10/09/26. El martillo pesa 63.5 kilos. Veinte más que un saco de cemento.
La máquina que perfora se mueve en un camión que es de una fundación. Los machucas, los Gómez, los conuqueros, las acupunturistas, Carlos Chacón cantando en familia, la Feria Conuquera en luna menguante...
"Si te cae en los dedos…”
El operador, Machuca, machaca, a través de una cuerda y una polea, con el martillo, una especie de cincel, con punta hueca y enroscable, llamada “cuchara”. Es muy difícil sacarla si se cae en el hueco, o huequito, que puede tener de profundidad seis metros, nueve, etcétera. “¡Mirando pa' rriba, mirando pa' rriba!”. Las órdenes que grita Machuca se escuchan encima de otros ruidos; el mismo martillo, el motor a gasoil que mueve la cuerda que pasa por la polea y sube y deja caer por gravedad o martilla de abajo para arriba (depende si se mete o se saca); una excavadora que trabajaba mientras, una perforadora hidráulica rompiendo concreto, el compresor que hace que funcione, la pepa de sol, porque si llueve y se moja el mecate puede ocurrir un accidente; los uniformes, guantes, casco y lentes. Qué importante las botas de seguridad con su durísima punta de hierro que impide la fractura del dedo gordo del pie, cualquier pie, si te cae lo que sea. Todo pesa, para estudiar el subsuelo.
El suelo
Desde 1926, poco más, poco menos, después que se cayeron algunos puentes y otros edificios, alguien se dio cuenta de que había que medir la resistencia del suelo. Hay que hacer una cancha, construir otro tanque, hacer un edificio; para lo que sea que usted quiera poner sobre el suelo, debería saber cómo es eso allá abajo.
Entonces, científicamente hablando, si un peso de 63.5 kilos cae libremente repetidas veces (se tienen que contar, si no, ni hay estudio ni tiene chiste) a una altura de 76.5 centímetros a determinadas revoluciones, usted hunde la cuchara y luego la saca, la desenrosca, la abre y saca la muestra. Viene el ingeniero Gómez, de ochenta y ocho años y con más de cincuenta dando clases, la desmenuza entre sus dedos y exclama: “Esquisto talcoso”.
Igual va a un laboratorio, pero él ya sabe.
Ciudad Caribia
No es porque allá vive el padre Numa, que es periodista también y en estos tiempos, el periodismo está cómo está; ni porque su carpa quede cerca del comedor. Tampoco es por el estilo salta perico, que le obliga a usted a, si quiere seguir leyendo, estar pendiente del asunto.
Los estudios de suelo, hasta ahora, se han realizado en Ciudad Caribia, de primerito; en Guarenas; cerca de la plaza La Concordia, en Altamira, San Antonio de los Altos, El Paraíso y La Colonia Tovar. En serio.
En El Paraíso, se trataba de un deslizamiento. “El súper bloque”, le dicen a la edificación, donde vivió o tuvo un apartamento Humberto Fernández-Morán.
Como en casi cualquier parte, es una mujer quien se sabe de memoria todo: cuántas familias, cuántos hogares, cuántos niñas y niños, adultos mayores. La misma mujer hace las arepas que nos dan; es distinto trabajar en el 23 de enero, es más distinto, si se me permite la expresión, trabajar en Altamira, cerca de la entrada a Sabas Nieves.
Entonces, se fracturó el pavimento, allá en El Paraíso, hay un movimiento, qué se puede hacer, llega la presidenta a inaugurar una clínica cercana, le gritan, escucha, le dice a la alcaldesa, ella manda un equipo que, para saber cómo solucionar, tiene que hacer un estudio de suelo.
El equipo llama al ingeniero, el ingeniero llama a Machuca, Machuca llama a una ayudante. La máquina, el ruido, los golpes, los dedos, el martillo, la cuchara, la muestra. Y así, golpe tras golpe en donde sea que haya suelo.
Saltaperico es no haber vuelto a Kurumba. Ver a Iván Padilla-Bravo caminar cerca de Gradillas, detenerse, voltear, sacar un libro de Benedetti y ejercer la poesía, con un café negro, muy negro, en la otra mano.
Escuchar las fanfarrias de Clodovaldo Hernández, otro periodista que camina, mientras calienta para trotar por el cortafuego; (qué difícil es no usar el lugar común de la gota gorda, pero así se suda mientras se perfora).
Cuando se saca la primera muestra, hay una especie de rueda de pescao. Muchas miradas mirando cómo es esa tierra por dentro, si sirve para que no demuelan el edificio, si se puede construir esto o aquello.
“Eso es relleno”, dice Gómez. Estamos en Ciudad Caribia, otra vez. Un paraguas de esos que venden a la salida del Metro sirve de sombrilla a Gómez, que sigue teniendo ochenta y ocho años. Los domingos, usa una pijama de aquellas que sólo usan los geólogos de ochenta y ocho años que siguen supervisando las perforaciones.
De andar lento, su forma de conducir es un tanto dispersa; alguno de sus hijos, ingenieros también, de vez en cuando agarran el volante.
Machuca, el operador que escucha heavy metal, también trabaja con sus hijos operando la maquinaria pesada que perfora los suelos para estudiarlos después.
El suelo visto para construir. Hay otro suelo, una tierra que dicen que es para sembrar. “La licuadora es para licuar y la lavadora para lavar”, chalequean los amigos del campesino rap que anda cantando que la tierra es pa' sembrá.
Eso fue en Lomas del Medio, como si fueras para Kurumba, pero por otro lado.
La máquina que perfora se mueve en un camión que es de una fundación. Los machucas, los Gómez, los conuqueros, las acupunturistas, Carlos Chacón cantando en familia, la Feria Conuquera en luna menguante, esperando el primer sábado de aquel mes.
POR GUSTAVO MÉRIDA • @gusmerida1
FOTOGRAFÍA NATHAN RAMÍREZ • @nathanfoto_art
