08/10/26.- Estaba mirando para arriba.
“Ay”, dije. No ayayay.
“Mirando pa' rriba”, dicho, mínimo, tres veces seguidas sin respirar y gritando...
El zapote cayó desde unos diez o doce metros, luego de que Reibel, de nueve años, con el garabato que sostenía la mano izquierda, el brazo estirado, estiradísimo, le dio justo ahí. Sin zapatos, el chamín se aguantaba con firmeza en el tronco.
Ya había una cesta de zapotes, pero estaba apartada. En La Peñita, que queda bajando como si fueras a Puerto Cruz, las naranjas son de otro color. “Hice un jugo de naranja con arándanos que me quedó divino”, dijo ella. Las naranjas en el árbol, los arándanos en la mata. Más zapotes. Cambur verde, amarillo. Tanto cambur, que los gallos comen cambur. Tanto aguacate, que los puedes tocar sin tener que ponerte de puntillas, que bastante falta hace. “Mira, hay un aguacate en el piso”. Freno. “No lo puedes recoger. ¿Es tuyo ese aguacate?”, dice un poeta que tiene rato yendo y viniendo de esas montañas.
“Pero está en el suelo”. “No importa, es de alguien. Si quieres aguacate, espera”.
Ahora que lo pienso, ese zapote desde arriba tuvo que ver con ese aguacate que estaba en el suelo. Era el primer zapote que atrapaba. Son tan grandes como una pelota de sóftbol, tan pequeños como una de tenis, tan duros como una de béisbol.
El zapote venía en el aire. Metí la mano derecha. Sentí lo que sintió El Corredor, al recibir un balonazo en la cara “pateado por un potente futbolista de quince años”, sólo que en el meñique. Después, roto, el zapote rodó por la cuesta. El Corredor, como todo el mundo sabe, es el personaje principal de la novela de Clodovaldo Hernández, Esa larga, infinita distancia.
También, luego del trancazo, atajé los demás con las dos manos y con ese movimiento que haces cuando atajas una pelota de béisbol sin guantes. Se siente una satisfacción igual al “medio punto para ti”, que dice Machuca cuando me subo a la torre para poner el mecate del martillo y empezar la perforación. Ahora viene el guion.

Los personajes
El suelo, o los suelos de La Peñita, o los de Ciudad Caribia, Guarenas, Altamira, cerca de donde quedaba La Rotunda y ahora está la plaza La Concordia; los de Macaracuay, o Macarao, El Paraíso y, otra vez, La Colonia Tovar, donde usted, si tiene los recursos, o la alcaldía esta o el ministerio aquel, que tiene o no tiene recursos dependiendo de, porque uno anda caminando por ahí y ve; o una comunidad agrícola organizada que se deja de plantear seguir pidiéndole a la alcaldía esta o el ministerio aquel y reúne los reales; en fin, si alguien quiere construir algo encima del suelo, es muy importante saber cuán resistente es.
Para efectos del documental, cualquier suelo de esta patria sirve.
El martillo, que pesa 63.5 kilos, veinte más que un saco de cemento. Como se me olvida eso de los lectores que ya leyeron, entonces tiendo a repetir ciertas frases. “Yo no pienso, pero se me ocurren cosas”, es una de ellas, que no es mía, por supuesto. Uno puede armar un personaje usando a Roderick, a un ciclista, un camionero, un motorizado, un obrero perforador de suelos, ayudante de albañil, agricultor urbano aunque Daniel, el de La Bandera, diga que eso no existe. A un escritor.
“Mirando pa' rriba”, dicho, mínimo, tres veces seguidas sin respirar y gritando; el ruido del martillo, agudo, metálico, doloroso. Contrapicado, tan cerca que parece que te va a caer encima y, antes de la proyección del documental este, tan imaginario y estridente que si uno lo quiere hacer y se mete en la página del CNAC, nojoda, se le quitan las ganas. En fin, antes de la proyección, la advertencia de lo ruidoso que resultó ese trabajo audiovisual inexistente, y la cantidad de protectores de oído necesarios para las cantidad de personas que van a ver (y oír) cómo es esa vaina de los estudios de suelo.

