08/10/26.- El sábado 3 de octubre, Épale Ccs se sumergió en un evento sin precedentes de la moda caraqueña, estamos hablando de la primera edición de La Trapoteca. Para llegar nos metimos por un pasillo angosto, entre locales que venden de todo, y bajar unas escaleras. Abajo el sitio semi descubierto, techo alto de un lado, mesitas de madera, una barra donde despachan cerveza, luces cálidas que no pretenden nada. Es el Clandestino Bar, en el bulevar Panteón, justo frente a la Defensa Pública.
Este día el espacio presentaba otra cosa. Percheros. Ropa colgada, zapatos alineados, collares sobre una mesa, banderines de tela, y un pasillo improvisado que en un rato se convertiría en pasarela. Un cartel anuncia lo que está pasando. Acompáñanos en este recorrido por La Trapoteca, volumen 1.
Afuera llovió. Adentro nadie le para.
Mimi, la que hace los trueques
Mimi anda de un lado a otro, con esa energía de quien monta algo por primera vez y todavía no sabe si va a funcionar. Le pregunto cómo va la cosa y suelta una sonrisa antes de responder.
"Estamos bastante contentos, porque a pesar del estrés que trae la lluvia, de que ciertas cosas no salen como uno quiere, el ambiente está relajado. La gente ha sido muy colaborativa y se han hecho muchos trueques exitosos".
¿Y qué es un trueque exitoso? Me lo explica sin drama: "Hay personas que han traído seis piezas y se llevan seis piezas. Para nosotros eso es un trueque exitoso".
Así funciona esto. No hay stands con formularios ni colas para pagar. Hay ropa que circula y gente que se va con algo distinto a lo que llegó.
Sheila nos habla de la red
Sheila es otra de las cabezas rotadas de La Hora del Trueque. Habla de Rudas Caracas como "el brazo ejecutor" y de la organización como una red donde nadie sobra.
"Todas hacemos. La que no hace manualidades, cose. La que no cose, cocina. La que no hace el café, sirve las mesas. Siempre buscamos esa comunicación en grupo para que todo salga bien".
Lo dice sin grandilocuencia, como quien constata algo obvio. Aquí no hay divas ni figuritas. Hay manos.
Alejandra Díaz, ella revela un acto político
Alejandra Díaz habla con una claridad que sorprende en medio del bullicio. Se le nota que ha pensado esto mil veces.
"Nosotros somos un grupo cien por ciento autogestionado. Queremos ser ese brazo que ayude a más personas a llegar a ciertos públicos. No es un evento por un evento: es un evento con propósito".
Le pregunto si esto es político. No titubea. "Nosotros sabemos que la moda es política. El arte es política. Todo son acciones políticas que hacemos dentro de la sociedad, orientadas a que sea algo bueno para todas y todos". Y aclara rápido, para que no se malinterprete: "La política es un hecho social", no un partido.
¿Y la política de La Trapoteca? "Beneficiar a todos. Que todos se lleven una experiencia bonita, que gocen de la buena cultura, que tengan un espacio para aprender qué es la moda sustentable. Y que eso trascienda. Que no se quede en 'mira, modifiqué este pantalón, chévere'. También puedes vivir de eso. También puedes cubrir tus necesidades con lo que creas".
Valkiria explica qué es pertenecer a Rudas
Valkiria anda entre percheros, atendiendo a medio mundo desde su stand. Cuenta que la idea nació de Skyler, y de ahí salieron los intercambios, la economía circular, la moda sustentable. Después vino Rudas.
Y aquí viene el dato que casi nadie sabe: "La gente piensa que Rudas es de rudeza, de fuerza violenta. Y no. Es la ruda, la planta sanadora".
Porque Rudas no es solo un colectivo de moda. Es, dice Valkiria, "el abrazo, la hermandad, el escucharte". Llegan mujeres, llegan caballeros, y salen reconfortados. Su mesa tiene accesorios, ropa de primera, second hand en excelente estado, y prendas intervenidas. A eso le dicen upcycling: agarrar lo que alguien iba a botar y transformarlo. "Le alzamos el valor a la prenda, artesanal, personalizado, y le colocamos el gusto de la persona también".
