30/09/26. Tengo en la mano, bueno, ahorita no, porque estoy justamente tecleando en una computadora en la redacción de Épale CCS, que no se sabe exactamente dónde está dentro de la redacción de Ciudad CCS.
Épale CCS fue la última gran revista dominical impresa de una ciudad que tuvo muchas... Hoy, como plataforma digital, Épale CCS mantiene su esencia: vibra con la calle...
Tenía en las manos el número 50 de la revista impresa Épale CCS, cuando se imprimía, que imprimida quedaba. Ese número celebraba el primer año de la publicación y se la dedicó al cine venezolano.
Carlos Cova, editor jefe de entonces, me manda un mensaje por wasap.
“Una columna que nadie lee”, solía decir, yo mismo, de Caminándola.
“Parece una revista de panas que se escriben entre ustedes”. Esa frase, parafraseada, es de Jorge Rodríguez, cuando era alcalde de esta ciudad.
Entonces hay que reconocer a las personas que la leen. Por eso del destino, las conozco a todas: a la correctora, que es nadadora de aguas abiertas: deja “wasap” así, por favor. A mi hermana, que de paso, dice que le gusta. A periodistas a quienes se las mando, usando la técnica de Carlos Angulo: La mando por wasap, espero que se cambien a azul los marcadores que indican que ya ha sido abierto el texto adjunto, mas no leído. Luego, como los tropiezo entre las esquinas de Gradillas a San Jacinto, o viceversa, les pregunto si leyeron.
Por supuesto, me dicen la verdad: “No”.
“Hazlo por lástima”, me dijo Carlos Angulo. “Lee el libro”. Y me copié el método. A veces funciona.
Carlos Cova, que tiene que leer porque se la voy a mandar por el mismo medio, propiedad de un tipo que también es dueño de los medios que usamos para comunicarnos, porque ya no se imprime. Otros dueños, otros medios. El señor me dice que volvamos a hacer la revista en PDF. Por el tono nostálgico, se ofreció a escribir una columna. Cuando el río suena…
Tengo, casi que en exclusiva, porque Iván Padilla-Bravo, el poeta, picó adelante, las fotos de las hojas de papel manuscritas escritas y leídas por Clodovaldo Hernández en la entrega del premio Simón Bolívar en periodismo.
Roderick es un personaje de la novela de Clodovaldo Hernández, Esa larga, infinita distancia. Él, seguro, no está en la lista de lectores o lectoras. Cosas de la época.
El principio
En ese número 50, el editorial se tituló “Nuestra película”, firmado por Mercedes Chacín, directora de entonces: “Hoy, cuando esto escribo, han pasado exactamente 366 días desde que salió a la calle el primer número de Épale CCS. Fue parida, como correspondía. Nació femenina, nació revista”.
Más adelante, Chacín afirma (porque afirmar, desplegar, aseverar, confirmar, etcétera y por supuesto, pare usted de contar, son “cosas que se pegan” en esto del periodismo) que “decir la verdad de una ciudad como Caracas no se hace con vaselina”.
Pum. Trece años después, Clodovaldo Hernández escribe y lee un texto a propósito del premio. “Desde hace muchos años, pero muy especialmente en los meses transcurridos de 2026, somos un país repleto de interrogantes. Y cuando aflora una interrogante, la función natural del periodismo es tratar de despejarla. A eso nos dedicamos y por eso somos incómodos para todos, incluso para quienes tenemos la absoluta voluntad de apoyar”.
“Y para todas”, agregaría Félix Gerardi, en sus palabras para la revista: Nos incluye a todos y a todas”. Gerardi, con quien caminar no se hace al ritmo de la Caracas escrita, sino retratada. “El retratero”, como también le gusta llamarse, le tomó una foto a su nieta usando una cámara. Eso lo hizo feliz, a Félix. La primera vez que se expone en la GAN una muestra fotográfica realizada con la cámara de un (o varios; la otra vez se le perdió uno en la playa) teléfono fue con este retratero, que además, cuando se va de una fiesta, dice que le den un pedazo de torta para su mamá, Ligia, y hasta donde sé, ella no puede comerla.
Pero si sé que Ligia me dice que comparta conmigo. La escucho claramente, como si estuviera dentro de aquella distancia.
No le den más torta a menos que esté conmigo.
El principio, ahora sí
La periodista, fundadora de Ciudad CCS, escribe una carta y la publica allí, por el año 2012.
En ese texto, certero, los coñazos recibidos por los motorizados fueron duros. Verdades desde una venezolana de a pie, que somos todos y todas, algunos más que otras, otras menos que los otros.
Motorizado desde antes, entonces y ahora, me senté en una computadora parecida a esta y le escribí una carta, diciendo algunas otras cosas sobre los motorizados.
La carta fue publicada, me corrigieron un error ortográfico que nunca olvido y después me invitaron a escribir en una revista que se estaba creando.
Escribí cebo, y era sebo.
