12/03/26. A las faldas del Waraira, una tarde de febrero, conocimos a Isamar Delgado y con ella todo su camino. Es una caraqueña de 39 años que, por allá en el 2011, vivía en Maracay y en su cotidianidad asumía un montón de responsabilidades, una de ellas: criar a una niña pequeña. Llegó a pesar 85 kg por desorden alimenticio y estrés.
Me tocó aprender a moverme de nuevo, habitar un cuerpo que realmente no conocía, me resetearon todo... Hoy enseño yoga desde un cuerpo que ha sido transformado por la vida.
Llegar a ese peso la llevó a replantearse la alimentación y entró a experimentar con el movimiento de la Gran Fraternidad Universal, quienes trabajan por el bienestar individual y colectivo de la humanidad; le enseñaron a comer lo que su cuerpo necesita, además de masticar bien los alimentos para poder digerir mejor: ahí fue donde se enamoró de toda esa práctica.
Más tarde hizo su primer viaje a la India y tuvo la oportunidad de estar en Rishikesh (la capital del yoga), donde se internó por tres meses en un ashram (monasterio aislado), y ahí aprendió muchas técnicas de meditación, relajación, asanas, etcétera, “fue un proceso de mucho crecimiento”. Luego vuelve a Venezuela a dar talleres de lo aprendido y después se va expandiendo por México, Paraguay, Argentina, Chile, Barcelona.
Isamar era una mariposita en movimiento constante, hacía senderismo, clases de yoga, meditación e iba a cualquier lugar donde la llamaran a intercambiar conocimientos, pero el 13 de abril de 2025 tuvo un accidente bajando de la montaña, donde perdió parte de su pierna derecha. Hoy necesita de nuestro apoyo para seguir siendo la Isamar libre que construyó durante muchos años.
Nos recibió en su casa, cerquita de la montaña, con un juguito de patilla y pepino, sentada en una especie de bici que utiliza para movilizarse en trayectos cortos. Aquí va el cuento.
¿Qué pasó esa noche del 13 de abril?
Todos los días subía al Waraira a ejercitarme, a meditar y hacer yoga. Esa noche me adentré en la cascada de Chacaíto, aprovechando que era plenilunio, me llevé mis cristales y toda la cosa, y vi que se me hizo muy tarde. Se me ocurrió llamar a un Yummyrides y voy rastreándolo porque venía como perdido. Mientras andábamos, resulta que se para justo después de pasar el Mirador de la Cota Mil, (una parada no anunciada) apaga la moto en la entrada de un camino oscuro y cuando hace para bajarse le digo: “pero no te…” no terminé la frase cuando viene un carro que nos roza e impacta contra el muro del Mirador, ese roce le llevó la pierna entera al motorizado y caemos al piso, yo le gritaba al chofer del carro que colocara las luces intermitentes para evitar que otro carro nos atropellara, y veo que se baja balbuceando, todo borracho. Empiezo a respirar, solté absolutamente todo y dije “nada, aquí estoy, con Dios” y me rendí. Hay una postura del yoga que es la que se hace al final de la práctica y se llama Savasana, es la que hace que tu recibas todos los beneficios después de una hora y media de estar dándole duro y sudando, entonces me puse en esa postura y me quedé inmóvil para no agravar cualquier lesión, afortunadamente teníamos buenos cascos, pero yo sentía la onda gravitacional del choque, me sentía como suspendida, no me sentía tirada en el piso.
Yo lo único que hacía era inhalar en 24, retener en 10 y exhalar en 26, esa respiración te lo juro que me acompañó durante más de una hora y yo lo que hacía era recordar que, si llevo más de quince años enseñando yoga, podía aplicar esas herramientas, como lo son la meditación, concentración en la respiración, y el Savasana, aparte sentía una energía muy fuerte que me sostenía, yo estaba cargada y estoy segura que era Dios, con mucha calma, aceptación y mucha rendición.
¿Qué le pasó a tu pierna?
Me llevaron al Domingo Luciani y cuando llegó la doctora me mira la pierna y dice: “impacto de alta energía, politraumatismo, miembro severamente lesionado, 8 en la escala de MESS”, cuando escuché eso no entendí nada, pero igual 8 es muy cerca de 10, es decir, era grave y empecé de nuevo mi conteo de respiración. Se tardaron mucho para meterme a quirófano, eso fue como a las dos de la mañana y me querían hacer firmar algo porque me decían que iban a tratar de reconstruir el miembro y si no era posible, tenían que amputar.