Skyler Blanco, la idea que empezó todo
Y al final aparece Skyler Blanco, la fundadora. La que un día se sentó a crear y de ahí salió todo esto. A pesar de lo absorbente que puede resultar el manejo organizativo, habla despacio, como quien ya ha contado esta historia muchas veces y no le molesta contarla otra vez.
"Formo parte de la organización La Hora del Trueque y conjuntamente Rudas Caracas. La Hora del Trueque es un espacio de intercambio sin dinero que se hace aproximadamente desde hace dieciocho años. Rudas Caracas es el brazo ejecutor, el brazo de producción".
Dieciocho años. Casi dos décadas de gente intercambiando ropa sin que medie un bolívar. Eso no es una tendencia importada: es una práctica con cuerpo, memoria y callo.
"Tenemos La Trapoteca volumen 1 hoy aquí, en Clandestino Bar, mostrando diez emprendimientos: marcas locales, marcas de second hand, marcas de artesanía, gente que hace sus comidas, que hace su indumentaria. Y también invitamos a dos diseñadores venezolanos llamados Cloud y Ash, que trabajan la intervención de prendas y fortalecen el diseño local y el diseño alternativo para una moda más parecida a nosotros".
Esa frase —"una moda más parecida a nosotros"— es la clave de todo. Porque aquí no se trata sólo de reusar. Se trata de verse reflejado.
Skyler va más al fondo. "Somos una red de apoyo para todas las mujeres y todas las personas que necesiten un espacio para hacer, para crear. Este es un espacio pensado en esas personas que han pasado por algún evento negativo, algún evento traumático. Y también somos profundamente una comunidad LGBTIQ+, somos diversos". Por eso, cuando habla de moda alternativa, no habla de estética. Habla de dignidad. "Que la moda sea reflejo de quiénes somos y no lo que estamos acostumbrados a ver en una vitrina, en una televisión".
Y después viene el dato que cambia la conversación. "La industria de la moda es la segunda más contaminante del mundo. Lo que proponemos aquí es que desde lo que ya tenemos podemos vestirnos, podemos hacer muchas cosas. Sólo tenemos que tener la oportunidad y la creatividad".
Sus recomendaciones son concretas: comprar en second hand. Y cuando se compre algo nuevo, leer la etiqueta. "Dónde fue hecha tu prenda, de qué material está hecha, de cuánto por ciento. Porque hay marcas de ultra fast fashion cuya manufactura es barata, y cuando ves las etiquetas te das cuenta de que vienen de Bangladesh, un lugar sumamente pobre donde se explota la mano de obra".
Tres preguntas antes de comprar: ¿esta prenda realmente la necesito? ¿Tiene funcionalidad? ¿Quién hizo mi prenda?
Más de lo que se vino
A las seis y veintiuno de la tarde, con la lluvia ya calmada, empieza la pasarela. Dos diseñadores jóvenes presentan propuestas de upcycling. Y más tarde llega La Brava, DJ y colega de la comunidad LGBTIQ+, que puso música en la Marcha del Orgullo del año pasado y fue vestida por la diseñadora venezolana Carla Tovar, de la marca Two One Change.
El evento arrancó a las tres de la tarde y siguió hasta las once de la noche. "El local se nos quedó pequeño", dice Skyler, y se le nota la satisfacción.
La ropa tiene memoria
Hay algo que se repite esta tarde y que no es un eslogan. Alguien me lo dice casi al oído, entre el ruido: "Hay personas que incluso te narran lo que vivieron. El día del cateo, el día que me sonó el viento, el día que me dejó la novia con esta camisa. Toda la ropa tiene una historia".
Eso es lo que se intercambia aquí. No telas. Memorias. Una camisa que fue de un día malo puede ser el abrigo de un día bueno para otra persona.
Afuera siguió lloviznando. Adentro, alguien se prueba una prenda en un baño, se mira, se sonríe, y decide que sí. No la compró. La trocó.
