ÉPALE331-CRÓNICA

EN LA CARACAS DE AYER EXISTÍAN HOTELITOS DE LA MÁS VARIADA  REPUTACIÓN. TAMBIÉN MUCHAS PENSIONES: DESDE LAS SENCILLAS  HASTA LAS ARISTOCRÁTICAS (MANEJADAS POR DAMAS DE LA ALTA  SOCIEDAD). ¿HACEMOS UN RECORRIDO HABITACIÓN POR HABITACIÓN?

POR JESSICA DOS SANTOS@JESSIDOSSANTOS / FOTOGRAFÍAS MICHAEL MATA

Uno de los edificios más famosos de Caracas fue el Hotel Klindt. Esta estructura contó con dos historias. Primero, fue una casa ubicada entre las esquinas de Madrices y Marrón, justo al lado de la zapatería de Rodríguez Cabrera (donde se calzaba la élite masculina caraqueña de antaño) y la Lotería de Beneficencia Pública.

Pero, luego, en la segunda década del siglo XX, se trasladó a una edificación ubicada en uno de los lugares más prestigiosos de Caracas: frente a la Plaza Bolívar y diagonal a la torre de la Catedral.

El edificio de estilo europeo era propiedad de don Pedro Salas y fue arrendado por su cuñado Pedro Klindt.

Según las crónicas de la época, el Hotel Klindt era el único edificio de tres pisos que existía en la ciudad y su arquitectura le daba “un aire de buen gusto” a los alrededores de la Plaza Mayor. Por eso, rápidamente se convirtió en el favorito de la élite caraqueña.

“Era lo más famoso para la época, el mejor hotel de Caracas, con sirvientes de impecable blanco y botones de plata (casi todos eran trinitarios). Para entonces era caro, pues se pagaban 12 bolívares por las tres comidas y el cuarto”, relata el cronista de origen mantuano José García de la Concha.

De la Concha, quien conoció las dos sedes, afirma que “en el piso superior siempre solían alojarse artistas, toreros y gente adinerada, que venía a Caracas por turismo o negocios”.

LA POLÉMICA OBSCENA

No obstante, este reconocido hotel se vio “empañado” por una curiosa anécdota.

Una mañana, una multitud desfilaba por la avenida norte de la Plaza Bolívar en medio de una gran aglomeración religiosa, cuando, de repente, una mujer se asomó desde un balcón del Hotel Klindt.

“Era una mujer extranjera, y bella, miraba con ojos distraídos de pájaro recién metido en la jaula el denso hormiguero humano que se agitaba a sus pies. Y a pesar de lo ceremonioso de la solemnidad de aquel día, algunas de las cabezas que iban en la procesión por momentos se alzaban para mirarla con curiosidad. ¿Por ser extranjera? ¿Por ser bella? ¿Por el interés natural que inspiran siempre las cosas nuevas? No. Todo aquel mirar disimulado obedecía a que la mujer del balcón estaba vestida con una simple pijama”, escribió el periodista Rafael Silva, mejor conocido por su pseudónimo de Lino Sutil.

En aquella época ninguna mujer se asomaba en su casa en piyama, menos a un balcón, y precisamente en la Plaza Bolívar.

Hotel Klindt, primera edificación en contar con tres pisos en la ciudad

Hotel Klindt, primera edificación en contar con tres pisos en la ciudad

LOS DEL MEDIO

Hablando de reputación, en Caracas también existieron otros hotelitos buenos, pero mucho más baratos.

Por ejemplo: por esos días en el Gran Hotel, una casa de dos pisos ubicada en la esquina de Mercaderes, se pagaban 10 bolívares por una cómoda habitación.

Mientras tanto, el denominado Hotel Pensilvania, en la esquina de Pajaritos, también era “decente” y muy frecuentado.

Por su parte, el Hotel Santamán (ubicado donde hoy está el Banco Venezolano de Crédito, en La Hoyada), también contaba con sus adeptos.

Asimismo, ya existía el León de Oro en la esquina de Traposos, donde se alojó el general Joaquín Crespo antes de ser presidente. En estos tres se ofrecía un cuarto y las tres comidas por solo 8 bolívares.

No obstante, entre los hoteles económicos el más concurrido era el Hotel Barcelonés, de Torre a Madrices. Su fama se debía al buen trato que ofrecía su dueño (don José Roura), su cercanía con la Plaza Bolívar y la calidad de su comida criolla.