Me meten al quirófano y siempre tuve mucha sed, no me dejaban beber agua, porque todo es contraproducente, y cuando despierto de la anestesia le digo a la enfermera que me dé agua, y me dice que no puede porque acababa de despertar, pero que me podía dar para enjuagarme la boca, resulta que cuando fui a escupir, que inclino el dorso, no tengo la pierna.
La sensación fue muy rara, es como que te sacan el alma, no tienes nada, quedas en el vacío, fue muy raro, es una emoción que no puedo describir, es como la nada, habitar un vacío absoluto. Le pregunto a la doctora y fue muy amorosa y me dijo que cuando yo llegué ya estaba muy destrozada mi pierna, no quedaba nada de la tibia, el pie sólo estaba guindando de los tejidos de atrás y el peroné ya ni existía. Ahí empecé a tocarme la otra pierna y todo lo que sí tenía y me entró un llanto por sentirme viva, era raro cómo poder estar viva faltándome una pierna, como los tuqueques que siguen con vida sin cola.
¿Qué aprendizajes ha traído toda esa experiencia en tu vida?
Me pasaron cosas maravillosas en medio de todo. Resulta en una de esas, una chica me llevaba a la habitación en el piso 4 del Domingo Luciani, una habitación preciosa con vista al Waraira, resulta que esta chica es amiga de mi hija y había escuchado de ella, pero no la conocía, es anestesióloga y me inyectó porque tenía mucho dolor. Yo sentía que todo estaba perfectamente acomodado para que dentro del caos todo fuera lo mejor. Cuando llego a la habitación estaban todas mis amigas del yoga, todas me abrazaron, había flores, yapamalas, pulseras. En ese momento sentía que estaba renaciendo, como cuando nace un bebé que todos se juntan para recibirlo.
El amor de la gente ha sido sorprendente, cuando abrí las redes sociales era increíble porque había mucha gente movilizada por mí, flyers en alemán, en inglés, en italiano, se estaba creando un movimiento muy grande en el mundo y mi hermana me dice “Isamar, mira lo que cosechaste”, había gente haciendo Reiki a distancia, orando, poniendo la energía, acupuntura, prestando su cuerpo para que la energía que yo sintiera no fuera de dolor, para que me sintiera completa y fue esa energía gravitacional que me sostenía. Es una red de apoyo, de amor, tan bella que nunca sentí que estaba sola. Me tocó aprender a moverme de nuevo, habitar un cuerpo que realmente no conocía, me resetearon todo.
Ahora ¿en qué andas?, ¿qué necesitas para volver a ser la profe Isamar?
Hoy enseño yoga desde un cuerpo que ha sido transformado por la vida. Un cuerpo que ha perdido una parte, pero ha ganado una profunda comprensión de lo que realmente significa habitarse; ya no camino con la pierna, pero camino con el alma y con el corazón y eso es muy grande.
Estoy en proceso de rehabilitación, es lo mejor que me pudo haber pasado luego del accidente porque fue el momento de empezar a moverme, de empezar hacer ejercicios.

Para poder seguir dando mis clases de yoga necesito una prótesis de alta movilidad y he estado averiguando y hay muchos tipos de pie, el que yo requiero es un pie de movilidad 4, hace la flexión dorsal, flexión plantar y a los laterales, muy semejante a los movimientos regulares de un pie sano. Esta prótesis cada vez está más costosa pero no descansaré hasta con seguirla.
En la biografía de su Instagram @is.amar.yoga hay un enlace del GoFundMe, y puedes donar desde 5$ hasta lo que puedas o quieras, también te dejamos unos artes donde aparecen sus datos de pago móvil y Zelle. Son varias las vías para sumar con granos de arena en la campaña, con el fin de que Isamar pueda retomar su independencia y libertad al movilizarse, además poder seguir dando sus clases de yoga.

POR NIEDLINGER BRICEÑO PERDOMO • @linger_356
FOTOGRAFÍA NATHAN RAMÍREZ • @nathanfoto_art