ÉPALE328-JOSÉ ANTONIO PAEZ

MALANDROS, VIOLADORES, ASESINOS, DELINCUENTES… DE ESE BARRO PRIMO HABÍA QUE SACAR PETRÓLEO PARA HACER LA INDEPENDENCIA. Y VINO A SER QUE, DE LOS DISPONIBLES, SOLO ÉL SUPO HABLARLES EN EL IDIOMA QUE CONOCÍAN

POR JOSÉ ROBERTO DUQUE • @JROBERTODUQUE / ILUSTRACIÓN FORASTERO LPA

Hace poco fui a la población de El Samán, en el Hato Marisela (antes Hato El Frío), y me puse a conversar con Enrique Aguirre, el Canario de Apure, viejo cantor que tiene su buen par de cosas que decir sobre la historia apureña. Le hice ver que en ese poblado la plaza más importante se llama José Antonio Páez, y que no había una plaza Bolívar como en todas las poblaciones venezolanas. Me dijo: “Bueno, es que Bolívar nunca vino para acá, en cambio Páez vino a joderse aquí con nosotros”.

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En diciembre de 1814, los esclavos y sirvientes de Venezuela iniciaron el camino de regreso hacia el despecho. El día 5 mataron de un lanzazo a su taita original, el pulpero y criminal José Tomás Boves. Era para no creerlo: el tipo que les había enseñado las claves más primitivas y brutales de lo que significaban y cómo se ejercían la justicia, la libertad y la democracia; el pulpero malandro, borracho y loco que los había conducido desde el año 13 por los senderos de la victoria guerrera y por una vida de venganzas primordiales (la muerte violenta del propietario engreído, la expropiación y reparto a mansalva de sus riquezas, la violación y desguazamiento de toda niña blanca que antes los trataba con señorial desprecio, a salivazos) había quedado muerto en el campo de batalla de Urica. Y era para no creer también lo que ocurrió después: incluso muerto ese jefe querido, el pueblo embravecido le hizo al ejército patriota (muy patriota pero a las órdenes de la patria esclavista y mantuana) lo mismo que le había hecho antes a Bolívar y a todos los próceres de la independencia: los despedazó a lanza y machete, los puso en fuga, les desbarató el nombre de República. Bolívar había cogido un barco y se había largado para las antillas huyendo de la furia de los negros, zambos e indígenas, zape gato; Ribas, Bermúdez, Arismendi, y todo el linaje de héroes cuyos nombres nos encasquetaron en la escuela como ejemplo de valentía y cepa guerrera, decidieron enfrentarlos y la gente de Boves (dígalo otra vez para que le duela: malandros, violadores, asesinos, delincuentes: los exesclavos ejerciendo el poder, por primera vez en la historia) los volvió recontramierda. En Urica murió Boves, pero murió también la Segunda República. Los negros cogieron sus macundales y se regresaron a los Llanos y al centro, de donde habían salido.

Ah pero en el llano los estaba esperando otro conductor de pueblo, también catire, también corajudo, también malandroso. Nacido en Curpa (no en Barinas, como dice algún aspirante a jefe) había ido a parar a Apure huyéndole a la justicia; un rico le cogió a la hermana y él, José Antonio Páez, le hizo pagar la gracia con la vida. Andaba este Taita reacomodando a las guerrillas para enfrentar a la Corona, y viene la fortuna a ponerle en las manos a este contingente de locos furiosos. Alguien tenía que convertir esa horda en algo parecido a un Ejército, y ese alguien no podía ser un señorón o propietario de Caracas o de Aragua (que además ya los negros se los habían raspado a casi todos) sino un carajo como ellos, como el taita original. Páez se las arregló para captarlos y para medio domesticarlos e inculcarles disciplina. Dice el general en sus memorias que la más ardua tarea fue evitar que el campo de batalla se convirtiera en macabro festín después de las victorias (“¡Chacho!, no te chupes esos huesos; ¡Camejo! Deja quieta esa cabeza; ¡Rondón!, sácate del bolsillo esa bayoneta, te estoy viendo”). Pero la materia prima del Ejército Libertador estaba allí, en modo estallido: como la rabia emancipa y aquellos seres eran multimillonarios en rabia, a Páez le tocó explicarles que sus tres siglos de esclavitud solo podían lavarse fundando una República, y para ello era preciso dejarse conducir por algún jefe blanquito de vez en cuando. A las órdenes de sus nuevos jefes blanquitos, los malandros devenidos guerreros no crearon una República sino cinco.

No han sido caprichosas las referencias en el anterior párrafo a Juan José Rondón y el Negro Primero: ellos habían sido lugartenientes y hombres de confianza de Boves. Ellos peleaban para ese taita, no para un rey y una corona que no les interesaba ni sabían qué eran o dónde quedaban. La muerte y José Antonio Páez lograron el prodigio de ponerlos a pelear para este lado.

Lo demás es historia conocida y más o menos deformada: Las Queseras del Medio y los locos, con Rondón al frente, cruzando el río mientras los españoles los diezmaban a tiros, antes de pasar a la otra orilla y despedazarlos; Mucuritas y los malandros enseñándoles a los combatientes de Napoleón cómo se guerrea en el llano: candela contra lo reseco de esa sabana para desconcertar al adversario y después lanza y caballería surgiendo del incendio.

¿Estuvo tan feo eso de conspirar contra Bolívar para separar a Venezuela y que este territorio no quedara bajo el mando de Bogotá? Eso se seguirá discutiendo por siglos, y Páez seguirá siendo recordado, detestado u homenajeado, como ocurre con todas las figuras cimeras de la historia.

ÉPALE 328