En la avenida Baralt era un sábado por la tarde de esos en los que la gente está atareada con el mercado (además, quincena). No tenía pinta de ser Halloween o Noche de Brujas, pese a las calabazas en las vitrinas, las telarañas de plástico en las paredes de algunas panaderías y los globos con los colores negro y anaranjado que adronaban los comercios. Típico cuando llega la fecha de esta tradición extranjera.
Había gente caminando, motos, bullicio. Pero entre los peatones aparecieron dos niñas con la cara pintada de blanco y negro, como esqueletos. Llevaban el maquillaje hecho en casa, con delineador y sombras de colores.
Minutos antes, pasé por la plaza de La Pastora, donde una multitud celebraba en una fiesta hermosa, el aniversario 137 de la parroquia. Allí tampoco había disfraces. Algunos niños y niñas con máscaras sencillas, un gato pintado a mano, una calavera.
En la plaza Bolívar el panorama cambió. La Catrina fue la reina. Las caras de las niñas pintadas de hueso, flores en el cabello, vestidos largos. También había unos zombies, brujas y algún superhéroe de Marvel. Pero lo que abundaba eran maquillajes alusivos a la Catrina.
La creatividad da para todo
Para algunos chamos la fecha es una ocasión para divertirse con panas y probar que tienen creatividad. No hace falta comprar un disfraz carísimo en una tienda. Solo revisar el clóset y listo, allí consiguen lo que necesitan. Además de unas buenas pinturas para el maquillaje y material de reciclaje para un sombrero de bruja.
Julián Hernández, un chamo que me encontré por la Baralt, llevaba el pelo recogido y una corbata desarreglada. Un traje negro, camisa blanca y lentes oscuros. “Es el Hombre de Negro”, adiviné.
Me contó que sí, que “justo antes de salir estaba viendo Hombre de Negro y no tenía un disfraz”. La creatividad no siempre necesita tiendas. Julián revisó el closet y encontró las piezas elementales para su vestimenta. Se iba a encontrar con unos amigos en La Candelaria.
Naomi llevaba la cara pintada de zombie. Con una herida protuberante en la mandíbula que mostraba sus sangrientos dientes, me dijo: “Me gustaría que no solamente celebráramos carnaval, sino que también celebráramos Halloween y pidiéramos dulces”.
Para ella, la fecha es una posibilidad para divertirse, demostrar creatividad y ser espontánea. “Es la oportunidad de no seguir las reglas que nos han impuesto la sociedad sobre cómo vestirnos o actuar. Obvio, todo moderadamente, pero nos ayuda a expresarnos más”.
“¿Qué se celebra hoy?”
Por supuesto, hay opiniones encontradas. Astrid Gómez tiene un niño de siete años. La mañana del 31 de octubre, el pequeño le preguntó: “¿Y por qué me tengo que disfrazar?”. La pregunta dejó reflexionando a Astrid.
“En mi infancia no recuerdo que mi mamá me haya dicho 'mira, vamos a disfrazarte'. En la escuela nunca llegué a escuchar eso tampoco”, dijo. Para ella, la adopción de Halloween responde a las redes sociales. “Son muy influyentes y ahorita muchísimo más porque todos los niños de todas las edades tienen acceso”, acotó.
Aunque no está en contra, señaló que se matiene al margen al tiempo que respeta el gusto de quienes sí celebran la fecha.
“Yo celebro la vida, no la muerte”
Kerli Sandoval tuvo una posición más firme sobre la celebración del Halloween. “No lo celebro porque yo celebro la vida, no la muerte”, afirmó, diciendo que la mayoría de los disfraces representando “algo sangriento. Es muerte, fantasmas, espíritus, muertos. Entonces, no”.
Sandoval dijo que prefiere no celebrar modas de otras culturas. “No debemos adoptar otras culturas”, haciendo una distinción entre la tradición indígenea que recuerda al familiar fallecido. “Pero una cosa es honrar a mi familia fallecida recordando los buenos momentos, lo que me dejó, lo que es gratificante, y otra cosa es celebrar la muerte”.
El toque venezolano
Otros entrevistados prefieren no satanizar la fecha, sino reorientarla, “darle el toque venezolano”. Una señora que paseaba con su hijo lo resumió así: “Si los venezolanos le dan su toque al Halloween y lo reorientan, por ejemplo, a impulsar esos personajes nuestros que son de terror, que tenemos muchísimo, entonces sería bueno”. Aunque no quiso identificarse, admitió que hay que aprovechar la fecha para la recreación de los niños y las niñas.
Por su parte, Anderson Sosa que estaba con su hijo disfrazado de Spiderman y su hija de princesa, aseguró que desde niño había querido representar a su personaje de terror favorito y nunca pudo; ahora sus hijos se disfrazan, aunque no vistan personajes terroríficos. Sin embargo, opinó que sí “se le puede dar la vuelta a la tradición” estadounidense. “Si me estás metiendo tu cultura, bueno, pero yo le voy a poner mi toque”. Sobre esto dijo que deberían en las escuelas promover nuestras leyendas de terror e impulsarlas en estas fechas.
“Halloween no es nuestro, pero ya está aquí”, afirmó otro consultado. Como sabemos, esta tradición gringa es una apropiación cultural. Se robaron la tradición del Día de los Muertos que tiene origen en las culturas indígenas centroamericanas, para comercilizar con ella.
No obstante, como otras tantas tradiciones impuestas por la industria de la cultura, las redes sociales y medios de comunicación, tenemos que combatirlas activando lo que sí nos pertenece: la creatividad para inventar un disfraz, la capacidad de reírnos, las ganas de encontrarnos en la calle, El Silbón, la Sayona, nuestros rituales y nuestros dulces.
SARAH ESPINOZA MÁRQUEZ