El geólogo
El tipo se graduó en la primera promoción de ingenieros geólogos de la Universidad de Oriente en Ciudad Bolívar; tiene 88 años, usa como sombrilla un paraguas de los que venden en los chinos por menos de cinco dólares, dicho sea de paso.
Otro caminito: en la edición impresa de Épale CCS número 82, del 01 de junio de 2014, las arepas de la esquina El Muerto, rellenas con tres sabores (chuleta, parrilla y huevos de codorniz) costaban 60 bolívares.
Una empanada de camarón, hoy, en el centro de Caracas, 2.700 bolívares, el equivalente a tres dólares.
Se me ocurrió pedirle ayuda a la inteligencia artificial (IA) para que calculara el diferencial cambiario, cuántas arepas de entonces valían cuántos dólares versus los casi tres a Banco Central de Venezuela de la empanada de camarón y entonces me salió con los once ceros que le quitaron a la moneda y esto y lo otro y lo enredó tanto que mejor no. Así que, aclarando, este texto está hecho sin ayuda de la IA.
Alguna vez le pedí ayuda, no una ayudita, sino ayuda de verdad. Me pareció arrechísimo, intercambiamos varias horas, “quítame esto de aquí, ponme esto allá, yo no diría algo así nunca, alucinaste (y me pedía perdón, siempre), alucinaste otra vez” y así, durante un tiempo determinado.
Orgulloso de nuestra hazaña, frente a aquel jurado, dije en alta y clara voz: “La lA me dijo que leyera esto así. Dos puntos y abro comillas. Buenos días…”
Desde el jurado, me interrumpieron: “Disculpa; ¿tú te estás burlando de nosotros?”
Desde entonces y hasta ahora, cuando pudiera surgir un tigre, pongo al final de la carta de presentación, que suena mejor que currículo: “Este texto fue redactado con ayuda de IA”. Este, no. Ya lo dije.

El mismo geólogo
Mientras pasan los créditos, sea de abajo hacia arriba o viceversa, porque hasta un dron tiene el director de fotografía, este señor de 88 años, agarra la muestra del subsuelo que corresponda en cualquier parte del país, y en un primerísimo primer plano, aparece su uña raspando la dureza, o no, de ese pedazo de tierra sacado a siete metros, y dice qué es, antes de que vaya al laboratorio. Como es oriental, o llanero, o de por ahí en el medio de eso, hay que poner subtítulos.
Los silencios pesan tanto como la incertidumbre, en ese documental.
Productora, hay que ir a ese laboratorio, encárgate, diría quien tiene que decirlo.
Faltan personajes, suelos, guionista, sonidista, productora, musicalizador. La IA una vez me escribió que ella y yo solos contra el mundo.
La dejé en visto.
El conflicto
La IA, de seguro va a suponer que ella sabe más que pescado frito.
El geólogo no tiene fotos de esa primera promoción.
No se sabe por qué se está mandando a hacer el estudio de suelo ni en dónde va a ser. Ni cómo está por dentro.
Si el estudio de suelo determina, luego del resultado del laboratorio, y eso implica conocimiento científico, que en ese lugar lo mejor que hay que hacer para solucionar lo que originó que se mandara a hacer un estudio de suelo (luego de los sismos del 24 de junio, se fracturó la edificación tal en el sitio cual, o hubo un deslizamiento, por ejemplo); si la divulgación de ese conocimiento científico es tan importante como eso de hervir el agua antes de consumirla, cosa que todo el mundo sabe, y si Arístides Bastidas (no se puede hablar, en este país, de Periodismo Científico sin nombrarlo. Y de periodismo, tampoco), si él respondía al saludo con “chévere cambur pintón, mango parchita, cotoperí guanábana y melón” y si Luis Miguel Badaraco le puso música a esa frase, entonces el otro documental también tendrá que hacerse.

POR GUSTAVO MÉRIDA • @gusmerida1
FOTOGRAFÍA NATHAN RAMÍREZ • @nathanfoto_art
