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Argimiro Gabaldón, el explorador de la Venezuela profunda

"Ser poeta y pintor en un país convulsionado no es un lujo burgués; es una responsabilidad espiritual... "

‎23/07/26. Navegar la historia de Venezuela no es recorrer una línea recta de batallas y decretos; es adentrarse en selvas de contradicciones y cruzar ríos de identidad. En esa travesía, encontramos figuras que no solo empuñan armas, sino que cargan pinceles, versos y, sobre todo, un oído atento al latido popular. ¡Y naguará! Argimiro Gabaldón, el Comandante Carache, es uno de esos pocos seres que supo leer el mapa humano de su tierra y devolverle a su gente con creces, la dignidad que le robaban.

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Gabaldón entendió que la transformación social no se decreta, se encarna... su estrategia no era solo militar, era pedagógica: enseñaba a leer el horizonte político con la misma pasión con la que enseñaba a leer las estrellas.

 

 

‎Para entender su grandeza, debemos despojarlo del polvo de los archivos militares. No fue un guerrillero porque sí; fue un guerrillero porque antes fue un testigo sensible. Sus aptitudes no nacieron en el fragor de la metralla, sino en la placidez de la hacienda Santo Cristo, donde la tinta y la pintura fueron sus primeras brújulas. Ser poeta y pintor en un país convulsionado no es un lujo burgués; es una responsabilidad espiritual. Gabaldón poseía la aptitud del mirón profundo, es decir, observaba el paisaje llanero y montañero no como un simple telón de fondo, sino como un texto sagrado que narraba el sudor del campesino y el hambre del jornalero. Esa capacidad para traducir la realidad en imágenes y versos fue su verdadero arsenal.

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‎Pero la aptitud sin actitud es sólo un adorno. Eleva a Gabaldón a la categoría de mito viviente es su actitud radicalmente horizontal. Mientras otros líderes se parapetaban en discursos altisonantes desde las capitales, él decidió mojarse los pies en el barro de Portuguesa y Lara. El Comandante Carache no se identificaba con el pueblo porque lo dijera un panfleto; se identificaba porque habitaba su misma precariedad, mascaba su mismo casabe y sufría su mismo acoso. Su actitud fue la del discípulo perpetuo; aprendió de los arrieros, de las parteras y de los campesinos analfabetas que sabían más de la tierra que cualquier perito agrónomo de escritorio. En esa inversión de valores, Gabaldón se convirtió en un espejo donde la Venezuela olvidada pudo reconocerse, por fin con orgullo.

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‎Su lucha armada, lejos de ser un capricho ideológico, fue la extensión lógica de su ternura revolucionaria. ¿Cómo podía un poeta callar ante el latifundio ah? ¿Cómo podía un pintor no denunciar con su pincel la sangre derramada en los cañaverales? Su aporte más trascendental no fue la toma de algún cuartel, sino la siembra de una conciencia colectiva. Gabaldón entendió que la transformación social no se decreta, se encarna. Por eso, su estrategia no era solo militar, era pedagógica: enseñaba a leer el horizonte político con la misma pasión con la que enseñaba a leer las estrellas. En sus andanzas, el fusil era sólo el lápiz con el que dibujaba la utopía.

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‎Y es precisamente en su trágica partida donde su identificación con el pueblo alcanza su máxima expresión poética. La madrugada del 13 de diciembre de 1964 no solo apagó un corazón guerrillero; encendió una leyenda. Aquel gesto heroico de sus camaradas Pavel Rondón, Carmelo Mendoza y Benigna Rodríguez, arrastrando su cuerpo moribundo hasta el hospital de El Tocuyo, es la estampa perfecta de lo que Gabaldón representaba. Ellos no arriesgaron sus vidas por un jefe militar; las arriesgaron por un hermano. Gritar "¡hay un herido grave, es un isleño!" para despistar a la guardia fue el último acto de lealtad de un pueblo que aprendió a quererlo como a un hijo pródigo. Aunque la bala —amiga o enemiga, da igual— le arrebató el aliento, su sangre derramada en ese centro de salud regó la semilla de la rebeldía honesta.

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‎Medio siglo después, cuando sus restos fueron exhumados y llevados al Panteón Nacional, muchos vieron un acto político. Los hijos de la Venezuela profunda vemos un acto de justicia simbólica. El pueblo, a través de sus gobernantes, simplemente estaba recogiendo a su explorador favorito, al que se adentró en las cavernas más oscuras de la desigualdad y salió con la antorcha encendida. Gabaldón no pertenece a un partido ni a una facción; pertenece al paisaje. Es ese cerro que se ve desde lejos, ese río que nunca deja de correr, ese verso que se repite en las tonadas del llano.

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‎Hoy, estar aquí, en este viaje dialéctico, es seguir sus pasos. Es entender que la grandeza no está en los títulos ni en los grados, sino en la capacidad de calzar las alpargatas del otro y caminar su cansancio. Argimiro Gabaldón nos dejó el legado más valioso que puede tener un venezolano: la certeza de que la patria no se construye con discursos, sino con el sudor compartido y la mirada cómplice. Su poesía sigue viva en cada niño que sueña con un futuro distinto, y su pincel continúa pintando de esperanza los grises paisajes de la adversidad.

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‎Porque Gabaldón no murió; vive en el corazón de todos aquellos que, como él, se atreven a navegar la esencia humana sin miedo a perderse. Y en esa travesía, querido lector, él nos sigue guiando con la luz tenue pero eterna de quien supo ser, ante todo, profundamente pueblo.

 

 

 


POR JOSÉ MANUEL PÉREZ • @manudanph

 

ILUSTRACIÓN JUSTO BLANCO • @justoblancoru

#ArgimiroGabaldón #Ternura #Revolución

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