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Caminándola en Kurumba (Parte I)

Tras los sismos, la ONU estima que unos 680.000 niños necesitan ayuda. Pero mientras unos rescatan, otros acechan. La protección infantil no puede esperar

17/07/26.  El tipo dijo: “yo pongo el camión”. Cuatro días después, ella puso esto, aquella puso lo otro; aquel, que sabe de canción, se puso a caletear, consiguió el almuerzo, cosa grande. La mejor carne, el mejor arroz, no había más, no se necesitaba más. El tipo le estrechó la mano al cocinero, en la robinsoniana, como si tropezara a un poeta a propósito, de esos que. 

 

 

...los músicos y cantores, la paraguaya ... se montaron en el camión y salieron a las dos de la tarde, llegaron a Kurumba, descargaron, esperaron, sospecharon, desconfiaron, se abrazaron, se miraron, comieron cambur y se devolvieron.

 


Se llama estilo “saltaperico”. Usted está leyendo, si es que eso sucede, y brinca de aquí para allá. Se pierde en las historias, si es que alguien las puede llamar así y se distrae de tanto saltito sin sentido. Cosas de las palabras, diría un poeta como Eleazar León caminando por el callejón de La Puñalada. Siendo así, que no es lo mismo que así como así, no se sabe dónde se va a aterrizar. Como cuando se hace eso de ir a llevarle cosas a una gente en Kurumba, una zona de La Guaira aislada de forma tal, que buzos y turistas que se conocen bien hasta las profundidades de Chichiriviche de La Costa, no sabían que existía.

 

 

 

 

 


No sabe cuándo va usted a salir, cuando va a llegar. La gente que de verdad dice si hay o no hay camión, dijeron que había, pero un día después. En la Universidad Central de Venezuela (UCV), al principio de ese día, el quinto después de la afirmación y el 18 luego de los terremotos, dijeron que no iban a dar agua. Luego que sí, pero cuando llegara tal. “¿Me puedes donar una carrucha también?”, pregunta el mismo tipo, mirándolas todas, como cuarenta carruchas nuevas, rojas, algunas ya con el caucho espichado. El voluntario, cansado, dice que no. Un no tan enorme como silencioso. Un no involuntario. 

 

 

 


Otro voluntario, también cansado y sin dormir, discute con unas abogadas, uniformadas y activas. Llega la que decide, con una falda larga de jean claro puesta sobre sus jean oscuros. “Se me rompió el pantalón”, cuenta con discreción, y cualquiera a quien le haya pasado eso en el trabajo, sabe cómo se siente resolver. Listo, justificada la indiscreción, no vengas tú, ella no lo dijo para que lo dijeras, pero éramos como cinco personas, así que tranquilo, que le vas a decir que lo dijiste para ver si te lee, bueno, sigue con lo tuyo. 

 

 

 


“Está bien”, ella, la que decide, hace la excepción, las abogadas uniformadas y lindas se llevan sus aguas, el abogado que las acompaña, uniformado también, dice algo de la biblia, con sermón incluido. La que decide camina de allá para acá mientras habla por teléfono. De la plaza del rectorado hasta el pasillo cubierto, viene, se vuelve a ir, las medicinas se tardan, se acerca, se aleja. Vuelve a venir.

 

 

 


“Ajá. Para dónde van ustedes”. Para Kurumba, pero eso fue cuando ya estaba el camión cargado. Ella no sabía tampoco dónde queda. Pum. Otra vez, otra gente que no estaba, estuvo, y 200 litros más de agua potable. Gracias. Y les dieron una carrucha. 

 

 

 

 

 

El viaje

 

 

 


Cuarenta familias hay en Kurumba. Son 52, pero en ese momento, 17 días después de los terremotos, esos son los números. Como en Tanaguarenas, es una mujer quien narra esa otra forma de usar las matemáticas: Tantas familias, tantos niños, tantas abuelas, tantos enfermos, tanto esto y los otros y las otras, en esa forma de administrar que también sirve para. 
UCV otra vez. Mientras uno busca el agua, la otra las medicinas. Pocos voluntarios en medio de inventarios, las entregas se retrasan, la impaciencia, el clima, los estados de ánimo. Nos calmamos, la excepción, tú qué quieres, dónde queda eso, cerca de Chichiriviche de la Costa, el de la carrucha dice que “no hay manera de que te la den”, los del sector “Herramientas” no ponen peros y carrucha y 40 botellones de agua de cinco litros y más agua y medicinas y comida y toallas sanitarias se terminan de montar en el camión 350. 

