08/05/26. Recientemente vi La ley de Jenny Pen, el nombre original es The Rule of Jenny Pen, es neozelandesa y la dirige James Ashcroft. Nada de demonios ni zombies, no, no, es un thriller psicológico que pasa en una residencia de ancianos. Los protagonistas son Geoffrey Rush y John Lithgow, dos pesos completos. El mismo Stephen King dijo que es de lo mejor del año en terror, pero ojo, no es que es de sustos fáciles ni sangre por deporte.
...lo más fuerte es que no es solo cine, esto pasa en la vida real, aquí a la vuelta de la esquina, en cada residencia, en cada casa donde un mayor está solo...
Te la resumo sin spoilers. Imagínate que fuiste juez, de esos que impartían justicia con toda la autoridad, un derrame cerebral te deja medio paralítico y terminas internado en una residencia. Tu mundo, que antes era intelecto y poder, se desmorona por completo, depende de otros para lo más básico, para ir al baño, para comer, y para rematar, hay un viejo psicópata, Dave Crealy, que ha encontrado en la vulnerabilidad de los demás el escenario perfecto. Su herramienta no es un arma, es una muñeca de mano llamada Jenny Pen, con la que humilla, aterroriza y somete a quienes ya no pueden ni correr.
El personaje de Geoffrey Rush, Stefan Mortensen, está completamente lúcido, pero cuando intenta denunciar lo que ocurre, nadie le cree, el personal mira para otro lado, los otros ancianos están aterrados, y la dirección minimiza sus quejas diciendo que está mayor, que está confundido. Ahí es donde duele de verdad, la institución que tendría que proteger se vuelve una jaula, y el abuso se convierte en rutina disfrazada de normalidad.
Yo la vi y te juro que esa incomodidad no se te quita rápido. Es porque no ves monstruos falsos, ves pasillos de clínica, ves caras de ancianos que ya no pueden defenderse, ves cómo un tipo cruel impone su ley porque el sistema prefiere mirar para otro lado. Te da rabia, impotencia… esa misma que sientes cuando a tu abuelo le hablan como si fuera un carajito, o cuando ves que a un adulto mayor lo tratan como un mueble. La película te mete en la piel de quien ya no tiene poder, ni voz, ni forma de salir.
No es para cualquier noche de cotufas, ni te las ves para comer, es para cuando tengas ganas de algo que te remueva, que te duela un poquito y te recuerde cosas que solemos ignorar, es de esas películas que ves y te quedas en silencio un rato cuando termina.
Pero lo más fuerte es que no es solo cine, esto pasa en la vida real, aquí a la vuelta de la esquina, en cada residencia, en cada casa donde un mayor está solo. Las personas de la tercera edad no son un estorbo, ellos sudaron la misma camisa que sudamos nosotros, sólo que el tiempo pasa y el cuerpo falla, pero la dignidad no entiende de arrugas ni de enfermedades.
Esta película lo que hace es recordártelo con crudeza, para que dejes de mirar para otro lado, porque todos, si tenemos suerte, vamos a llegar a esa edad, y cuando lleguemos, vamos a querer que nos traten como personas, no como un número de cama, ni como un trámite, vamos a querer que alguien nos escuche de verdad.
Así que nada, si te animas, búscala, vela con calma, sin el teléfono al lado, y después me cuentas. Yo ya la vi y todavía la estoy procesando, pero al menos ahora, cuando pase frente a un anciano en la calle o en una sala de espera, sé que voy a mirarlo distinto... Y eso, en estos tiempos, ya es bastante.

POR JOSÉ MANUEL PÉREZ • @manudanph
ILUSTRACIÓN ASTRID ARNAUDE • @loloentinta