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EL SENADOR RAMÓN JOSÉ VELÁSQUEZ CONSIGUIÓ UNA SINGULAR HAZAÑA POLÍTICA, PROBABLEMENTE ÚNICA EN VENEZUELA: SE CONVIRTIÓ EN PRESIDENTE SIN ANDAR POSTULÁNDOSE PARA ELLO, SIN AUTOPROCLAMARSE, SIN GENERAR GRANDES EMOCIONES NI ORGASMOS EN EL PUEBLO, SIN TAN SIQUIERA SER AMPLIAMENTE CONOCIDO

POR JOSÉ ROBERTO DUQUE@JROBERTODUQUE / ILUSTRACIÓN FORASTERO LPA

Venezuela, 1993. Anoten: de vez en cuando a nuestros países les toca esquivar o superar la tentación de la violencia generalizada y de la guerra civil. Estas cosas casi siempre se logran mediante la “aparición” de una figura de consenso, grata a todos los factores políticos (excepto, por supuesto, a aquellos que adoran la guerra, sin haber estado nunca en ninguna). A nuestro país le tocó vivir esta situación justo en aquel momento crucial.

Agoniza la Cuarta República, pero lo que está por nacer todavía no germina. La gente anda harta del puntofijismo, la imagen de la “alta” dirigencia del país está tan vuelta recontramierda que la gente ha vuelto a poner de moda la insólita frase “aquí hace falta un Pérez Jiménez”. Pero en el plano más real no encuentra todavía un factor del cual enamorarse para salir con vida del barranco histórico; desde la izquierda levanta un corto vuelo electoral el partido La Causa R, creación de Alfredo Maneiro, y esa era una buena, pero pequeñísima, señal. El gobierno de Carlos Andrés Pérez debía culminar en 1994, pero el deterioro institucional y político del país hacían presagiar tempestades y tragedias (frescas estaban las conmociones de 1989 y 1992); así que, a principios de 1993, el Presidente fue destituido mientras el Poder Judicial y el Poder Legislativo iniciaban una investigación contra Pérez por “manejo doloso y malversación de fondos públicos” y blablablá, como si robar hubiera sido lo peor, o lo único malo, que hizo ese señor en la presidencia.

En ese tiempo, en que tan palmaria y vergonzosamente se había desnudado la putrefacción de la clase política representada en Acción Democrática y Copei, el Congreso eligió como presidente constitucional sustituto, en junio de 1993, a un caballero muy respetado en las esferas académicas, entre los periodistas e intelectuales, pero que no tenía ese arraigo popular propio de los demagogos, picoeplatas, jalabolas y aspirantes a cargos de todos los signos y todos los tiempos. Ramón Jota seguramente tenía hambre de poder, como lo tenemos en mayor o menor medida casi todos los seres humanos, pero jamás se rebajó al lamentable trámite de querer parecer el tipo populachero y callejero que no era. Ejemplo ilustrativo: ninguna escena más triste que la de Eduardo Fernández, “El Tigre”, queriendo ganarse la simpatía de las multitudes tratando de bailar merengue en un barrio caraqueño, cuando hasta en el modo de peinarse cualquiera detectaba que ese ritmo le generaba más caspa que ganas de mover la cintura.

Así que el senador Ramón José Velásquez consiguió una singular hazaña política, probablemente única en Venezuela: se convirtió en presidente sin andar postulándose para ello, sin autoproclamarse, sin generar grandes emociones ni orgasmos en el pueblo, sin tan siquiera ser ampliamente conocido. Y lo más curioso: su elección fue recibida con agrado o, al menos, con alivio entre la gente, y miren que había datos de su biografía que cualquiera podía coger con pinzas para hundirlo: había sido secretario de la Presidencia de la República durante el gobierno de Rómulo Betancourt (1959) y ministro de Comunicaciones en el primer mandato de Rafael Caldera (1969). Increíble: era grato a AD y a COPEI y, sin embargo, era inmune a cualquier acusación de corrupción, ejercicio perverso del poder o de pertenecer a alguna mafia o clan impresentable. Su obra como historiador, como periodista sobrio y sereno y su condición de frugal septuagenario resultaron ser un buen tranquilizante social: el tipo no era el líder explosivo y testosterónico, sino más bien el abuelo capaz de convocar a un país a la calma, a la reflexión y a la lenta reconstrucción de un aparato institucional devastado por la codicia y la enfermedad del poder. Era el tiempo de aquietarse, de abandonar la tentación de una aventura armada o una guerra civil y de admitir que el país había iniciado una transición. ¿Una transición hacia dónde? Tranquilas, nenas; faltaban pocos meses para que Chávez saliera de la cárcel.

Durante los pocos meses de la presidencia de Ramón Jota apenas hubo tiempo para una culminación del período sin tormentas; mientras, en paralelo, un poco a la sombra, se producía un reacomodo de fuerzas y de figuras y agrupaciones emergentes. El presidente entró a Miraflores envuelto en el mencionado halo de pulcritud, pero el entorno estaba tan jodidamente descompuesto que su salida no pudo ser sin mácula. En la lucha entre la rectitud personal de Ramón Jota y la corrupción generalizada del sistema salió salpicado y perdiendo el intelectual: su nombre quedó asociado a la desconcertante liberación de un narcotraficante de nombre Larry Tovar Acuña. La versión oficial fue que su secretaria le ponía un montón de documentos cada día al Presidente para que este los firmara, y en uno de esos montones la señora dejó colar un decreto de indulto al delincuente. El episodio no pasó de ser un escándalo más, no hubo acciones jurídicas contra nadie, pero sí quedaron sembradas dudas sobre la imagen de aquel señor, cuya tarea era una misión imposible: convencernos de que todavía quedaba alguna reserva moral en la clase política.

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Venezuela, 2019. Anoten: busquen y lean la obra de Ramón J. Velásquez La caída del liberalismo amarillo. Tiempo y drama de Antonio Paredes. Honestamente, no entiendo por qué nadie (en serio: nadie), ni desde el chavismo ni desde el fascismo vendepatria, ha recomendado a los venezolanos leer este libro, justo en este momento. Increíble, inaceptable; absolutamente incomprensible e imperdonable.

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