 

 


Pero eso ya lo leí, dirá quien lea. No importa. Casi media mañana en esa universidad: da tiempo de. Como la cola que se formó ese día en la autopista Caracas La Guaira por el volcamiento de una grúa telescópica de carga pesada. Los carros apagados, la gente afuera, fumando, esperando, los policías activos, explicando, trabajando. “Que viene un chivo”, dijo una. “Es un sobreviviente que encontraron hoy”, dijo otro. 

 

 


Las grietas

 


Para llenar el camión, de todas partes, si se puede llamar así, salían cosas. O llegaban. Gasolina: te la tengo. Que tengo hambre. Te lo tengo. Pum. Dos pizzas grandes y un refresco. Qué carajo. No hicimos vino de mora orgánica. 

 

 


El día anterior, el tipo dice, con el tono más seguro, que salían a las seis. Bueno, a las seis y media, para dormir un ratico más, porque eran las tres y media de la madrugada cuando programaba la alarma: Siri, pon la alarma, y Siri habla y dice que ya está listo, pero con otras palabras.

 

 

La moto, esa moto, lleva al tipo hasta donde está el camión. El camión va hasta la Universidad Bolivariana de Venezuela, para dejar unas colchonetas. “Que tengo que bajarlas para contar, porque eran 25 y hay 18”. Que no las puedes bajar hasta que tenga la orden, que la orden no llega, comando, que va a llover, que son las ocho y las nueve y las diez y todavía  en la UCV, que cuides el encerado que está nuevo y viene el tipo y aprieta mucho la cuerda y se rompe la vaina esa y ahora, aparte de los cien dólares que costó el otro caucho que se rompió porque estaba claro que por ahí no pasaba (las calles de Altavista son como son) pero parecía que sí, y además ese otro tipo estacionó y dejó la rueda afuera, justo para joder ese caucho con esa punta de escalera de camión 350 que si no se hubiesen robado los espejos segurito que se da cuenta. 

 

 

 

 

 


Los terremotos del 24J fracturaron la montaña allá en Kurumba. 

 

 


Entonces el camión, cargado de cualquier modo, llega a la robinsoniana, una escuela que también tiene una radio y fue allí donde el cocinero hizo ese arroz y esa carne inolvidable. 
El músico este, entonces, junto con el otro, que también es ciclista; la productora aquella, que se bronceó mientras cargaba de todo, arreglaba los mecates y contaba las medicinas; la paraguaya, periodista, que se vino “por Chávez” y sabe más que pescado frito (y sume los cuatro kilos de pescado fresco que les dieron en Arrecifes, por aquello de los números) y que ha andado esos caminos; la cantora otra, que convoca (“si no confías, entonces no”) y calma, que suda y sonríe. Que se quiebra, como cualquiera. Tres de enero, 24 de junio. A mediados de julio, no hay ánimos para los chistes con el mes y Julio Iglesias. Cosas de una generación. O de varias. 

 

 


Entonces, los músicos y cantores, la paraguaya, el tipo este y algún otro, un preadolescente, el socio del otro, la ternura, una que otra impertinencia y el caucho de repuesto, liso, pero lleno, se montaron en el camión y salieron a las dos de la tarde, llegaron a Kurumba, descargaron, esperaron, sospecharon, desconfiaron, se abrazaron, se miraron, comieron cambur y se devolvieron.

 

 


De regreso, una parada para dejar más agua. Tomaron café en las Salinas. La mamá de Alejandro Angulo, el fotógrafo, dice que sí, que ella es la mamá de él. Ah. “¿Y al perro Duque?”. Lo conozco, lo conozco. En realidad lo dijo una sola vez: a veces un saltico es un paso en falso. A veces los lugares comunes son necesarios, por aquellas palabras en caribano que no sabemos. 

En Caracas, Kurumba suena a canción. A esa canción. Dicen que van a volver. Con barro. 

 

 

 

 

 

 


POR GUSTAVO MÉRIDA • @gusmerida1 

 

FOTOGRAFÍA CORTESÍA KURUMBA 

#Caminándola #Kurumba #Solidaridad

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Ubicación
  • Esquina de San Jacinto, Edificio Gradillas “C”, piso 1, Caracas 1010, Distrito Capital
  • 0212-3268703
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