coffin

POR HUMBERTO MÁRQUEZ / ILUSTRACIÓN FORASTERO LPA

Si algún día se escribiera la antología de los amores muertos o, más exactamente, de los velorios del amor, este bolero ranchero —“Cuatro cirios, del mexicano Federico Baena debería estar a la cabeza, aunque tendríamos que esperar que compusieran otros porque, hasta donde sé, es el único que recrea las exequias de un amor muerto; del amor como ente pasional que, al perder su último suspiro vital, debe ser velado, como un humano más, para su entierro final. A través de la montaña / voy cargando mi ataúd / y regaré con mi llanto / una tumba y una cruz.

Muchos boleros tocan el tema de la muerte de un amor, referidos más a cuando el amor naufraga, a cuando solo cenizas hallarás de todo lo que fue mi amor. O como dicen los cronistas sobre el bolero Cenizas de Wello Rivas: “Es una oda a los corazones rotos, que levantan sus propios pedazos con el único propósito de no mirar para atrás”. Pero ninguno agarra su amor, lo mete en una urna, le prende cuatro velas largas y se instala a llorar en el velorio de su propio amor. Cuatro cirios encendidos / hacen guardia a un ataúd, / y en él se encuentra tendido /el cadáver de mi amor.

Los amores muertos son temas recurrentes en el bolero, aunque me atrevería a decir que más en el tango. No por casualidad Agustín Lara se desgarra en su tango mexicano: Arráncame la vida con el último beso de amor. O el drama de Orlando Contreras, de su historia no confirmada: Fui culpable de esas muertes / y a 30 años de prisión / me condenaron los jueces. / Porque los maté a los dos / me sentenciaron a muerte, / porque muerto en vida estoy… Que no es tango, pero se parece igualito. Jejé.

Tampoco fue por casualidad me equivoqué en la radio un día, al creer que el amor perdido, inerte en el ataúd era el cadáver de la amada asesinada por él, cuando en realidad el muerto de los cuatro cirios era el despojo de su amor… que ella misma mató.

ÉPALE 336