en letras rojas, un aviso que se lee bien. Tan bien, que leo claramente, en ese empaque, que está prohibida la venta al público.
Veo al público, y me miro. Y miro al público comprando la leche porque claro, está más barata.
Miro la marca de la leche en polvo: Los Andes.
Coño. Esa es la leche que no viene en la bolsa de Clap que me entregan en mi trabajo, que es como de sexta categoría si la comparo con la que reparten en las adyacencias (lenguaje periodístico) del inconcluso hotel Alba Caracas, que genera un movimiento económico parecido a cualquier aeropuerto internacional, con taxis y carretilleros y que tiene, ese Clap, como seis paquetes de la harina de Lorenzo Mendoza, conflei, leche en polvo y tanta vaina empaquetada ordenadamente, que cuando veo el que me dan, siento, en el cuerpo, donde se siente, claro, una vaina que es parecida a, pero ni por el coño, a lo que sintieron los que escucharon el bombardeo, porque no lo sentí.
También puede ser envidia de otros Clap, como dice Nicolasito. El papagayero, no el hijo del presidente secuestrado con su jeva, porque no están presos: están secuestrados.
Nos, porque fue a todos, nos los secuestraron en la cara.
Y yo “sentipensando”: Cuando obtengo la respuesta a la pregunta de qué podemos hacer para cambiar ese Clap de sexta categoría, vuelvo a ver a los escoltas trancando el paso para que pase primero esa persona más importante. Pensando aquí como los locos, escribiendo en una redacción vacía de periodistas, fotógrafas, redactoras, diseñadores, infógrafos y, lugarcomunismo mediante, pare usted de contar. Y de sentipensar.
Se me ocurrió echarle limón mandarino a la leche de cabra, la mía, y el queso no salió como esperaba. Culpa mía; me quedó una mezcla ahí toda rara que licué con pan, un pan gallego que venden en La Candelaria y con el suero verdecito que queda hice masa, con harina blanca y amarilla de la que viene en este Clap; luego, hice una arepa, una rueda de camión tipo 350, que por cierto, también hacemos fletes y recogemos cachivaches y chatarra y libros. Presupuestos sin compromiso, llame ya.
Fin del espacio publicitario, insertado en el texto de forma tal que nadie se dé cuenta. Volviendo a la arepa que hice con tanto esfuerzo, le tomo una foto con el celular porque, la verdad, o una verdad, es que cualquiera cae en esa vaina. Se la envío a ella porque bueno, la comunicación y la reflexión y la tercera edad y con los años uno va aprendiendo y viene ella y me pregunta si eso es una panqueca. Claramente era una arepa. Lo hizo, estoy seguro, para echársela.
Espero que haga empanada.
Y la leche que no se puede vender, porque está prohibida su venta, cuesta dos dólares, ahí, en la cara de todos. Y de todas.
POR GUSTAVO MÉRIDA • @gusmerida1
FOTOGRAFÍA NATHAN RAMÍREZ • @nathanfoto_art / ARCHIVO