El capitalismo es una pura religión de culto, quizás la más extrema que jamás haya existido.
Walter Benjamin
tal vez no exista mayor espejismo en la vida cotidiana urbana contemporánea que el ofrecido por la exhibición de productos “de moda” ante la enorme desigualdad de las clases sociales que pueblan el mal denominado “tercer mundo”, bajo la racionalidad “periférica” que caracteriza a sus élites económicas, muchas veces parasitarias del desgaste humano de las mayorías.
Basta con caminar por algunas ciudades como Bogotá, lima, buenos aires, río de janeiro o caracas, para darse cuenta de las extremas condiciones en que sobreviven las mayorías, lo que fanon y compañía denominaron “los condenados de la tierra”, cuya traducción más efectiva sería “desterrados”.
Difícil no escapar de esta categoría quien a pesar de haber estado formándose a nivel universitario y avanzando en “los niveles” respectivos que exige la academia -y también la sociedad-, difícilmente puede darse el lujo de lo que ostentan las vitrinas de los aclamados centros comerciales…
Uno de esos son, evidentemente, hay que decirlo, nuevos equipos tecnológicos, un buen calzado, una buena ropa, pero también con sus respectiva dosis publicitaria, los no tan sanos productos de grandes cadenas de alimentos, de bebidas y de aseo personal que exhiben y que en nada tienen que ver con nuestras tradiciones –más allá de esa tremenda aberración llamada “casabe gourmet” cotizada en las más caras de las monedas extranjeras y que muy seguramente en nada beneficia a los productores originarios.
Nos referimos aquí, por ejemplo, a la proliferación de los llamados “bodegones” que reinan en las principales ciudades del país, en los cuales, vuelvo a insistir, sólo acude una minoría, una que evidentemente no vive del salario que perciben “los comunes” ni mucho menos de los “bonos de la patria”, aunque los reciban mensualmente, al igual que la bolsa del clap.
Así, se nos pide en esta oportunidad responder a la pregunta: ¿son muestra de un crecimiento económico estos “bodegones”?
Ante lo cual sólo puedo responder: ¿crecimiento de quién?
Porque evidentemente no es de nosotros, el pueblo, la mayoría que debe acudir a un supermercado chino –que me parece que han proliferado mucho más que tales “bodegones”-, para ver cuál nos vende lo más prioritario para nuestra sobrevivencia, lo cual, de manera indispensable, debemos completar, en la medida de lo posible, acudiendo al mercado mayor de coche para realizar nuestro peregrinaje, sorteando la excesiva especulación, porque todavía no entendemos cómo en un solo pasillo encontramos diferencias de precios que pueden hasta triplicarse en menos de dos pasos.
Y ahí, en medio del recorrido, nos damos cuenta, entre otros aspectos, por si fuera poco que si pagas en efectivo en divisas, tiene un precio, si pagas con tarjeta de debido tiene otro y si pagas en efectivo en bolívares tienes otro más.
¿Qué es esto si no la más cruda sobrevivencia? ¿a quién se le ocurre decir que la proliferación de bodegones es un indicador del crecimiento económico? esto no es más que una ficción para bobos, de gente empeñada en hacernos creer que existe crecimiento económico sólo porque ve en televisión una “realidad” que en nada coincide con la vivencia de las mayorías, o bien, ve que “ahora tenemos más marcas en el mercado”, sí, claro, pero siempre vamos a buscar la más barata para ver si alcanzamos llegar a la próxima quincena.
Mientras tanto, sólo unas pocas familias alcanzan montar “su bodegón” y otro poco, generalmente del mismo círculo socioeconómico, se benefician de sus “promociones”. Lo cual, por cierto, no quiere decir que alguien “del común”, entre “para curiosear” y llevarse aunque sea una galleta, poner la pose de rigor y fingir una sonrisa paʹ la foto, porque después de todo, estamos en el país más feliz del mundo.
Benjamín Eduardo Martínez Hernández
@pasajero_2