23/07/26. El sábado 18 de julio, en el Complejo Cultural Tiuna El Fuerte, se habló de cómo abrazar el dolor sin que te derrumbe. De cómo el arte, el deporte, la pedagogía y la psicología pueden ser herramientas para reconstruir esperanzas y tejido social.
...mirar a los afectados y a las afectadas no como víctimas pasivas, sino como sobrevivientes que han encontrado en su identidad cultural, en su arte, en su tambor, en su canto, una manera de resistir.
La iniciativa nació como una adapatación del programa Arte de Convivencia impulsado por Tiuna El Fuerte, al contexto de emergencia. Karimar García, coordinadora de extensión del complejo cultural, explicó que al no ser suficiente el voluntariado con el que cuentan, convocaron por redes sociales a personas que quisieran apoyar.
Así surgió Tiuna te acompaña que reunió en un grupo de WhatsApp a más de noventa personas en la primera jornada de talleres de inducción al voluntariado. Treinta y cinco estuvieron allí, presencialmente, escuchando, compartiendo y construyendo las mesas de trabajo. La psicosocial, que ofrece el auxilio psicológico y educativo con metodologías pedagógicas y andragógicas; la artística, donde el arte se emplea como herramienta de sanación y la logística, que administra y distribuye los recursos necesarios para cada taller, conversatorio o actividad.
Más que vulnerabilidad, es fuerza
Carolina Jiménez, artista plástica, llegó con la experiencia de haber trabajado en refugios hace más de diez años, cuando otros desastres naturales golpearon el litoral central. Sabía de lo que hablaba. Pero esta vez no vino solo a dar talleres de dibujo o cerámica. Vino a proponer algo más profundo.
“El proceso creativo nos va a llevar al proceso de sanación”, me dijo mientras conversábamos. Carolina confía en el arte en sus diversas manifestaciones; señaló que además de expresión y distracción, es una herramienta que trabaja junto a otras: los primeros auxilios psicológicos, la recreación y el deporte, para convertir la vulnerabilidad en fuerza. “Esta adversidad nos convierte en personas muy fuertes”, reflexionó. “Redimensiona la forma en que vemos la vida”.
En esa frase, encontré el corazón de su mensaje. Se trata de mirar a los afectados y a las afectadas no como víctimas pasivas, sino como sobrevivientes que han encontrado en su identidad cultural, en su arte, en su tambor, en su canto, una manera de resistir. Carolina lo dijo claro: “Más que vulnerabilidad, es fuerza”. Y esa fuerza, sostenida por el arte, puede ser el puente entre el duelo y la reconstrucción.
Alejandra Meléndez, licenciada en enfermería y especialista en chocolatería, llegó con una mirada similar a la de Carolina. Su propuesta: talleres de formación de chocolatería y cacao, y bordado, dirigidos a jóvenes y mujeres de los campamentos. Más que entretenimiento, considera que sus talleres son una semilla de conocimiento que podría transformarse en emprendimiento.
“Que esto sea una muestra de lo que puede ser una idea futura”, me dijo. Porque sabe que muchas de las personas que hoy están en los campamentos perdieron sus negocios, sus medios de vida, sus rutinas. El chocolate, ese producto tan identitario de nuestro país, puede ser una vía para reinventarse.
La pedagogía del antes, el durante y el después
“A veces el oficio plástico, el oficio de las artes te distrae, pero ahí no está el poder más importante. Sino qué herramienta afectiva te puedes llevar de estos procesos”, me contó Carolina. No basta con escapar un momento, porque después de terminada la actividad, el taller o evento, los pensamientos de temor pueden regresar y seguir atormentando.
Es por eso que David Méndez, docente y facilitador de la formación, explicó que el abordaje partirá de una caracterización de cada campamento, de cada familia, de cada historia para la creación de una pedagogía y andragogía con un “antes, un durante y un después”.
Para ello cuentan con una mesa psicosocial que será el engranaje que articule lo educativo, lo formativo, lo intelectual, lo artístico desde la escucha activa y del reconocimiento de cada persona afectada, así como de sus miedos, pérdidas y de las fuerzas que siguen emergiendo a pesar de la tristeza.
Alejandra, Carolina, David y demás asistentes, entendieron que se trata principalmente de acompañar de forma continua y amorosa. De saber que hay un duelo, una situación, un trauma, pero que se puede ir acompañando con actividades integrales.
Esa es la razón por la que conformaron las frentes medulares de trabajo. Por cada uno habrá un equipo responsable de cuentacuentos, tejedores y tejedoras, payasos, mimos, artistas del circo, teatreros y teatreras, músicos; asimismo, docentes, profesionales de la psicología, psicopedagogía, ecología, deportes y demás.
Y ahí, el chocolate, la música, el teatro, el yoga, el circo, no quedan como eventos efímeros, sino como símbolos de que después de la catástrofe, hay oportunidad de continuar. Porque las personas atendidas podrán continuar estudios de cada disciplina con metodologías pedagógicas y andragógicas, como explicó David, y también recibirán asistencia para transformar el miedo y el dolor en resiliencia.
El cuidador y la cuidadora también necesitan ser cuidados
En el intercambio de experiencias, Carolina propuso atender también a los cuidadores y a las cuidadoras. A las cocineras y cocineros, a los milicianos y milicianas, el personal de salud, a los funcionarios y a las funcionarias que han pasado noches en vela atendiendo a otras personas mientras sus propias casas también tambalean en la fragilidad post-sismos.
Porque, como ella misma lo planteó, quienes sostienen, asean, cocinan, censan, reciben los insumos, organizan, resguardan, también durmieron con temor el 24 de junio. Y, ¿quién sostiene a ese voluntariado que no tenía previsto cambiar su rutina de la noche a la mañana?
En ese caso, Carolina propuso que la atención psicosocial y artística también debe dirigirse a sostener a ese sector de la población. “Porque ellos cargan con su dolor y con el de aquellos a los que sostienen”, señaló.
David lo dijo de forma similar en su intervención: “La mayoría de los que estamos aquí, tenemos una vocación o una afinidad muy cercana a la cultura. Y esa vocación, ese deseo de servir, no nos exime de necesitar contención”.
Finalmente, esa herramienta afectiva, esa conexión real con el dolor y con la fuerza del otro y la otra, es lo que puede hacer la diferencia. Porque el superpoder de los héroes y heroínas de esta tierra sigue siendo la solidaridad. Pero la solidaridad, para ser sostenible, también necesita ser cuidada.
POR SARAH ESPINOZA MÁRQUEZ • @sarah.spnz
FOTOGRAFÍAS JESÚS CASTILLO