09/10/26.
Dicen que la distancia es el olvido,
pero yo no concibo esa razón,
porque yo seguiré siendo el cautivo…
"La barca" (Roberto Cantoral)
Es difícil desvincular la dramaturgia del olvido. Pensamos en Rodolfo Santana y nos salta Luis, el personaje de El Animador que se ha olvidado hasta de sí mismo. El rey Lear, que tragado por su vanidad olvida su ethos y se traiciona a sí mismo. Buenaventura Chatarra, de Rengifo, donde la estructura social convierte a un ser humano en un objeto de sus costumbres y sus creencias, hasta que termina siendo tratado como le fueron conformando la vida desde siempre. El confidente, de Gilberto Pinto, con el olvido anclado en la memoria política, no solo del personaje central sino del espectador.
¡No me lo nombres!, podría decir cualquier personaje de cualquier pieza en cualquier momento de la historia. No quiere escuchar porque quiere olvidar. Pero sigue allí...
Poner ejemplos es un atentado contra la afirmación de la primera línea de este texto que propone una relación universal de la dramaturgia con el olvido, pero estas piezas que no lograron escapar de la memoria sirven para dar cuenta de la manera cómo opera el olvido en la escritura teatral.
El olvido, además, se vuelve alimento del hecho teatral en todas las aristas que componen el oficio. Pareciera que de las expresiones artísticas la que más asoma la necesidad de la memoria es el teatro.
Las cosas mínimas de la cotidianidad hasta las grandes manifestaciones históricas se desenvuelven en un conflicto que aparece de manera pendular, aunque no con una periodicidad constante, pero si permanente. El olvido y el recuerdo, son las dos puntas de esa cuerda que es la memoria. Olvidamos cuando ya no interesa, cuando desvían la atención, cuando hay otras prioridades, cuando olvidar alivia el miedo, cuando cuesta entender o no queremos hacerlo. Olvidar no significa desalojar, significa esconder, disimular, superar sus consecuencias anímicas, afectivas, dolorosas. Todas las experiencias siguen allí y se expresan cada día.
Cualquier acontecimiento diario, sea un hecho social o personal, va a ser valorado y entendido por ese arsenal callado que acopian el olvido y el recuerdo. De esta manera podemos entender que toda obra teatral ha sido producto de esos valores, conceptos, miedos, intenciones, necesidad de exorcizar. Cada uno de esos aspectos conforman un andamiaje dinámico que subyace en nuestra mente. Así que el olvido expresa tanto como la remembranza. El olvido es un discurso que hay que atender.
¡No me lo nombres!, podría decir cualquier personaje de cualquier pieza en cualquier momento de la historia. No quiere escuchar porque quiere olvidar. Pero sigue allí, aunque no te lo nombren para que olvides.

POR RODOLFO PORRAS • porras.rodolfo@gmail.com
ILUSTRACIÓN JUSTO BLANCO • @justoblancoru
