09/10/26.
1.
Sin minimizar, ¿cómo se podría?, tanto dolor, tanta tristeza, tanta desolación, tanto horror, que dejó (sin dejar) el doble terremoto, maximizamos hoy por acá, una de las tantas marcas, por no llamarla huella, que queda de pie entre nosotras y nosotros, los sobrevivientes. Las conocemos con el nombre de grietas.
2.
Eran las tres o cuatro de la madrugada de uno de estos días terribles e inciertos. La puerta del apartamento abierta por si había que nuevamente salir corriendo. La luz del pasillo se mezclaba con la luz de la calle y teñía de tenue luz la sala ya convertida para siempre en habitación. Enfrente, la pesada biblioteca que sirvió de impedimento para que la pared, fracturada, cayera. Arriba de los libros salvavidas de Italo Calvino, Francis Ponge, Griselda Gambaro y Hans George Gadamer, entre muchos otros, una grieta de casi cinco centímetros acercaba, y acerca, a la sala lo que fue, y ya no, la cocina que quedaba al otro lado del apartamento.
3
De repente, en medio de esa penumbra, un ojo se asoma desde lo que era la cocina. Desde hace tiempo, nadie más, excepto mi persona, habita en el lugar. Entonces, ¿quién se asoma? ¿Quién espía? ¿Quién está del otro lado? Después de muchas noches de desvelo, en las cuales no dejó de percibirse el ojo intruso, llegué a una conclusión irrefutable: Es, soy, yo.
Ahora comprendo la prisa que hay en todos por arreglar las paredes rotas.

POR RUBÉN WISOTZKI • @rubenwisitzki
ILUSTRACIÓN ASTRID ARNAUDE • @loloentinta
