28/03/26. Eran las cuatro y ocho de la tarde cuando llegué al parque Alí Primera. Me quedé un momento en la entrada, mensajeando con Mili, mi compañera de trabajo. El personal de Inparques estaba en su puesto; a mi derecha se levantaba la sede rectoral de la UPEL. Caminé por la vereda bordeada de árboles y espacios verdes: familias completas, estudiantes de primaria y liceo compartían las áreas libres.
...estos espacios, cuando los habita la gente, se convierten en puntos de encuentro, en escuelas informales, en territorios donde la calle se hace deporte y el deporte se hace cultura.
A lo lejos distinguí a Mili, que ya había comenzado a disparar. Me acerqué al área de las rampas. El espacio es extenso, más de 150 metros cuadrados de concreto moldeado en distintas formas. Hay un bowl —esa piscina que permite ganar velocidad—, un enorme halfpipe en forma de U, y varios montículos escalonados que llaman quarter pipes y spins. Cada estructura tiene su nombre, su dificultad, su truco favorito.
Me acerqué a un grupo de jóvenes que afinaban sus tablas. Alejandro (Small) y Fabián (Jonathan) me recibieron con la energía de quienes han hecho de este lugar su territorio. “Antes esto era un hueco”, dijo Small. "Ahora venimos del este, del centro, de cualquier lado. Aquí lo único que importa es si te atreves". Fabián se acercó y me mostró un raspón reciente en el codo.
Hablamos de las normas. Small señaló un cartel verde medio escondido: "Este no es un espacio donde los niños puedan jugar. Un mal golpe con la tabla, el perjudicado es uno". También me contó que los rollers —los patinadores en línea— usan el parque en otros horarios, y que la convivencia es cuestión de organización.
Les pregunté por los trucos y por sus referentes. “El ollie es lo primero que hay que aprender”, explicó Small. Y enseguida nombraron a exponentes venezolanos: K. Márquez, Morales, GCE, Ranger, Tobar; algunos han llegado a Juegos Olímpicos y son patrocinados por marcas nacionales. También mencionaron a Tony Hawk, la leyenda internacional. Para ellos, estos espacios no son solo concreto: son la base para construir una carrera.
Después me encontré con Gustavo. Se le notaba la vieja escuela: la postura de quien patina desde antes de que existieran estos parques. Llevaba de la mano a su hija, una niña que no soltaba su patineta rosa. “Si este espacio lo hubiésemos tenido en mi época, mira, qué nivel hubiera. Increíble”, me dijo. La niña me mostró con orgullo la cicatriz en la frente, lado derecho: “Mi primera caída, la marca de cuando empecé a patinar con mi papá”. Gustavo me miró con un nudo en la garganta: “Esa marca es suya, pero también es mía”.
La fotógrafa, que había estado disparando desde distintos ángulos, bajó la cámara. No tomó esa foto. Después me dijo que a veces hay imágenes que no necesitas guardar porque ya las lleva puestas.
Más tarde me senté a conversar con la señora de los repuestos, que atiende desde dos contenedores verdes cerca de la entrada. Vende tablas, trucks (ejes) de ruedas, ruedas y también vigila el parque. Me contó que su hijo es Gwinder Calderillo, campeón de extremo que ha representado a Venezuela en Dubái y otros países. “Constancia y disciplina”, me dijo. "Si no tienes eso, no lo vas a sacar. Puedes tener mucho talento, pero hay que cultivarlo".
Le pregunté por el impacto de estos espacios. “Este parque extremo trajo más vida al parque”, dijo. "Hay más vida sana. El niño viene a pasear, a correr, a meterse ahí con su patineta. Hay seguridad, hay gente. Se ve ese cambio".
Y es cierto: Caracas ya cuenta con varios skateparks. Están el de Los Símbolos, el de Chacao, el del Parque Generalísimo Francisco de Miranda, el de Antímano con su bowl famoso, además de este en Gato Negro. Cada uno es una inversión —pública, en gran medida— que va más allá del cemento. Son espacios que fortalecen el talento, que convierten una práctica urbana en deporte, que permiten que los jóvenes tengan un lugar donde caerse y levantarse sin ser señalados.
Cuando nos íbamos, con el sol cayendo sobre la avenida Sucre, vi que Mili apuntaba su cámara hacia los cerros del oeste. No sé qué buscaba allí. Tal vez la ciudad entera, vista desde un parque de concreto. Tal vez la prueba de que estos espacios, cuando los habita la gente, se convierten en puntos de encuentro, en escuelas informales, en territorios donde la calle se hace deporte y el deporte se hace cultura.
POR JOSÉ MANUEL PÉREZ • @manudanph
FOTOGRAFÍAS MILENI NODA •@milenisimaa