¿Por qué hice eso? No lo sé. Sí lo sé. Después, saber de corrección es una de las mejores cosas que he aprendido. Un corrector, inolvidable, me quitó una coma en la primera frase de un texto que creí maravilloso y todo se arruinó.
Ya fue.
En el número 1, entrevisté a un pana de la adolescencia, que había caído en la piedra. Las fotos se perdieron, tuve que contactarlo de nuevo, repetirlas. Nos arrastramos por el suelo cerca de un barrio que ya no existe. A veces pregunto por él. Por mi pana, no por el barrio, donde vivía uno de los mejores basqueteros y en el que una vez, luego que le robaron la batería al carro de María Fernanda, busqué a la policía, me acompañaron un par de funcionarios con las armas desenfundadas y actitud de película, viendo para todos lados; luego, en un callejón, me dijeron: “Hasta aquí llegamos”.
Saltaperico
Es el nombre maravilloso que le dio Roberto Malaver, el periodista e internacionalista que escribe lo que le da la gana en su columna Memorias de un escuálido en decadencia, que uno lee y termina buscando el poema que declama Margot; Saltaperico, entonces, significa “persona inestable”, en Cuba, según el diccionario de la RAE. En Venezuela, se trata de atar un montón de triquitraquis y prenderlos y caminar saltando pa' llá y pa' cá.
Así no se puede leer tranquilo. Cada vez menos gente llega hasta aquí, lo que le convierte a usted, si es que existe, en un ser sin rostro.
Recuerden la lástima.
Estilo Saltaperico.
El camino
Después del “contenedor que te arrolla”, que es consumir piedra, la forma de hacer periodismo entonces transversalizó, como le gusta decir a los científicos, la cotidianidad. Reportajes, entrevistas, manchetas, editoriales, corrección, entrega, pautas, más pautas, viajes, pichones de sibarita, soberanías sexuales.
Se imprimía toda la revista antes de enviarla a la rotativa. Cuarenta páginas a color, portada de papel glasé.
Entonces, se encontraba un error, porque no se ven en pantalla, y había que repetir algún PDF.
Y salíamos más tarde, y la diseñadora nos miraba fijamente, y algunas veces sosteníamos la mirada y otras huíamos a la noche.
Cuando la cosa va por aquí, así, solo Clodovaldo puede salvarlo: me envía, por wasap otra vez, un texto exclusivo para esta revista. Hernández, quien por años estuvo al frente de Trota CCS, una columna para sudarla, camina desde su hogar hasta su trabajo. Cuando toca, tengo el privilegio de acompañarle. Por el “tono” que tiene el texto, pareciera escrito en el parque Los Caobos: “Épale CCS fue la última gran revista dominical impresa de una ciudad que tuvo muchas, alguna de ellas de excelente calidad y otras… bueno, no tanto. Su atributo fundamental, en esa etapa de palabra e imagen impresas en papel, fue ser la hermana menor, bella e irreverente, del periódico Ciudad CCS, que irrumpió en el escenario comunicacional unos años antes, para dar el combate en la incesante guerra informativa a la que hemos estado sometidos (y sometidas) durante todo el siglo. Hoy, como plataforma digital, Épale CCS mantiene su esencia: vibra con la calle, resuena con la gente, ríe y llora con quienes hay que hacerlo. Ya no tiene esa sustancia propia de las revistas, ese contacto tan inigualable con el papel, pero sigue siendo uno de esos platos especiales con los que provoca darse un gusto”.
Colofón
“Te falta el colofón”, me dijo un editor con ganas de angustiar porque, en el fondo (estuve a punto de escribir fondo editorial, pero no tiene nada que ver), de las angustias se trata.
El siquiatra, a quien entrevisté en una moto en medio de su campaña para alcalde, prometió escribir un cuento para la revista; quizá cuando se imprima otra vez, él tenga cosas interesantes que contar.
Por eso de los panas, me encuentro a algunas y a uno, cerca de un conocido local del centro de la ciudad. Malú Rengifo, con su hija Sol, creadora del Recetario del Pela Bola (Malú, no Sol, que hace una muecas increíbles que sólo su mamá puede imitar); Nathalí Gómez, periodista del Rumor de la Bolas y Reinaldo González D., asesor editorial de entonces.
Enciendo el grabador del teléfono y rememoran, sonríen, aclaran (“Realmente no fue una imposición esa portada del primer número; era la que correspondía”) dice González, un fundamentalista del tequeño. “Una amiga que trabajó en ese número me dijo, y cuando vi la portada, me gustó”. Desde entonces y hasta el Diplomado de Periodismo Científico, Nathalí Gómez ha estado sonriéndole a la crónica. La he visto. Adentro del conocidísimo local, otra escritora que por allí pasó, compadre, Ana Cristina Bracho, cuando lea, si es que lee, pudiera decir algo de esta revista.
Además, es abogada.
POR GUSTAVO MÉRIDA • @gusmerida1
FOTOGRAFÍA NATHAN RAMÍREZ • @nathanfoto_art / JUSTO BLANCO RUIZ • @justoblancoruiz
