En lo alto de Valle Alegre, parroquia La Vega, hay un terreno que no parece de ciudad. Hay matas de aguacate, mango, café, yuca, ñame, limón, caña y caraotas. Hay un cochiquero con cerdos que Jesús Sánchez cría con esmero. Y hay un niño de seis años, su nieto Jadiel, que agarra los cochinitos sin miedo y se los pone a la teta de la marrana. Ese es el conuco Lismary, nombrado así en honor a una de sus nietas. Y esa escena, más que cualquier discurso, es la prueba de que la agricultura urbana no es una utopía.
Jesús nos guió por el espacio. Habló de semillas, de transgénicos, de la organización vecinal, de lo que fue y de lo que podría volver a ser. Estas son sus palabras.
1. ¿Cuándo y cómo nació el conuco Lismary en Valle Alegre, y qué pasó en los años en que dejaron de sembrar?
Esto fue entre 2003 y 2005. Nosotros teníamos un plan y muchos vecinos se anexaron a esa tarea. Hicimos talleres de criar pollos, de cultivar la tierra, de cómo cultivarla. Sembramos todas estas riberas. Se sembró maíz en ese tiempo en mayo. Muchas personas nos unimos en esa tarea.
Pero en 2020 llevábamos como seis años sin cultivar. En 2021 había una situación bastante irregular: había gente armada por ahí que disparaba a los que estábamos sembrando. Nosotros, la mayoría, lo veíamos como peligroso. Ya eso se acabó, pero ahora tenemos otro problema: cuando uno deja que el monte crezca, después volver a limpiar es bastante pesado. Pero ahí vamos, aprovechando. Tengo café, tengo mango, tengo aguacate, tengo caña, tengo orégano, tengo varias plantas medicinales también.
2. ¿Qué cultivos y qué animales tiene hoy el conuco, y cómo se consumen o se comparten dentro de la comunidad?
En el huerto agrícola familiar de Lismary cultivamos aguacate, mango, café, yuca, ñame, jaca, limón, caña. Varios rubros. Y todo eso lo consumimos nosotros. También tenemos maíz amarillo y maíz blanco, caraota negra y caraota blanca. Hay una pepa blanca grandota que se cosecha, se tuesta y se muele como chocolate. Tenemos también habas. Y en cuanto a animales, tenemos los cochinos.
Lo que producimos lo compartimos. Yo vendo barato, económico. Cuando sacrificamos, no es que haya una venta a otro precio: somos vecinos, somos comunidad. Aquí lo que cultivamos es para que la gente tenga su alimento.
3. ¿Qué es un banco de semillas y cómo funciona el que tienen en Valle Alegre?
El banco de semillas es el sitio que se hace en las comunidades donde cada quien aporta una semilla y la tiene como en un almacén, un sitio donde pueda guardarla. A nosotros nos enseñaron a guardar las semillas por lo menos seis meses, un año. Hay semillas que duran mucho.
Yo tenía un maíz morado aquí. Me regalaron siete granitos y nacieron seis plantas. Eso producía bastante, 40 kilos, 20 kilos. Ese es el banco: uno guarda, reproduce y comparte. Yo tengo la buena fe de que con otros productores en Antímano, en Las Adjuntas, en Catia, colaboramos con la gente. Ellos colaboran conmigo y yo con ellos. Hay una red más amplia de lo que parece.
4. ¿Por qué prefiere la semilla originaria frente a la transgénica y la certificada, y qué peligros les ve a las dos últimas?
Yo recomiendo la originaria, la que nosotros producimos y guardamos. Hay diferencia entre una producción transgénica, una semilla certificada y una semilla originaria: son tres tipos de productos distintos.
La transgénica está saliendo con un fruto que no trae semillas. Es un monopolio que lo tiene una empresa, y si usted quiere una matica tiene que comprarla ya formada. Le va a mantener frutos, pero sin semillas. Eso es un peligro, porque usted queda amarrado a comprarle siempre a ellos. Y hay un alimento que quema la tierra, que quema el árbol: el glifosato. Eso va dañando el suelo.
La semilla certificada también se vence rápido. Parece que le echan algo químico para mantenerla, y ese algo hace daño. En cambio, la que nosotros tenemos, la originaria, no se vence. Usted la guarda y sirve. Por eso yo le regalo a la gente semillas de limón, de aguacate, para que siembren.
5. ¿Cómo se organizaron los productores de Valle Alegre para pedir apoyo, y qué respuesta recibieron de los consejos comunales y de las autoridades?
Nosotros tenemos un grupo de productores asociados. Éramos seis o siete los primeros que nos propusimos, entre ellos: Jean Pineda, Marvin Pérez, y otros que no recuerdo los nombres ahorita. Nos reunimos, vimos los nombres, los teléfonos, e hicimos un escrito a los consejos comunales, a la autoridad, al Gobierno. Firmado y aprobado por el consejo. Se lo llevamos, lo leyeron, les pareció bien, pusieron sus firmas, su teléfono, su dirección. Hay cuatro consejos comunales que aprobaron ese proyecto.
