ÉPALE332-MITOS

POR MARLON ZAMBRANO @MARLONZAMBRANO / ILUSTRACIÓN HENRY ROJAS

Marie-Jose Fauvelles Ripert (Miyó Vestrini) calza perfectamente con un estereotipo que, de no llegar a un desenlace consecuente, podría terminar en impostura: la poeta suicida.

“Si hubiera sabido todo esto

No me agarran viva”

Y eso, por un asunto de atracción morbosa, fascina a casi todos y mueve a interminables debates sobre el destino fatal de los rapsodas, postergando inevitablemente su obra. Hay que decir, en consecuencia, que Miyó fue una escritora deslumbrante, y como dirían en Maracaibo, la tierra que la cobijó procedente de Betijoque y antes de Nimes (Francia), fue una “mardita”.

Jamás ocultó su vocación. Su obra, compuesta por tres poemarios publicados en vida y un texto póstumo y versos inéditos, recogidos todos en varias recopilaciones incluyendo la de Monte Ávila Editores de 2008, está salpicada de violentos, lacerantes e insondables coqueteos con la muerte: “… la espiral la muerte el mercado la vecina los golpes el teléfono las facturas la casa

Y grita”.

Su destino lo define, como parece que hizo acertadamente con todos, Orlando Araujo: “La vida no es una línea recta hacia la muerte, sino un río fangoso y meándrico, sin lecho fijo, inventando un delta entre los escozores de la tierra”.

Nació en Francia en 1938 y emigró a Venezuela con su familia, desmigajada entre las culturas venezolana y europea. Nora Alarcón, guionista y amiga, detectó lo que podría ser uno de los orígenes de sus aflicciones: “Tenía una cólera tremenda hacia su padre” (realmente su padrastro), el escultor italiano Renzo Vestrini. También cobijaba otras angustias: sus excesos de peso, las marcas de una quemadura de infancia sobre su cuerpo, una disritmia cerebral que le producía sorpresivos arranques de furia, un ojo caído que ocultaba detrás de sus inmortales lentes culo de botella, el alcoholismo. “Mi cuerpo es una mierda”, se autolaceraba en las entrevistas.

El otro asunto es que era mujer y eso, en una sociedad como la nuestra y en su época, era un factor decisivo para los estigmas. Se convirtió en una reconocida redactora cultural, consiguiendo el premio nacional de periodismo de los años 1967 y 1979. Catalogada como una entrevistadora brillante, con piezas magistrales que dejó asentadas en El Nacional y la revista Criticarte, también incursionó en guiones para telenovelas. “Era encantadora, inteligente, creativa, hacía uno y otro guion para telenovelas, y sobrevivía con eso” cuenta su amiga.

Acabó sus días atormentada y deprimida. Sin fe en los médicos y mucho menos en los sicólogos, se entregó al ardimiento de su palabra cortante: “El primer suicidio es único / Siempre te preguntan si fue un accidente / o un firme propósito de morir”.

Con 53 años, en 1991, tras varios intentos que fueron preparando la escena, se quedó dormida definitivamente tras ingerir abundante Rivotril, un ansiolítico que en grandes dosis paraliza el sistema respiratorio. Estaba en casa. Sobre la bañera su cuerpo vestido y calzado, dos notas como epitafios, a su lado una estampita de San Judas Tadeo y en el tocadiscos, un LP de Rocío Durcal. “Señor, ahora ya no molestaré más” escribió en uno de las cartas.

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