26/03/26. “Hace aproximadamente dos años, tomé una de las decisiones más importantes para mi salud reproductiva y mi plan de vida: la ligadura de trompas. Tuve la fortuna de ser seleccionada en una jornada organizada por PLAFAM, un proceso que recibí con mucha gratitud y seguridad”. Así comienza el testimonio de Astrid Arnaude.
La soberanía sobre nuestro cuerpo continúa atada a los prejuicios y la cultura machista... someterse a un procedimiento quirúrgico para no tener hijos ni hijas es la materialización de un proyecto de vida...
Como ella, muchas mujeres eligen no tener más hijos ni hijas; otras, simplemente, renuncian a la maternidad. Sin embargo, en el complejo mapa de la salud reproductiva de nuestro país, esta decisión ha sido un acto de resistencia desde hace décadas.
Muchas venezolanas han enfrentado un muro institucional y cultural cuando intentan acceder a métodos permanentes como la ligadura de trompas. Se les impide optar a esta cirugía porque no cumplen con los “requisitos”: edad, que de acuerdo con testimonios debe ser de 28; el número mínimo de descendencias, usualmente, tres; en casos más extremos, contar con la "autorización" de la pareja, entre otros.
En las redes sociales leí un caso extremo que me llevó a escribir este artículo. La afectada contó que en una jornada de esterilización realizada en un hospital público, manifestó su deseo de ser intervenida: “no quiero tener hijos”. No obstante, el médico que la evaluó para ver si “calificaba” para la operación, le dijo que lo pensara bien. Argumentó que si llegaba a conocer a un hombre que sí quisiera tener hijos, no se los podría dar.
En pocas palabras, para ese médico importaba más la voluntad de un hombre que ni siquiera existe en la vida de esa mujer, que su decisión de no ser mamá.
En este camino muchas no son escuchadas; algunas de ellas atraviesan contextos de pobreza o violencia machista. Pese a lo que pudieran estar transitando en ese momento, las barreras las empujan a una maternidad forzada; a criar sin querer, a seguir soportando la vida con un hombre que la violenta o ver precarizada la vida. Como la mayoría son jóvenes, incluso, se ven obligadas a abandonar estudios universitarios.
Contra el juicio, la libertad de decidir
A veces el desafío no es solo el sistema de salud. La presión social que cuestiona a la mujer que decide cerrar su ciclo reproductivo es reflejo de una sociedad que, aunque moderna en ciertos aspectos, sigue vinculando la identidad femenina casi exclusivamente a la capacidad de procrear.
Astrid estaba determinada en su objetivo de no traer más infancias al mundo. Su experiencia médica la comparó con un oasis de profesionalismo donde el trato humano prevaleció. Sin embargo, fue la gente quien la señaló. “Mujeres mayores, desde una visión distinta, me preguntaban con insistencia: '¿Para qué te vas a operar?'”, recordó.
En espacios cotidianos como farmacias o en la sala de espera, enfrentó el juicio de otras personas. “Fue una de las decisiones más importantes para mi salud reproductiva y mi plan de vida”, relató.
“Tuve la fortuna de ser seleccionada... me sentí cuidada y respetada en mi derecho a decidir sobre mi cuerpo”, concluyó.
Aunque hay avances en materia de atención a las mujeres, el sistema público de salud sigue teniendo una deuda con las venezolanas. La soberanía sobre nuestro cuerpo continúa atada a los prejuicios y la cultura machista. El acceso a métodos permanentes para la prevención de embarazos depende de jornadas especiales o de la capacidad adquisitiva en el sector privado.
La decisión de someterse a un procedimiento quirúrgico para no tener hijos ni hijas es la materialización de un proyecto de vida que pone en el centro el bienestar de la mujer.

POR SARAH ESPINOZA MÁRQUEZ • @sarah.spnz
ILUSTRACIÓN ASTRID ARNAUDE • @loloentinta