01/08/26. Hay pensamientos que nacen en los libros y mueren en los libros. Y hay pensamientos que nacen en las entrañas del pueblo y se convierten en ríos que transforman paisajes. El pensamiento de Hugo Chávez Frías a quien celebramos en su cumpleaños número setenta y dos el pasado 28 de julio, pertenece a esta segunda estirpe. No fue un pequeño ejercicio académico de escritorio, sino una inmersión profunda en el ser venezolano, un viaje a las raíces más originarias de la nacionalidad para encontrar allí las herramientas con las cuales refundar la patria.
... el pensamiento de Chávez sigue siendo una brújula... nos enseña a hacernos las preguntas correctas. Nos recuerda que la política no es un ejercicio de poder vacío sino la búsqueda de la felicidad para el pueblo.
Chávez fue, ante todo, un pensador libre. Un hombre que se negó a repetir fórmulas prestadas, que entendió que la emancipación verdadera no podía venir de manuales importados sino de la memoria profunda de su tierra. En una época donde el mundo proclamaba el fin de las ideologías y el triunfo definitivo del capitalismo, él se atrevió a mirar hacia adentro, a desenterrar los sueños inconclusos de la independencia y a actualizarlos para un nuevo siglo.
El Árbol de las Tres Raíces
La gran contribución de Chávez al pensamiento político venezolano fue su capacidad para articular una visión original y profundamente autóctona. No se trataba de inventar algo nuevo de la nada, sino de redescubrir lo que siempre estuvo allí, esperando ser desenterrado. Para ello propuso el concepto del "Árbol de las Tres Raíces": Bolívar, Rodríguez y Zamora.
Simón Bolívar, el Libertador, le aportó la visión geopolítica, el sueño de una América grande y unida, la conciencia de que la independencia no era un hecho consumado sino una lucha permanente. Simón Rodríguez, el maestro, le ofreció el método: "inventamos o erramos", la convicción de que los pueblos americanos debían crear sus propias instituciones, sus propios caminos, sin copiar servilmente a Europa ni a Estados Unidos. Ezequiel Zamora, el general del pueblo soberano, le dio la dimensión social: la tierra para quienes la trabajan, la justicia para los humildes, la federación como expresión de la soberanía popular.
Estas tres raíces no eran para Chávez pura erudición histórica. Eran fuerzas vivas que alimentaban el tronco de un pensamiento nuevo. No se trataba de venerar estatuas sino de activar energías dormidas. El llamado a Bolívar, Rodríguez y Zamora era un llamado a la rebeldía creadora, a la originalidad como deber patriótico.
Pensamiento liberador y humanista
Para Chávez, el pensamiento no era un lujo intelectual. Era un arma de liberación. En sus reflexiones, la teoría y la práctica se fundían en una misma sustancia. No se podía transformar la realidad sin comprenderla, y no se podía comprenderla sin transformarla. Esta dialéctica entre pensar y actuar atravesó toda su vida y toda su obra.
El ideario de Chávez se caracterizó por su profunda vocación humanista. No era un pensamiento frío, tecnocrático, deshumanizado. Era una filosofía que ponía en el centro al ser humano, sus necesidades, sus sueños, su dignidad. Por eso su proyecto político no se reducía a reformas económicas o institucionales; era, en esencia, un proyecto ético y espiritual. La búsqueda de la felicidad del pueblo no era un eslogan electoral sino el horizonte último de toda acción política.
Su pensamiento también fue profundamente crítico con el colonialismo cultural. Chávez entendió que la dominación no se ejercía sólo con las armas o el dinero, sino también con las ideas. Las élites venezolanas, durante siglos, habían mirado hacia afuera en busca de modelos y referentes, despreciando lo propio. Chávez propuso una inversión radical, mirar hacia adentro, recuperar la autoestima nacional, construir desde la identidad y no desde la imitación.
El diálogo con la historia y las ideas emancipadoras
Lo que distingue el ideario de Chávez de otras corrientes políticas es su dimensión cultural y espiritual. Para él, la política no podía desgajarse de la cultura, de los símbolos, de las emociones, de la memoria. La transformación social requería una batalla de ideas, pero también una batalla de símbolos, de narrativas, de imaginarios.
Chávez fue un gran lector y un gran conversador. Sus reflexiones no nacieron en el vacío sino en el diálogo con la historia, con los libros, con los maestros, pero sobre todo con el pueblo. Recorrió los caminos de Venezuela, conoció sus dolores y sus alegrías, escuchó a los humildes antes de hablarles. Por eso su pensamiento no es un tratado frío sino un discurso cálido, impregnado de esa mezcla de ternura y firmeza que lo caracterizaba.
El horizonte de su pensamiento era una patria buena, una patria linda, una patria donde cupieran todos. No era una utopía ingenua sino un horizonte hacia el cual caminar, sabiendo que el camino es tan importante como la meta. Chávez nos enseñó que la revolución no es un evento sino un proceso, y que cada generación debe asumir su responsabilidad en la construcción de ese futuro anhelado.
Otro mundo posible
El ideario de Hugo Chávez no es un monumento de mármol al que rendir culto. Es un río que sigue corriendo, una fuerza viva que sigue alimentando la lucha por la justicia y la dignidad en Venezuela y en América Latina. Su gran lección fue enseñarnos a pensar con cabeza propia, a atrevernos a ser originales en un mundo que nos empuja a la imitación.
Chávez nos recordó que los pueblos que olvidan sus raíces están condenados a vagar sin rumbo, y que la verdadera independencia no se decreta en los papeles sino que se construye en la conciencia de cada ciudadano. Su pensamiento fue un acto de rebeldía intelectual en tiempos de conformismo, una declaración de que otro mundo era posible y que ese otro mundo tenía que ser una creación auténtica, nacida de las entrañas de nuestra historia y de los sueños de nuestro pueblo.
Hoy, cuando tantas certezas se han desmoronado, el pensamiento de Chávez sigue siendo una brújula. No porque ofrezca respuestas fáciles, sino porque nos enseña a hacernos las preguntas correctas. Nos recuerda que la política no es un ejercicio de poder vacío sino la búsqueda de la felicidad para el pueblo. Nos invita a ser pensadores libres y comprometidos, en guerra contra todo dogmatismo y en paz con la historia de nuestra tierra.
Esa es, quizás, su mayor enseñanza, que la verdadera transformación comienza en el pensamiento, y que el pensamiento, cuando es auténtico y profundamente enraizado, termina transformando el mundo. Hasta siempre Comandante Chávez.
POR JOSÉ MANUEL PÉREZ • @manudanph
FOTOGRAFÍAS CORTESÍA ARCHIVO FUNDACIÓN COMANDANTE ETERNO HUGO CHÁVEZ