Ahí le decíamos a la autoridad que necesitábamos apoyo. Porque una cosa es que yo vaya a un quiosco a comprar plantas, y otra es que tengamos un programa. Nosotros no pedimos que nos den todo: pedimos que nos faciliten. Por ejemplo, la semilla: que no nos la vendan a un precio que no podamos pagar. Hay gente que puede pagar y hay gente que no. Si nos comprometemos a pagar, que sea como crédito. Y también herramientas: pala, pico, rastrillo. Porque aquí hay adultos mayores con capacidad de trabajar que estamos en condiciones de hacerlo.
6. ¿Qué tipo de acompañamiento recibían antes del Estado y qué necesitan hoy para volver a producir en serio?
Antes nosotros teníamos un contacto permanente. Venían los técnicos del Ciara, del Ministerio de Agricultura. Venían a la casita, me decían cómo se sembraba esto, cómo se cuidaba. Yo fui aprendiendo con ellos. Aquí en La Vega nos asistía el Ciara y el Ministerio de Agricultura.
Pero eso ha decaído un poco, porque no hay semillas, no hay herramientas. Lo que necesitamos es que vuelvan los técnicos. Que supervisen al que le dieron recursos hace tres o cuatro años, que pregunten qué pasó, qué está haciendo. No para pelear, sino para que nos informen. Yo voy a sembrar una caña, aquí está la caña, estoy trabajando. Para recuperar esa buena fe que teníamos antes con las instituciones. El técnico que llegue aquí es bienvenido, de donde venga.
7. ¿Cómo se crían cerdos en un espacio urbano, qué dificultades impone la norma y cómo logra convivir con los vecinos?
Los cochinos necesitan mucho tiempo: el desayuno, los baños, los lavados. Hay que bajar a montarles la olla, poner las bagazolas. Yo no acostumbro a prender la cocina e irme: me quedo ahí, porque es peligroso. Les doy frijoles, harina amarilla, harina blanca, espagueti, arroz, conchas de verduras bien limpias, toda la comida cocida, con su punta de sal y orégano. Comen sabroso. Hay que desparasitarlos, vacunarlos, ponerles hierro a los pequeñitos.
Pero hay un problema. Salió un comunicado que dice que la gente no puede criar cochino en la ciudad. ¿Cómo es posible que un ministro que nunca sembró nada, que toda la vida ha tenido para comprar, no permita que cualquier persona como Sánchez tenga un cochino en su casa? Estamos escasos de alimentos. Yo sé que afecta, pero mientras tanto aquí tengo mis cochinos, que no molestan. Se puede criar sin molestar al vecino, pero hace falta orientación sobre cómo hacerlo. Y esa gente que hizo el decreto debería identificar y pensar que hace falta comida en nuestro país.
8. ¿Cómo se transmite el conocimiento a las nuevas generaciones, y qué papel juega Jadiel, su nieto de seis años, en esa dinámica?
Yo tengo mis nietos. Tengo fotos donde está el cochinito naciendo y mi nieto poniéndolo a la teta. Mi hija les corta los ombligos y se los pasa al hijo de ella, que es mi nietico, que tiene seis añitos. Él lo agarra sin asco, sin miedo, y se lo pone a la teta a la mamá. Si él se suelta, lo vuelve a la teta. Aquí no domina el miedo.
Eso ayuda a que los niños agarren amor por la agricultura, a nivel familiar y comunal. Mi nieto Jadiel tiene su aguacate, que va a ver allá arriba. Es mío desde chiquitito. Él guarda su fruto y también lo cultiva. Así vamos aprendiendo.
Yo quisiera que los demás productores también hagan lo mismo con sus hijos y familiares, para que ellos vayan con los bebés. Lo había planteado en la dirección del colegio: tratar de llegar a los niños con respecto a la siembra, para que la escuela sea un centro para eso. Ojalá pudiéramos aprovecharlo.
9. ¿Por qué sembrar en la ciudad es, según su experiencia, un acto revolucionario?
Hemos sembrado siempre. Pero el señor Hugo Chávez nos dijo: cultiven, por favor. Y hicimos caso. Siempre se cultivaba en la ciudad, lo que pasa es que con Chávez hubo participación masiva del pueblo, con los programas, con la enseñanza en el campo.
Pero más allá de la actividad política, humanamente es un acto que rompe con el sistema. Es un acto que ojalá lo sigamos, para que tengamos la producción que queremos. Ahí podemos enseñarle a la señora, enseñarle al público, al pueblo. Que sepa que estamos con él.
Los beneficios de la agricultura son que usted tiene su propio alimento, y lo consume como usted quiera, cuando usted quiera. Ese es el beneficio. Y para nuestros descendientes: ellos deberían motivarse, pero el niño se motiva con la compañía de los representantes. Si el papá, el abuelo, el tío lo motivan, ese va a sembrar. Como sembré yo, como sembrará mi nieto, como sembró mi esposa.
