ÉPALE328-TRAMA COTIDIANA

POR RODOLFO PORRAS

Dice la leyenda que Jean-Baptiste Poquelin, conocido por todos como Moliere, mientras representaba a Argán —un viejo hipocondríaco— muere ante la estupefacción del público.

Este sería un acontecimiento feliz para guardar en la memoria de la humanidad y para el mismo Moliere, fusionando la muerte del personaje, del actor, del dramaturgo, del director, del productor en un solo cuerpo que yaciera inerte en el escenario, recibiendo aplausos y lágrimas, rompiendo la delgada pared entre la ficción y la realidad. Sin embargo, no fue así: Moliere falleció días después rodeado de los miembros de su compañía teatral.

Este teatrero imprescindible para el arte universal, tenía una expresa antipatía por los médicos. Aversión que no solamente manifestó en conversaciones públicas y en cartas privadas sino en cinco piezas: Don Juan, El amor médico, El médico a palos, El señor Pourceaugnac y El enfermo imaginario (en donde representa a Argán). En todas se burla del lenguaje rebuscado de los galenos, de su pedantería, de métodos y medicinas aplicadas con la misma proporción de prepotencia e ineficacia.

Hay quienes dicen, incluso algunos médicos excepcionales, que a pesar de los adelantos tecnológicos, la condición de estos profesionales no ha cambiado demasiado en tanto prepotencia, pedantería, lenguaje ininteligible y una ineficacia que supera el palabrerío optimista embestido de “adelantos de la ciencia”. Esta, por supuesto, es una afirmación poco científica, difícil de probar y muy fácil de condenar.

Haya o no cambiado la condición médica en estos casi cuatro siglos, sería interesante deducir qué opinaría, qué sentiría y qué escribiría el más famoso de los Poquelin sobre un gremio que disimula la negligencia de algunos de sus miembros y que provoca la muerte o el empeoramiento de la salud de sus pacientes; de un gremio que deja a un enfermo agonizante en una antesala, esperando la aprobación del seguro; a un gremio cuyos miembros, de manera mayoritaria, entienden como su mejor logro la adquisición de acciones en una clínica prestigiosa o buscan desesperadamente el título de graduado, para salir a otros países, sin retribuirle al suyo lo que en esos lados nunca hubieran podido recibir.

Qué pensaría Moliere, qué escribiría  sobre esos tipos que se hacen llamar “doctor”, sin haber hecho ningún doctorado. De esos muchos que cobran “en dólares o nada” o de aquellos que convirtieron su profesión en una sutil y prestigiosa manera de delinquir para enriquecerse.

Seguramente él sí hubiese evolucionado y, tal vez, hubiese preferido hablar de aquellos médicos que prefirieron la vocación, que investigan, que no dejan que la industria farmacéutica y los visitadores médicos se los traguen, tal vez, porque el teatro se hace de excepciones y estos tipos lo son.

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