23/10/26. En Caracas, el ruido de una moto puede alterar la paciencia de un perro. Miguel Márquez, etólogo y adiestrador canino trabaja para que los tutores y las tutoras entiendan por qué su mascota “reacciona como reacciona”. Porque el problema casi nunca es el perro, sino lo que no sabemos leer de él.
En Caracas, una ciudad que camina a un ritmo que no disimula, la educación canina se traduce en aprender a leer al otro y una mejor convivencia en las calles.
En una jornada de aprendizaje en la Concha Acústica de Bello Monte, conversamos con Márquez, que nos contó que comenzó como un tutor convencional. Tenía a Draco, un perro con “un talento diferente, una capacidad cognitiva un poco mayor que otros perros que había visto”. Escuchó que en el parque Los Caobos había escuelas caninas y se fue con él. Ahí conoció a su mentor, Osi Pérez, y a Richard Pino, dueño de la escuela. Empezó yendo todos los domingos a las clases grupales, aprendiendo de él y formando a su perro al mismo tiempo.
Hasta que Pérez le dijo que en Venezuela hacía falta un etólogo. Miguel estudió la carrera en la Escuela de liderazgo (LBS), en España. Desde entonces, el adiestramiento, para él, ya no es lo mismo.
Adiestrar no es lo mismo que comprender
Miguel insiste en la diferencia que existe entre el adiestramiento canino y comprender el comportamiento y necesidades de nuestras mascotas. Explicó que adiestrar “es simplemente ordenanzas y comandos que nosotros hacemos que cumpla el perro y el perro recibe un refuerzo positivo”. En cambio, aplicando la etología canina, “reconocemos los principios, los orígenes, el comportamiento y todas las estructuras comportamentales del perro”.
Aplicado al perro, eso significa trabajar con contracondicionamiento, habituación y desensibilización sistemática, en lugar de métodos aversivos. “Corregimos al perro, pero lo podemos hacer comprendiendo cuáles han sido sus experiencias, sus traumas, cuál es su función zootécnica como raza y también la que ha desarrollado por sus propias experiencias”, detalló.
La ciudad contra sus orígenes: la preparación es la clave
Miguel nos recordó que antes de sacar a pasear a nuestros perritos debemos tener en cuenta que estos animales están fuera de su hábitat natural y “los metemos en un ambiente de contaminación visual, sónica y de olores”.
Los perros son dicromáticos, pero su capacidad para detectar movimiento es mucho más amplia que la nuestra. Escuchan entre 40.000 y 67.000 hertz, mientras nosotros apenas llegamos a 20.000 hertz. Y tienen entre 300 y 500 millones de receptores en sus bulbos olfativos, frente a los cinco millones del ser humano.
“Te puedes imaginar la diferencia de cómo ellos perciben el mundo a cómo nosotros lo percibimos”, señaló Márquez. Por eso, Miguel señaló que antes de elegir un nuevo compañero peludo debemos hacernos estas preguntas: “¿Qué tipo de vida tengo y qué estilo de persona soy?”.
Si vamos a tener un perro grande, de trabajo, de alto poder, necesitamos la condición física para sostenerlo. Mientras que un perro pequeño tiene “las mismas condiciones biológicas”, requieren cuidados, paseos diarios, compañía y otras necesidades.
La ciudad y sus excesos
Para que los perros se adapten a una ciudad como Caracas, Miguel aplica tres métodos etológicos.
- La habituación: que el perro permanezca en un sitio sin reacción aversiva ante los estímulos.
- La desensibilización sistemática: acercarse progresivamente al estímulo, a una distancia donde el perro pueda analizar y comprender. “Retroceder en distancia no quiere decir que estamos retrocediendo en el proceso, sino que le estamos dando el espacio al perro para que él pueda comprender”.
- El contracondicionamiento: redirigir su atención con refuerzo positivo: su bolso de premios, una ancla, una palabra, un stop, y volver al sitio en calma.
La polémica del Metro
Para Miguel, no es correcto meter un perro en el Metro de Caracas porque “es una estructura totalmente antinatural para el animal”, hacinada de humanos con conductas erráticas. Sólo deberían hacerlo perros con carnet de buena conducta, evaluación con etólogo y un nivel de tolerancia importante, como los perros de servicio y asistencia, que tienen credenciales. Sentencia algo que aplica a media ciudad: muchos espacios no son pet friendly “aunque tengan el cartelito”. Esto se debe, dijo Miguel, a la falta de una estructura adecuada para los animales.
En ese sentido, aclaró que la socialización canina no es la hiperinteracción ni sobreestimulación del perro. “La socialización es el estado de equilibrio de calma que tenga el perro delante de todos los estímulos: máquinas, olores, voces de personas, presencia de otros animales”, precisó. De esa forma, al momento de pasear, tanto el tutor y el perro como peatones que pasen a su lado, estarán seguros del buen comportamiento y de evitar señales erráticas que causen incidentes.
El tutor o la tutora también se adiestra
Miguel trabaja en la consolidación de la escuela DSL Can School que pronto tendrá sede en El Hatillo. Mientras lo logra, visita a sus estudiantes a domicilio. No por comodidad, sino que para él es importante resolver los problemas desde casa, “porque realmente desde ahí es donde viene todo. La educación se trabaja desde casa”, precisó.
Su enfoque es antrozoológico, que significa que los perros viven con humanos, y muchas veces el perro “está siendo un espejo de lo que está pasando en el núcleo familiar multiespecie”, detalló Miguel. Los seres más conscientes de esa relación somos nosotros. Cuando el tutor o la tutora comprende la conducta del perro, baja la ansiedad de querer cambiar algo que es natural, y entonces el perro cambia también.
Por eso el cuidador o la cuidadora debe estar en clase y, de esa manera, reconocer qué requiere su perro, porque ya es parte de su núcleo o es como un familiar más al que debe entender.
Clases grupales: la opción más económica
Para quienes tienen pocos recursos, la opción son las clases grupales en el parque Los Caobos o el parque El Calvario, los sábados y domingos. Duran de tres a cuatro horas, se limitan a diez perros y cuestan 10 dólares (15 si es un entrenamiento más avanzado). Ahí los perros socializan, trabajan en conjunto, permanecen en el sitio y se habitúan a personas, otros perros y ruidos externos a la escuela.
“Para mí las clases grupales son las más importantes, pero son las que los tutores menos eligen. Prefieren la comodidad de que vaya al sitio”, lamentó. Las convocatorias se hacen por WhatsApp, en los grupos que ya tiene registrados con participantes de jornadas anteriores.
Criollitos o con pedigrís: todos merecen educación
Cuando termina la conversación, pienso en los perros criollos, el cacri, el caramelo. Miguel confirmó que las instituciones reguladoras de caninos de Latinoamérica ya los reconocen como una raza, y “todos merecen educación, todos tienen derecho a la educación”.
En Caracas, una ciudad que camina a un ritmo que no disimula, la educación canina se traduce en aprender a leer al otro y una mejor convivencia en las calles. Mientras ellos caminan en cuatro patas, con el corazón acelerado por el ruido de una moto, el grito de unos niños, o la bullaranga del vecino, nosotros no escuchamos sus necesidades.
Gracias a personas como Miguel, es posible entenderlos a pesar de que no emitan palabras. Es posible leer sus miradas que enternecen, mientras que ellos nos retribuyen enseñándonos a amar.
POR SARAH ESPINOZA MÁRQUEZ • @sarah.spnz
FOTOGRAFÍA YARITZA CANTO • @yariyama
