ÉPALE329-NEGRO PRIMERO

DURANTE LA GUERRA DE INDEPENDENCIA, EL BANDO POR EL CUAL SE LUCHABA VENÍA IMPUESTO POR LAS CIRCUNSTANCIAS. HACERLO POR LOS REALISTAS FUE UNA DECISIÓN REALISTA DE PEDRO CAMEJO

POR JOSÉ ROBERTO DUQUE • @JROBERTODUQUE /  ILUSTRACIÓN FORASTERO LPA

La historia oficial ha maquillado, edulcorado u ocultado convenientemente el hecho de que Pedro José Eusebio Camejo, al principio de su carrera como guerrero y descuartizador, peleó con Boves o para las huestes de Boves. Específicamente, se sabe que combatió con uno de los lugartenientes más despiadados del asturiano en el año coñoemadre de la Guerra Social (ese episodio del que tampoco se habla mucho; el historiador pacato prefiere mentir, que solo hubo una guerra y que fue la de Independencia), el tal José Antonio Yáñez, “Ñaña” para los conocidos y relacionados.

José Antonio Páez relata en sus memorias la anécdota de la primera conversación de El Negro con Bolívar. Este, maravillado por la sencilla brutalidad con que aquel gigante esclavizado respondía a sus preguntas, le hizo la dolorosa, la difícil, la del ayayay: por qué él había decidido pelear al lado del enemigo, de los realistas. Pedro les echó una mirada cruel a todos los soldados alrededor, quienes evidentemente le habían echado paja con el general. Y procedió a responder con la verdad: bueno, marico, porque yo veía que mis compañeros esclavos se iban a pelear descalzos, con un pantalón a media pierna y cuando regresaban venían vestidos con un uniforme arrechísimo y con plata.

Este testimonio echa por tierra la versión interesada según la cual Pedro Camejo se fue con la gente de Boves a la fuerza, reclutado y obligado a pelear por su amo terrateniente. Pedro Camejo, lo mismo que su taita José Tomás Boves y la barahúnda de esclavos y sirvientes insurrectos de los años 1813 y 1814, no eran realistas, nada tenían que agradecerle o respetarle a una figura tan abstracta y odiosa como el rey y, mucho menos, a lo que representaba. “La corona” no era un sistema o una institución que un esclavo de San Juan de Payara, o del resto de los Llanos, tuviera ninguna intención de defender; la corona era simplemente, la excusa para entrar en batalla. La corona tenía unos intereses y los esclavos tenían otros; el rey quería los recursos de esta tierra, los negros querían cobrarse las humillaciones de “los blancos”, quienes eran los propietarios, fueran mantuanos (patriotas) o peninsulares (realistas). Su misión era hacer valer la sangrienta justicia de la venganza y el saqueo de las riquezas que los propietarios tenían 300 años disfrutando.

Se fue El Negro a probar suerte en la guerra y resultó ser de los mejores. Bravo para el combate y bravo para maniobrar con la caballería, en la primera batalla donde participó (Araure) despedazó en pocos minutos al adversario patriota, y cuando se disponía con sus compañeros a desvestir al primer cadáver de su talla para coronar el uniforme se encontró con que la batalla no había terminado (“Venía tanta gente que parecía una zamurá”, dice Páez que contaba El Negro) y le tocó huir despavorido para salvar el pellejo. Parece que la mula en la que cabalgaba se cansó y se negó a seguir corriendo, así que Pedro tuvo que apearse y seguir dándole a pie por los montes. Parece que ese era otro de sus signos distintivos: el buen humor y la chispa para contar anécdotas.

Páez se hizo acompañar por este guerrero y cuentacuentos desde 1816 hasta el momento cumbre de la Batalla de Carabobo. Negro y Catire al frente, Negro Primero y Taita valeroso al servicio de una noción de patria que los esclavizados tampoco entendían muy bien, pero que Páez se esforzaba por explicar y por hacer querible. La alquimia que hizo que los esclavos ya no fueran llamados horda asesina sino Ejército Libertador se activó con este chispazo: fíjense bien en el tratamiento que ha recibido la horda sanguinaria de Boves hasta diciembre de 1815, y fíjense en lo que se dice de esa misma horda sanguinaria cuando Páez los captó para la causa republicana. Cuando detecten esa peculiaridad tendrán un poco más clara la noción de demagogia.

Carabobo (24 de junio de 1821) fue el momento cumbre, de la consagración y del adiós. El Negro Primero salió a fajarse, como siempre, desafiándolo y arriesgándolo todo porque los pobres del mundo no tenemos nada que perder, y El Negro perdió lo único que tenía, que era la vida. La historia oficial (otra vez esa vieja entrometida y malasangre, a la que nosotros seguimos jalándole bolas y rindiéndole honores) ha querido hacer una ridícula escena, cursi hasta las metras y seguramente falsa, del episodio más difundido de la vida de Pedro Camejo: el momento en que va a despedirse de Páez cuando se siente herido de muerte. La coreografía de los símbolos sigue pesando sobre nosotros como conglomerado que se enorgullece de su vena libertaria; pero, por otra parte, sigue glorificando arquetipos señoriales y racistas como la mierda: El Negro no podía morirse sin ir a despedirse de su jefe, según esta leyenda infecta. De paso, vino el güevón de Simón Díaz a ponerle el tono dramático y musical a la farsa: ¡Adióóós!, porque estaba muerto.

Qué bello, pues.

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