Vivir en la parroquia La Vega no es un dato menor cuando se habla de las lluvias en Caracas. Aquí, el agua no es un rumor lejano ni una imagen en el noticiero, la verdad, es una presencia en el suelo, en el olor, el ruido de las quebradas que bajan de las montañas buscan sus cauces con una fuerza que no negocia. Las calles convierten en ríos, los vecinos en diferentes calles sacando el barro con escobas y por otro lado, también, como el descuido de muchos se convierte en la antesala para tragedia de todos.
El sábado 22 de agosto, la onda tropical número 40 descargó sobre Caracas una cantidad de agua que, en términos técnicos, no debería haber sido extraordinaria, sin embargo, el resultado fue catastrófico. El río Guaire se desbordó a la altura de la autopista Valle-Coche, cuatro quebradas colapsaron, decenas de vehículos quedaron atrapados y al menos seis personas permanecen desaparecidas. Pero lo que ocurrió ese día no fue un accidente. Fue la acumulación de años de omisiones, de malos hábitos y de una relación rota entre la ciudad y su geografía.
Una ventana para ver lo que muchos ignoran
Cada vez que llueve fuerte, salgo a la calle. No por heroísmo, sino porque quiero entender. Y lo que veo es siempre lo mismo: las rejillas y alcantarillas tapadas por basura, bolsas de desechos que los vecinos dejan en las esquinas y que el agua arrastra sin piedad, restos de construcción y escombros que obstruyen los canales naturales. No es solo un problema de infraestructura, es un problema de cultura. El ciudadano que tira un papel a la calle no está ensuciando el asfalto; está sembrando la próxima inundación.
He visto a vecinos quejarse de que la Alcaldía no limpia las quebradas, pero también he visto a esos mismos vecinos arrojar sus desechos directamente al cauce. No hay mantenimiento que resista a la irresponsabilidad. La quebrada de Los Cangilones, que recorre el corazón de La Vega, ha recibido mantenimiento preventivo varias veces, pero en cuestión de días vuelve a llenarse de basura. No es un fallo de la máquina, es un fallo de la conciencia.
La ingeniería fluvial y la deuda histórica
El río Guaire y las quebradas que bajan de El Ávila no son enemigos, son cursos naturales. La ciudad creció sobre ellos, los canalizó, los entubó y los olvidó. La infraestructura hidráulica de Caracas fue diseñada para una ciudad que ya no existe: más pequeña, menos densa, con menos impermeabilización. Hoy, el asfalto y el cemento han cubierto gran parte del suelo, y el agua, que antes se filtraba, ahora corre sin freno.
Las autoridades han activado los cuerpos de prevención, han desplegado grúas y brigadas de limpieza, han limpiado más de 6.000 alcantarillas y desazolvado miles de sistemas de drenaje, pero la respuesta no puede ser solo reactiva. La prevención no es un lujo, es la forma más barata y efectiva de gestionar el riesgo. Y la prevención comienza por escuchar a quienes viven en el territorio, a quienes conocen el comportamiento de cada quebrada, a quienes advierten con anticipación sobre los puntos críticos.
Una responsabilidad que no se delega
Las autoridades tienen la obligación de mantener la infraestructura, invertir en ingeniería fluvial y garantizar que los drenajes funcionen. Pero los ciudadanos también tienen responsabilidad: no arrojar basura a la calle, no obstruir las rejillas, no construir sobre cauces naturales. La Alcaldía ha hecho su parte en la respuesta inmediata, pero la ciudadanía debe hacer la suya en la prevención diaria.
En la parroquia, he visto personas organizarse para limpiar una quebrada, a vecinos que estan pendientes de los niveles del agua y alertan a quienes están en riesgo, hay madres que enseñan a sus hijos a no tirar basura en la calle. Esa es la semilla de una nueva cultura. Pero no es suficiente. Se necesita un cambio sostenido, una política de educación ciudadana que acompañe la inversión en infraestructura, una alianza real entre el Estado y las comunidades.
El agua no negocia
El Guaire no se desborda porque llueva mucho, se desborda porque la ciudad ha perdido la memoria de su propia geografía, y eso es muy importante. Porque los drenajes están diseñados para una Caracas que ya no existe. Porque la basura sigue siendo el principal combustible de las inundaciones.
El agua no entiende de gobiernos ni de partidos. No espera a que haya presupuesto. No negocia con la falta de mantenimiento. Mientras la ciudad no asuma que la gestión del riesgo es una tarea compartida —entre el Estado, las empresas de servicios y cada ciudadano que tira un papel a la calle—, cada temporada de lluvias será una sentencia.
Desde mi ventana, sé que el agua volverá. La pregunta es si nosotros, como ciudad, estaremos listos para recibirla. No con temor, sino con una verdadera planificación, conciencia y la certeza de que la responsabilidad de cuidar la ciudad y prevenir el caos, no es de unos pocos, sino de todos.