Por aquel entonces era muy común escuchar “esta noche comí en el hotel tal” o “mañana estoy invitado a almorzar en el hotel cual”, según apunta el libro Reminiscencias: vida y costumbres de la vieja Caracas.

MÁS ABAJO

Este mismo material da luces sobre la existencia de hotelitos más baratos, donde los “tabiques” (paredes delgadas, que no soportan cargas y se usan para dividir el espacio de las habitaciones) estaban forrados con papel de periódico y en los baños apenas había “aguamaniles de tres patas” (jarrones destinados a lavarse las manos).

Estos espacios también eran administrados por sus dueños y por tan solo 3 o 4 bolívares “te daban todo”.

Sin embargo, en todos los hoteles de la ciudad se pagaba por día. Por eso algunos viajeros, o nuevos residentes, preferían llegar a una “pensión”, donde podían pagar una mensualidad.

En este sentido, en Caracas existían muchas pensiones: desde las sencillas hasta las aristocráticas (estas últimas solían ser manejadas por damas de la alta sociedad).

Por ejemplo: de Balconcito a Salas estaba la pensión de Lola Ibarra. Se trataba de una bonita y cómoda casa donde los diplomáticos y viajeros ilustres vivían como en su propia residencia. De hecho, el lugar contaba con un amplio salón de recibo y un buen comedor.

La principal competencia para Lola era la pensión de la señora Domínguez (una casa más abajo), pues en el lugar se solían realizar fiestas donde concurría “lo mejor de Caracas”.

Otra casa más abajo estaba la posada de Lina Pécchio, donde solían hospedarse los extranjeros más distinguidos.

Un poquito más lejos, entre las esquinas de San Vicente y Medina, en La Pastora, la señora Doucharne, de París, y sus dos hijas tenían una pensión muy famosa por sus menús.

“En aquella época, de hecho, se solía ver muy temprano en la mañana a todas estas dueñas de pensión escogiendo la buena carne, el pescado más fresco, los tomates más grandes y rojos, las más sazonadas frutas, discutiendo con sus marchantes (comerciante, vendedor ambulante) sobre timbales y embutidos”, explica De la Concha.

El Hotel Miramar, en Macuto, aún se tiene en pie

El Hotel Miramar, en Macuto, aún se tiene en pie

EL PUNTO EN COMÚN

No obstante, tanto en los días patrios (o cualquiera otra solemnidad) como en las reuniones del Congreso, todos los hoteles, baratos o caros, diarios o mensuales, se llenaban. Por eso, en Caracas, las reuniones del Congreso eran esperadas con ansias, independientemente de los temas a tratar por los políticos de turno.

En realidad, lo realmente importante era que cada congresista recibía 75 bolívares diarios (sin contar los viáticos) para su estadía en Caracas. Además, junto a ellos llegaban sus esposas, los cocheros, los sastres, entre otros.

LEJOS DE AHÍ…

Mientras tanto, en la Alta Florida un edificio de dos pisos, una terraza y un sótano generó una enorme polémica: el Hotel Flora. Gagliardi, su constructor, se lo vendió en 700.000 bolívares a Luis Felliciani. Este último decidió instalar allí nada más y nada menos que un cabaret.

Además, los amantes de la fiesta podían pasar sus automóviles hacía el patio interior. Mientras, una orquesta tocaba las piezas de moda hasta las 5 de la mañana en el sótano.

Para los desprevenidos transeúntes, el discreto edificio era simplemente el Hotel Flora, pero los vecinos no se comían ese cuento. Entonces, la familia Aranguren, habitantes de la zona, lucharon para que este cabaret fuera clausurado, y en 1955 sus clamores fueron escuchados.

AÚN MÁS ALLÁ…

A la par, otros hoteles se fueron construyendo a las afueras de la ciudad.

Algunos se convirtieron en los espacios idóneos para “echar una canita al aire” sin ser descubierto.

Otros, en cambio, adquirieron gran prestigio. Por ejemplo: el Hotel Miramar, en Macuto.

Esta edificación fue mandada a construir por el general Juan Vicente Gómez, a quien le gustaba pasar mucho tiempo en Macuto, donde solía ingerir el lenguado, un pescado tan preciado como escaso.

De hecho, era el veterano deportista y pescador Manuel Castillo Peña quien se encargaba de conseguírselos.

Por cierto que, el día de la inauguración de ese hotel, se cuenta que el Benemérito estuvo a punto de ser asesinado. ¡Tal parece que, históricamente, algunos hotelitos te salvan; pero otros no tanto!.

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