12/02/26. En la cinematografía latinoamericana, pocas figuras encarnan de forma tan cruda el peso de la tradición como Mamá Elena en Como agua para chocolate. Durante años, la lectura colectiva la situó en el rincón de la villanía: la madre que, por un mandato ancestral, prohíbe el amor y la autonomía de su hija menor, Tita, para asegurar su propio cuidado en la vejez. Sin embargo, al observar esta dinámica con los lentes del presente, la tiranía de Elena se revela como algo mucho más complejo: el síntoma de un sistema de cuidados fracturado.
Envejecer hoy debería ser el proceso de soltar el control, entender que necesitamos límites sanos, crear redes de apoyo externas y planificar la dependencia para hablar sobre cómo queremos ser cuidados...
La vejez como trinchera
Para Mamá Elena, la prohibición de que su hija se case no es un simple capricho de crueldad; es su estrategia de supervivencia. En un contexto donde la vulnerabilidad se vive como una amenaza, ella utiliza la tradición como un contrato forzado. Elena no es sólo la opresora, es también el resultado de un modelo que no ofrece alternativas para la dependencia.
Bajo su armadura de hierro late el pavor al abandono. Su rigidez es el mecanismo de defensa de quien entiende que, en su mundo, si no se posee el control total, se está a merced del caos. Obligar a Tita a quedarse es, en el fondo, un grito desesperado por garantizarse una presencia que la sociedad no le asegura por otros medios.
El cuidado como deuda externa
Si analizamos la posición de Tita desde la sociología del cuidado contemporánea, encontramos la personificación de la "economía invisible". Tita no sólo cocina; ella sostiene la estructura física y emocional de un hogar a costa de su propia identidad.
Lo que la película presenta como un conflicto romántico es, en realidad, una denuncia a la carga desproporcionada de los cuidados que históricamente ha recaído sobre las mujeres. La figura de la "hija cuidadora" sigue vigente hoy como una expectativa social que asume el sacrificio personal como una extensión natural del afecto. Pero el cuidado que se exige como una deuda rara vez florece en gratitud; suele marchitarse en resentimiento.
El error de la suma cero
La tragedia de Mamá Elena es su incapacidad para concebir la reciprocidad. Para ella, el bienestar es binario: o ella domina, o ella sufre. En esta estructura, el autocuidado es un concepto inexistente, tanto para la madre como para la hija. La madre se anula en su amargura y la hija en su servicio.
Hoy, la reflexión que nos deja el personaje es la urgencia de transitar del cuidado como abnegación al cuidado como derecho compartido. Es el recordatorio de que un vínculo basado en la obligación y no en la autonomía, termina por quebrar a ambas partes.
Envejecer hoy debería ser el proceso de soltar el control, entender que necesitamos límites sanos, crear redes de apoyo externas y planificar la dependencia para hablar sobre cómo queremos ser cuidados y cómo autocuidarnos en la vejez.

POR KEYLA RAMÍREZ • @envejecer_siendo
ILUSTRACIÓN ASTRID ARNAUDE • @loloentinta