31/10/26. “El cantor es la negación del ídolo y no me gustaría serlo. El ídolo cae primero que el hombre”, advirtió alguna vez Alí Primera. En esa sentencia se cifra el peso de una vida que rehusó la vanidad del bronce.
Alí edificó una obra pedagógica de dignidad inquebrantable, adoptada luego como estandarte de la Canción Necesaria. Sobrevivió a la miseria, a la censura y a la persecución.
La capital venezolana, que levantó plazas, paseos y esas estatuas que a menudo fungen de solemnes monumentos al olvido, fue la misma Babel de lenguas vivas que lo recibió en 1960. Llegaba un muchacho de dieciocho años a culminar el bachillerato, a cobijarse en una pensión de Truco a Balconcito, entre las parroquias Altagracia y La Pastora, compartiendo techo con cubanos, peruanos, colombianos y paisanos corianos. Allí donde el hambre mordía a destajo y donde, al demoler la casa para abrir paso a la avenida Baralt, los obreros desenterraron una bolsa de morocotas de la que a ellos no les tocó una sola brizna. En ese piélago urbano el canto de Alí maduró en resistencia y arraigo, clavándose sin intermediarios en la memoria colectiva.
Esa voz no brotó de la nada; venía ungida por la tierra y el afecto. Su dimensión humana y creadora, analizada con hondura por la periodista y militante María Mercedes Cobo, revela a un hombre que hizo de la canción un instrumento de pensamiento y belleza. Para su tesis de grado en la Universidad Bicentenaria de Aragua, Cobo descifró veintidós de sus piezas frente al estupor académico de su entorno. Vio con claridad que Alí no recitaba manifiestos: edificaba una trinchera común donde el petróleo y la soberanía pertenecían a los desposeídos, al tiempo que dejaba al descubierto una ternura diáfana. En piezas como Frutal el amor, Cuando nombro la poesía, Lunerito o La piel de mi niña huele a caramelo, el cantor resguardaba la infancia y el amor como territorios sagrados. Un centinela de la ternura y la justicia que, por incómodo y veraz, habitó siempre bajo la sombra del asedio político y el rencor de quienes acariciaban la idea de su silencio.
Su andar había comenzado en Coro el 31 de octubre de 1941, sexto entre once hermanos, nacido en una maternidad falconiana y apartado del parto tradicional de su abuela Mama Pancha. Desde ese origen humilde hasta convertirse en el pulso musical más hondo de la Venezuela del siglo XX, Alí edificó una obra pedagógica de dignidad inquebrantable, adoptada luego como estandarte de la Canción Necesaria. Sobrevivió a la miseria, a la censura y a la persecución.
“Poco antes de las 3:00 de la madrugada del sábado 16 de febrero de 1985, Alí Primera salió del estudio en La Guaira (ciudad costera, a 18 kilómetros de Caracas) donde grababa su disco número 16, titulado Por si no lo sabía, con dirección a su departamento. Conducía una camioneta Wagoneer (matrícula ASV-523), por la autopista Valle-Coche, una de las más importantes arterias viales de la capital venezolana. A esa misma hora, el joven Ítalo Américo Silva Velásquez (de 19 años) regresaba de una fiesta en Los Teques, una ciudad que dista 30 kilómetros de Caracas, conduciendo un automóvil marca Ford. Había consumido alcohol y se desplazaba con exceso de velocidad. Silva perdió el control de su vehículo, voló sobre la barrera que divide ambos tramos de la autopista y chocó de frente con el vehículo de Alí Primera.” Así lo narró el periodista Ernesto Navarro en una crónica brutal para el canal digital RT.
Resulta doblemente inexplicable que un hombre asediado por tempestades políticas muera despojado de cualquier épica, a merced de una coincidencia torpe sobre el pavimento. La mente humana, urgida de sentido, engendra la “conspiranoia” para esquivar la herida del absurdo.
Uno se resiste a creer que la existencia penda del albur ciego de la casualidad; que la partida de quienes conmueven a un pueblo no revista la majestad de su obra, sino la aridez de un impacto fortuito. Si un destino rige nuestros pasos, su indiferencia roza la crueldad: apagar un volcán de música y conciencia no con el rigor de una causa trascendente, sino con la intempestiva torpeza de la nada.
El sábado habría cumplido 85 años. Seguramente sería un abuelo ñángara, de esos que agotan la vida soñando imposibles.

POR MARLON ZAMBRANO • @zar_lon
ILUSTRACIÓN ASTRID ARNAUDE • @loloentinta
